¿Por qué Podemos no organiza un referéndum sobre la Monarquía al estilo catalán?

Foto: JORDI BORRÀS

Cuando Roger y Sergi me invitaron a incorporarme al equipo de analistas y opinadores de CRÍTIC me pidieron “textos de reflexión, algo más largos que la columna habitual”. La idea es “profundizar un poco sin estar contando caracteres”. Dije que si enseguida. Después de unos años tan movidos y con tantas incertidumbres por delante, la invitación de CRÍTIC me pareció una oportunidad para poner algunas cuestiones que hace tiempo a las que le doy vueltas. Pero hasta aquí la alegría: enseguida me asaltan tres preocupaciones. La primera, la de siempre, obligada e ineludible: ¿puedo aportar algo? ¿Aquello que quiero compartir tiene suficiente valor para pedirle al lector que dedique un rato de su tiempo a leer? Y la segunda, que viene de la primera: ¿después de meses tan intensos, después de tanto ruido, habrá alguien en pleno julio al otro lado de la pantalla? ¿O quizás haríamos bien todas y todos al callar un poco e intentar encontrar respuestas en el silencio veraniego? Tercera, última y más preocupante: cuando Roger y Sergi me proponen este “profundizar sin contar caracteres”, siento que el tema sobre el que quiero “profundizar” es, para decirlo resumido, Podemos, los ‘Comuns’ y su papel en tiempos complejos. Y aquí me asaltan los temores.

A lo largo de los dos últimos años (y con más intensidad este último invierno) he tenido la oportunidad de vivir y ver desde dentro las tensiones, contradicciones y traiciones de este espacio político. En Cataluña y en el resto del Estado. Esta vivencia personal, intensa y de primera mano hace que, inevitablemente, cuando miro “lo que está pasando”, preste especial atención a los movimientos dentro de este mundo. Para entendernos: ¿es más importante y digno de estudio y preocupación aquello que pasa dentro de Ciudadanos o dentro de los ‘Comuns’? ¿Requiere más reflexión (y crítica) “la refundación de Convergència” o las derivas de Podemos? En un momento como el que vivimos, pleno de represión, incremento del fascismo, impunidad de los poderes del Estado y consolidación de la desigualdad, tomar como tema sobre el cual “profundizar sin contar caracteres” las idas y venidas de un espacio que, a pesar de todo, queremos contar como “de los nuestros” podría parecer un disparate. Es posible.

Y mientras voy dando vueltas al tema, relleno el silencio de las noches de verano con la lectura del magnífico ‘Al principi de tot hi ha la guerra‘ (Siembra Llibres), de David Fernàndez y Anna Gabriel sobre August Gil Matamala. Hacia el final de libro encuentro algunas advertencias inquietantes: “el peor enemigo acabamos siendo nosotros mismos”, que “sectarismo, soberbia y triunfalismo trinchan la izquierda”; “complejidad y contradicción nos definen contra el binarismo maniqueo y el simplismo purista”. Pero fuera disparate o no, perdiendo una oportunidad para callar, me pongo a escribir “sin contar caracteres” sobre la profunda preocupación que me produce hoy, en medio del verano, cosas que están pasando y ante las cuales no puedo restar callado. Intentaré hacerlo sin caer en los pecados que “trinchan la izquierda”.

El octubre que decolora el rojo

La relación entre “el procés” y esta izquierda no independentista que intentan representar los ‘Comuns’ ha sido siempre compleja. Resumiendo mucho: el miedo constante que “el procés” arrinconara la lucha social. Un miedo fundado y necesario. La utilización de las aspiraciones soberanistas por parte de la derecha catalana para imponer su modelo antisocial es una amenaza siempre presente.

Pero el 1-O y el 3-O también representan una sacudida que pone en cuestión este miedo. Aquellos días se pone de manifiesto, quizás como nunca en décadas, la existencia incontestable de un ánimo emancipador, popular y superador de las lógicas partidarias que interpela directamente a todos aquellos que quieren cambiar las cosas. Todo ello obliga a celebrar, a pensar y a trabajar para llenar de conciencia un movimiento con una potencia de cambio enorme. Pero en vez de esto, una buena parte de la izquierda no independentista catalana toma la decisión opuesta y en vez de mirar “a los de abajo”, pone el punto de mira arriba, lejos de las escuelas ocupadas, de la gente empoderada y de la valentía popular.

Para parte de la izquierda no ‘indepe’ los millones que han salido a la calle por el referéndum son una anomalía

Sin duda, si miramos hacia arriba vemos “convergentes”, pequeñas burguesías, intereses espurios y un Govern en Catalunya al que se le tienen que hacer multitud de reproches: “no había nada preparado”, “esto era un farol”, “ha habido improvisación”. Efectivamente, las cosas no se han hecho bien y hay muchas explicaciones pendientes sobre qué pasó durante la última legislatura. Mirar hacia arriba es una obligación y pedir explicaciones a los responsables es un deber.

Pero hay algo que falla y que hiere muy gravemente el análisis de esta izquierda no independentista. Pregunto: ¿por qué se decide hacer la necesaria mirada hacia arriba pero se niega la necesidad imprescindible de mirar hacia abajo? ¿Por qué la conclusión y el análisis de lo que ha pasado en Catalunya se basa exclusivamente en las obvias carencias del Govern pero no se tiene en cuenta la indiscutible audacia de millones que han protagonizado el mayor golpe al Régimen del 78 que veníamos a combatir? Esta estrategia comporta la asunción implícita de cuestiones preocupantes. Primera: lo que haga o no haga la gente es secundario. El único espacio político es la institución y el partido. Segunda: aquellos millones que han salido a la calle solo lo han hecho porque no han detectado el engaño de sus gobernantes. Tercera: renunciamos a tener el apoyo de la gente como herramienta de cambio y en nuestro análisis aquellos millones son una anomalía que tenemos que cerrar cuanto antes mejor. Y nada mejor para cerrar esta anomalía que un cierre por arriba de aquello que abrió la gente en la calle.

El diálogo como herramienta del que manda

Y es en este cruce donde se apuesta por el “diálogo” como objetivo. Lo vimos con el famoso “ni DUI ni 155”, con la iniciativa “Parlem-Hablemos”, con las propuestas de Xavi Domènech en el Parlamento de “mesa de diálogo” y con la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa. Y en todos estos llamamientos al diálogo hay un hilo conductor: el “diálogo” como cosa neutra, como objetivo en si mismo.

Sin duda, dialogar está en el centro de la política, es la materia con la cual se hace política. Pero hay dos cosas fundamentales que atraviesan las condiciones de un “diálogo” mínimamente productivo: en primer lugar la simetría o asimetría en que este diálogo se produce. Todo conflicto requiere diálogo, pero el diálogo no puede verse como una hoja en blanco, como una ‘tabula rasa’ que obvie ni la historia del conflicto ni la correlación de fuerzas de los dialogantes. Apelar al diálogo obviando estas realidades es una trampa por la parte débil y aquí la asimetría es clara: la gente de los colegios del 1-O de un lado, los ‘piolines’ del Estado del otro.

Los ‘Comuns’ han elegido ser espectadores y simples comentaristas de una realidad dura y brutal

En segundo lugar, y como fuerza política que aspira a cambiar las cosas, es imprescindible, desde el “diálogo”, defender una posición. En el supuesto que nos ocupa, los Comunes tendrían que ir al diálogo con una bandera clara: la autodeterminación de Catalunya mediante un referéndum. Así lo han prometido en todas las contiendas electorales. Esto quiere decir ubicarse junto a los independentistas en la mesa de negociación. Pero, ¡oh sorpresa! Esta izquierda decide asumir el papel de árbitro. El diálogo sin propuesta más allá del diálogo en si mismo, en una situación de asimetría de los dialogantes es, por definición, ponerse del lado de quién se sienta a la mesa con más poder.

Y aquí aparece una de las reflexiones más perversas esgrimidas desde esta izquierda no independentista. La de la “correlación de fuerzas”. Dice más o menos así: “El movimiento independentista no ha hecho una buena evaluación de la ‘correlación de fuerzas” y, a partir de aquí cae, más o menos explícitamente, en corresponsabilizar a quienes sufren la represión de haberla provocado. Ante este discurso (recurrente y omnipresente entre los dirigentes de este espacio) hay que plantearse dos cosas. La primera: más allá del acuerdo o desacuerdo en la estrategia utilizada por el independentismo hay, supuestamente, un punto de coincidencia: hacer que el Estado acepte que el pueblo de Catalunya es soberano para decidir su futuro. Pues bien: si se tuviera clara esta coincidencia de objetivos, en vez de ”os habéis equivocado, aguantáis las consecuencias” se tendría que decir “os habéis equivocado pero compartimos el objetivo de la autodeterminación y, por lo tanto nos comprometemos a aportar nuestra visión para conseguir el objetivo juntos”. Pero no. Los errores sirven para desguazar el adversario político (de arriba) aunque esto signifique dar la espalda a millones de personas que tendrían que ser un tesoro para cualquier partido con anhelos emancipadores.

Y aquí surge otro problema sobre la crítica a la “correlación de fuerzas”: en un conflicto puedes hacer fuerza por un lado, fuerza por el otro o hacer de árbitro. Esta izquierda no independentista ha elegido ser espectadora, simple comentarista de una realidad dura y brutal obviando que “la correlación de fuerzas” sería diferente en el mismo momento en que se abandonara el papel de espectador y se decidiera –a pesar de las discrepancias estratégicas– apoyar al objetivo de fondo. Lamentablemente, pero, el espacio ha decidido hacer de árbitro en un partido donde uno de los equipos ha entrado a jugar con 155 jugadores mientras el otro lucha con 10 porque uno de los que tenía que defender los colores… Está haciendo de árbitro.

Podemos y las trampas del Régimen del 78

Como dije, la situación se arrastra desde la época del “ni DUI ni 155”. La llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa no solo no ha apaciguado la situación sino al contrario: la ha hecho más evidente todavía y más dolorosa. Unidos Podemos decidió que mejor Sánchez que Rajoy. También lo decidieron los nacionalistas y los independentistas. Hasta aquí bien, pero a partir de aquí empieza un nuevo drama que, a mi modo de entender, confirma todo el que he dicho hasta ahora. Unidos Podemos, que cantó “si se puede” cuando Pedro Sánchez ganó la moción de censura, ha decidido que el futuro pasa para apoyar a Sánchez y que este es “el mal menor”. Quizás es rápido para juzgar, pero la cosa no promete: Borrell que se manifestaba con SCC, el PP, y Ciudadanos, el Borrell aplaudido por Vargas Llosa, Arrimadas y Albert Rivera, se sienta junto al nuevo presidente. La reforma laboral del PP no se puede derogar “alegremente” advierte la nueva ministra de Trabajo. La ‘Ley Mordaza’ (no sabemos cuando) será “revisada”, que no derogada. La lista de defraudadores fiscales no será publicada y la comisión de investigación por los escándalos de la Monarquía ha sido rehusada.

Podemos tendría que estar movilizando la calle por organizar consultas sobre la monarquía al estilo catalán

Pero como decía, quizás es demasiado pronto para juzgar. Quizás hay que dar una oportunidad a la estrategia. Pero siempre vigilantes. Y fruto de la vigilancia se hace difícil no preocuparse y pensar seriamente que Podemos parece estar cayendo de pleno en todas las trampas del Régimen del 78 que tenía que combatir. Profundizemos, por ejemplo, en cómo se está llevando el tema de la monarquía. Es verdad que Podemos nació intentando dejar atrás ciertas señales de identidad de la izquierda tradicional. No se hablaba de la Segunda República, cierto. Pero se miraba de cara al fiasco de la Transición y se ponía sobre la mesa la idea de Régimen del 78 y se hacía una impugnación general que se basaba en el concepto de “casta”, que arrancaba directamente de una idea expresada con claridad a las plazas: PP=PSOE. Lamentablemente, pero, todo hace pensar que esto forma parte del pasado y se empiezan a percibir síntomas de que estamos en un claro proceso de rendición. Os imagináis lo que hubiera dicho Pablo Iglesias cuando era tertuliano en La Sexta si se hubieran conocido las grabaciones de Corina, o cómo hubiera comentado la entrada de Urdangarin en la prisión? Pero todo esto ha pasado cuando Pablo es el jefe de un grupo parlamentario de 67 diputados.

Y ya puestos, dos reflexiones. Primera: es infantil pensar que quizás Podemos tendría que estar movilizando la calle para organizar consultas sobre la monarquía al estilo catalán? Ciertamente, a diferencia del que pasa en Cataluña, Podemos no está en el gobierno y lo tiene difícil para hacer como hicieron Junqueras, Puigdemont y la CUP. Pero si no lo mueven desde la oposición podemos esperar que lo hagan si algún día llegan al gobierno? En este punto alguien podría decir que “no hay correlación de fuerzas” para hacer esto en España. Perfecto. Ciertamente no lo parece. Pero si se abandona la posición de árbitro u observador y se trabaja para construir, quizás sí que hay, no? O España es irreformable? Curiosamente una de las críticas que ha hecho esta izquierda no independentista al independentismo es que “la idea que España es irreformable es muy reaccionaria”. Lo ha dicho Coscubiela, Rabell, Ada Colau y Xavier Domènech entre otros. Perfecto. Pero entonces porque en vez de “reformarla” se ha elegido el camino de aceptar que lo máximo que se puede hacer es poner un presidente del PSOE del 135 a la Moncloa? Si esta es toda la reforma posible, ciertamente, quizás, los indepes tendrán razón.

Y así, el día que el PSOE rechaza crear una comisión de investigación y publicar la lista de defraudadores la reacción de la portavoz de Podemos, Ione Belarra, es: “La ciudadanía de nuestro país tiene derecho a saber si el rey emérito se o no un defraudador. Se puede publicar la lista de defraudadores y mí grupo parlamentario se lo va a demostrar presentando iniciativas que demuestren que se puede publicar”. Sin duda hay que hacer este trabajo parlamentario. ¿Pero no podemos hacer alguna otra cosa? ¿No podemos ser más contundentes? ¿Llamar a la gente a la movilización? ¿Hacer una campaña denunciando la Monarquía, círculo a círculo en todas las plazas de España? Nada. ¿Por qué?

Javier Gallego, de Carne Cruda, pregunta a Carolina Bescansa: “Mirando el programa de arriba a abajo no he encontrado ni una sola mención al modelo de Estado, ni a la Monarquía… No se dice nada en 300 páginas sobre la Monarquía”. Y Bescansa contesta: “Eso no es lo más urgente que tenemos encima de la mesa”. En una conferencia, Sergio Pascual explica: “Cuando se abrió la sucesión Borbónica nos hubiera gustado que se le hubiera preguntado a los españoles sobre el Modelo de jefatura del Estado. No se hizo, habrá que reabrir debates en su momento, cuando llegue la ocasión, pero no creo que sea este el asunto que interese en absoluto a la ciudadanía española”. “Nos hubiera gustado que se le hubiera preguntado a los españoles”. Pero la pregunta no llega nunca, ni para los españoles ni para los catalanes. Y si hemos construido un movimiento que denuncia el Régimen del 78 pero volvemos a decir “nos hubiera gustado” pero asumimos desde el principio que “no se puede”‘? Mientras Adolfo Suarez reconocía que “si hubiéramos convocado un referéndum sobre la Monarquía lo perdíamos”, Carrillo aceptaba que aquel debate era inganable y se descartaba la calle como fuerza. Lo explica Josep Fonatana: “A cambio de la legalización, Carrillo había aceptado la unidad de la patria, la bandera bicolor y la monarquía. (…) Desde el momento en que se autorizó los partidos hasta entonces clandestinos (…) los que se habían presentado como líderes de la ruptura no solamente aplazaron los objetivos por los cuales decían estar luchando desde 1939, sino que renunciaron por siempre jamás más”. Y no se trataba solo de si la banderita era de un color o de otro o si teníamos un Rey o no: “Los pactos de la Moncloa fueron la confirmación práctica de estas renuncias de la izquierda. (…) Entre las responsabilidades del PCE y del PSOE figura que no dudaran a aceptar la contención de salarios”. La “responsabilidad”.

La rendición española (y catalana)

Para acabar, la última parte de la intervención de Belarra va más allá de la “simbólica” Monarquía que “no interesa a nadie” y le habla a Pedro Sánchez de los presupuestos. La idea es clara: o se hace un giro presupuestario o el PSOE no contará con el apoyo de Podemos. Esto está bien, pero vamos al fondo: ¿quiere decir esto que nos tragaremos la Reforma Laboral, la connivencia con los defraudadores a cambio de algunas mejoras presupuestarias? En una entrevista hace pocos días Echenique decía: “Tenemos ahora más influencia que nunca”. Y preguntado por el apoyo en los presupuestos dice que “si hay medidas valientes que mejoren la vida de la gente, sí”. Es difícil definir qué es aquello que “mejora la vida de la gente” y por eso el periodista profundiza: “Defienden un mayor gasto público. ¿Será compatible con el objetivo del déficit”?. Y Echenique responde que “Si Bruselas tuviera un mínimo de inteligencia política debería entender”, “los poderes que conforman la troika deberían ser responsables y deberían permitir”… Pero ya sabemos que Bruselas no “entiende”, que Bruselas “no permite”. Y sabemos que el PSOE es un instrumento de Bruselas. Hasta donde llega la “responsabilidad”? Y si Sánchez nos pone unos pocos millones más en alguna partida le aprobaremos los presupuestos, a pesar de la pervivencia de la ‘Ley Mordaza’? O vamos a todas y le tumbamos? No parece esperable por parte del actual Podemos. El PSOE dirá que esto es mejor que nada y que no hay dinero. Cuando llegue aquel momento que hará Podemos? Apelar a la “responsabilidad” o recordar que si no hay más es porque el PSOE aprobó junto con el PP una reforma del artículo 135 de la Constitución para blindar el pago de la deuda?

Todo me hace pensar que triunfará la “responsabilidad” echeniqueana, entre otras cosas porque hace tiempos que nadie en Podemos señala Merkel, la UE, el euro o la deuda. Hace tiempo que nadie recuerda Grecia. Efectivamente el gobierno griego claudicó pero, otra vez y como en Catalunya, no recordamos a la gente, heroica, a pesar de las traiciones de sus gobernantes? Seguramente si aplicáramos aquello que Podemos aplica en Cataluña, tendríamos que decir que el pueblo griego midió mal la correlación de fuerzas. Y por eso la austeridad homicida que lo ahoga. El miembro de Izquierda Anticapitalista, Brais Fernandez, comentaba la entrevista de Echenique a Twitter: “De aspirar a asaltar los cielos a tener influencia. Del horizonte constituyente a mendigar la entrada en un gobierno encabezado por el PSOE. De la crisis de régimen a la responsabilidad de Estado. De Gramsci a Alfonso Guerra”.

Llegados a este punto, ¿dónde quedan los llamamientos para hacer “procesos constituyentes”? ¿Dónde queda “romper el candado del 78”?

Y lo veo a venir: durante el debate sobre la aprobación o no de los presupuestos volverá a aparecer, por comparación, la contradicción que tuvo que asumir la CUP aprobando los presupuestos de JxS. En aquel momento esta izquierda no independentista se tiró encima de los anticapitalistas que apoyaban en los presupuestos de los postconvergentes. La CUP se explicó con mucha dificultad: “Aprobamos unos presupuestos que no nos gustan a cambio de seguir avanzando hacia un escenario de ruptura”. Con todas las carencias, el 1-O llegó y supuso el mayor golpe al Régimen del 78 que se recuerda. En el caso de Podemos me cuesta ver qué obtener a cambio de aprobarle unos presupuestos a un PSOE que ni siquiera es capaz de explicarle a la ciudadanía quién le roba. Incapaz de derogar una reforma laboral del PP o incapaz de abrir una investigación sobre la Monarquía. Un ‘si’ a cambio de unos pocos millones más en algunas partidas? Esto ya lo tenía el presupuesto de JxS y era un ‘bodrio’. Y llegados a este punto, ¿dónde quedan los llamamientos para hacer “procesos constituyentes”? ¿Dónde queda “romper el candado del 78”?

Esta estrategia, además de ser tremenda para toda la izquierda española, deja en evidencia el fracaso de esta izquierda catalana no independentista. La asunción acrítica de la estrategia de Unidos Podemos ha dejado sin ningún margen a sus homólogos en Cataluña. Una prueba: desde la investidura de Sánchez, cuántas veces el grupo parlamentario ha pedido el referéndum por el cual tenían que luchar según su programa electoral? La respuesta por esperable no es menos terrible: ninguna. Ha desaparecido de la agenda y ya ni siquiera se anuncia como objetivo a largo plazo.

Final: llegados a este punto y dudando si he conseguido escapar de aquello que advertían David y Anna, estoy dispuesto a aceptar, sinceramente, que quizás me he dejado llevar por el “simplismo purista” o que muchas de las críticas que expreso son fruto del “binarismo maniqueo”. Es posible que algo (o mucho) de todo lo que he escrito esté sujeto a estas enfermedades que “trinchan la izquierda” y es probable que el sectarismo me convierta en “enemigo de nosotros mismos”. Es muy fácil caer en los errores que han trinchado a la izquierda pero creo que hay que correr el riesgo. Entre otras cosas porque hay un riesgo peor: el de permanecer callado mientras los sueños por los cuales tantos han luchado queden secuestrados por unos pocos “responsables”. Explica David sobre la decisión de Gil Matamala de abandonar el PSUC: “La decisión es definitiva y la ruptura triple: política, tacticoestratègica y emocional. Y la experiencia dice que la más dura de superar es la última, cuando es difícil cómo diría el filósofo Santiago Alba Rico-, si no imposible, estar en un espacio político donde se te obliga a callar o a mentir”.

Albano Dante Fachín es periodista y exdiputado de Catalunya Sí que es Pot en el Parlament

 

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