¿Una nueva izquierda autoritaria?

Foto: Jordi Borràs

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Hace algún tiempo que se oyen rumores de la emergencia de una nueva izquierda ‘autoritaria’ que defiende, por ejemplo, una política más restrictiva con la inmigración para proteger los salarios de los trabajadores autóctonos de la ‘competencia’ de los trabajadores migrantes. Algunos movimientos, como el impulsado en Alemania por la dirigente de Die Linke Sahra Wagenknecht, van en esta línea. La corriente impulsado por Julio Anguita en España ha sido identificada con estos planteamientos, sobre todo después de que Anguita y sus colaboradores publicaran un artículo en el que defendían algunas medidas del nuevo Gobierno italiano.

En Europa, un segmento de votantes obreros, sobre todo masculinos, han basculado hacia formaciones xenófobas

Detrás de estos movimientos, que algunos han identificado con una especie de embrión de nueva alianza rojo-parda, hay un intento de reaccionar al giro que ha hecho una parte de la clase trabajadora tradicional hacia la extrema derecha. En toda Europa hay un cierto patrón que, con matices, se va repitiendo: un segmento de votantes obreros, predominantemente masculinos, han basculado hacia formaciones xenófobas, vinculadas a la extrema derecha.

Desde la izquierda hay quien identifica la raíz de este problema en la insistencia de las izquierdas en cuestiones de identidad, sean de género o culturales. El argumento es que, en la medida en que las izquierdas se alejan de los debates estrictamente materiales -el conflicto de clase- para centrarse en cuestiones relacionadas con la diversidad, el multiculturalismo, los derechos LGTBI o la igualdad de género, pierden una parte de su base electoral natural, que se aleja. Este tipo de cuestiones de identidad tendrían, según dicen, un efecto de división de la clase trabajadora tradicional.

La verdad es que hay evidencia abundante sobre la transformación del perfil del electorado de las izquierdas, especialmente en cuanto al nivel educativo. Hace unas décadas, el electorado de izquierdas estaba escorado hacia los estratos con bajo nivel educativo. En cambio, hoy mayoritariamente las izquierdas se sustentan sobre votantes de nivel educativo alto. Hay excepciones, sobre todo en el caso de partidos con electorados envejecidos (como el PSC), pero en general la tendencia parece clara: el electorado de izquierdas es hoy, predominantemente, muy educado. El economista Thomas Piketty, recientemente, ha analizado el fenómeno y se refiere a él como la izquierda brahmaniana (en referencia a la casta sacerdotal del hinduismo).

La izquierda necesita apelar al electorado educado para poder construir mayorías electorales

Hace años, sin embargo, que politólogos como Adam Przeworski habían identificado los movimientos de los partidos socialistas para atraer nuevas clases medias, en parte como respuesta a la evidencia de que la clase obrera tradicional no era, cuantitativamente, suficiente para ganar elecciones. En un contexto de expansión de la educación, la izquierda necesita apelar al electorado educado para poder construir mayorías electorales. La cuestión es en qué medida esto plantea contradicciones irresolubles con sus votantes tradicionales y por qué.

En paralelo con el giro de las izquierdas hacia las nuevas clases medias, una parte de la clase trabajadora tradicional se había ido refugiando en la abstención. Y, en algunos casos, una parte de esta ha emergido de nuevo en la arena electoral de la mano de la nueva extrema derecha.

Ahora bien, aunque la transformación del perfil socioeconómico del electorado de las izquierdas es robusta y evidente, hay dos objeciones importantes que hacer. La primera es que hay bastantes excepciones del patrón general: países en los que no han emergido formaciones de la nueva extrema derecha, y casos de formaciones de izquierdas -nuevas o viejas- que sí mantienen la capacidad de movilizar a los sectores de bajo nivel educativo y de ingresos escasos. Por lo tanto, hay que tener cuidado en hacer una generalización excesiva.

La segunda objeción, y más importante, es que la evidencia de que la causa de este realineamiento electoral sea la posición de las izquierdas en cuestiones culturales es dudosa. De hecho, no está nada claro que este sea el mecanismo principal. Una explicación alternativa es que, más allá de incorporar a sus programas las luchas por la identidad y por el reconocimiento, las izquierdas han dejado de plantear mecanismos fuertes y creíbles de redistribución.

La hiperglobalización, que genera ganadores y perdedores, es presentada como inevitable, y esto va reduciendo los márgenes de la acción política redistributiva. Las estructuras que la gobiernan, empezando por el Banco Central Europeo (BCE) en nuestro caso, imponen unos condicionantes muy fuertes que hasta ahora han impedido políticas de compensación serias a los perdedores de la globalización. Y, de hecho, si atendemos a la gestión de la última crisis, las decisiones políticas, lejos de compensar las desigualdades en el reparto de las cargas, las han agudizado.

La falta de compensación, agudizada por la austeridad, puede tener el efecto de enajenar a estos sectores sociales, que se sienten poco representados por una izquierda que encuentra muchas dificultades para plantear alternativas creíbles a la desigualdad creciente. Esto deriva en una especie de círculo vicioso: la falta de redistribución hace crecer las desigualdades, y esto aleja la clase media educada de los sectores con ingresos y nivel educativo bajo, y eso aún hace más intensos los dilemas políticos y electorales de las izquierdas.

Las izquierdas se fijan en votantes fáciles de movilizar: los más educados y los que estan encuadrados en sindicatos

En este contexto, además, hay otros mecanismos que actúan en la misma dirección. Uno de muy conocido es la erosión del papel de los sindicatos. Han perdido peso fuera de la gran industria y del sector público, lo que hace más difícil para los partidos de izquierda fidelizar el voto de la clase trabajadora, ya que tradicionalmente los sindicatos eran un mecanismo esencial de movilización. Ahora resulta mucho más costoso movilizar, y llevar a las urnas, a los sectores más afectados por la precariedad. Y, por tanto, los partidos de izquierdas tienen incentivos para fijarse en los votantes más fáciles de movilizar, que son los sectores más educados y los que aún están encuadrados en sindicatos: trabajadores públicos y lo que queda de la clase obrera tradicional, relativamente bien protegida en determinados sectores industriales. Esto agrava las divergencias dentro de los distintos componentes de la base electoral de las izquierdas.

Pero me parece que hay todavía otra parte del problema, a la que se ha prestado menos atención: en todo este proceso, los puestos dirigentes de los partidos de izquierdas han sido colonizados cada vez más por miembros de esta clase media educada. A medida que los puestos de dirección política y, especialmente, las posiciones en el ejecutivo cuando las izquierdas han gobernado, iban quedando en manos de los sectores más educados, sus intereses particulares de grupo podrían haberse impuesto en decisiones clave. Se habla mucho del apoyo acrítico a la apertura comercial sin límites de una parte de las izquierdas como un ejemplo de esta captura. Pero también habría que hablar, posiblemente, de la apuesta por determinados servicios públicos ‘sofisticados’, que responden a las necesidades de esta clase media. O, sobre todo, de la priorización de la expansión del empleo público por delante de otras políticas públicas que quizás serían más redistributivas. Hay que tener en cuenta que el sector público ofrece unas perspectivas profesionales y oportunidades para las nuevas clases medias educadas de izquierdas que la mayoría de nosotros no tendríamos en el sector privado.

En definitiva, no parece que la cuestión de la enajenación de una parte del electorado tradicional de la izquierda sea fácil de resolver. La pregunta es relevante y pertinente. Pero reducir la respuesta a las posiciones ‘culturales’ de las izquierdas es excesivamente simplificador. Hay cuestiones organizativas -como el desgaste de los sindicatos-, de límites externos a la política de redistribución y de captura de los partidos y de la administración por parte de una cierta clase media educada que a veces hace políticas que responden más a sus intereses particulares que a una visión general de lucha contra las desigualdades sociales. Diría, pues, que, más que mirar a la dimensión cultural y proponer una izquierda autoritaria, lo que haría falta es revisar críticamente el impacto redistributivo de las políticas socioeconómicas que plantean las izquierdas, y quizás plantear cambios de prioridades en este ámbito.

Jordi Muñoz es investigador en ciencia política de la Universitat de Barcelona

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Canal d'opinió dels col·laboradors de Crític. Un espai col·lectiu de reflexió i anàlisi sobre l'actualitat política, econòmica i social catalana.

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