Món

Once cuestiones que debes saber para entender la extrema derecha que sufriremos

  • David Forniès y Antoni Trobat (Ciemen)
  • diumenge, 25 novembre 2018

CRÍTIC radiografia las diferentes vertientes de las derechas populistas y radicales en Europa

 

Salvini (Liga Norte), Vilimsky (FPÖ), Le Pen (AN), Wilders (PVV) y Annemans (VB), en el Parlamento Europeo, en una foto de 2014 / EURACTIV

[Si vols llegir aquest article en català, clica aquí]

La derecha y la extrema derecha están asaltando el poder. Jair Bolsonaro ha sido una de las figuras centrales de la actualidad en las últimas semanas. La victoria del autoritarismo populista brasileño se suma a la de Donald Trump, al fortalecimiento del régimen de Putin … y también a un goteo de buenos resultados en la vieja Europa de formaciones que van desde la derecha radical populista hasta el extremismo filofascista o neonazi. ¿Qué tienen en común —y qué no— Salvini, Le Pen, Orbán, Vox y Amanecer Dorado? ¿Qué familias y matices hay entre ellos? ¿Qué une y qué separa este universo? CRÍTIC ofrece 11 claves para entender el porqué de su éxito en Europa, en qué punto nos encontramos y qué podemos esperar de todo ello en los próximos meses.

1. Motivos para el ascenso de una derecha alternativa a los liberalconservadores

“Un número cada vez mayor de gente siente que está perdiendo, en el proceso de globalización, y que no pueden tener esperanza de optar a una vida mejor. En particular, esto les pasa a las clases medias, que habían sido el núcleo de la estabilidad de las democracias sociales y liberales occidentales después de la Segunda Guerra Mundial”, dice Georgina Siklossy, portavoz de la Red Europea contra el Racismo (ENAR), para explicar el ascenso de los partidos de derecha y de extrema derecha en el Viejo Continente. No es reciente: según Manès Weisskircher, investigador en ciencias políticas en la Universidad Técnica de Dresde y en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, “si hablamos de la Europa occidental, el origen no ha sido la ‘crisis de los refugiados’. En muchos países, los partidos de derecha radical ya eran actores políticos establecidos desde bastante tiempo atrás. En este aspecto, Alemania y España habían sido bastante extraordinarias”, por el hecho de no tener ninguno de estos partidos. Pero también hay que decir que algunos sectores del PP tradicionalmente se han escorado muy a la derecha y que, en Alemania, el Partido Nacional Demócrata (NDP, extrema derecha) había tenido algunos éxitos electorales en las elecciones regionales y en las del Parlamento Europeo.

“Las causas son múltiples”, dice Weisskircher, entre las que menciona “el rechazo a la inmigración —particularmente a la musulmana—, la inseguridad económica y la desconfianza hacia las élites políticas, tanto a escala nacional como de la UE”. Para Siklossy, los ciudadanos “están preocupados por la seguridad de sus puestos de trabajo, por sus ingresos menguantes, por los costes crecientes de la educación y de la salud, o [el escenario de una] caída rápida en la pobreza en caso de sufrir accidentes de vida”, como perder el trabajo y tener una enfermedad grave a la vez.

El rechazo a la inmigración, la inseguridad económica y la desconfianza hacia las élites políticas, razones posibles del ascenso de la ultraderecha

Ruth Wodak, profesora emérita de las universidades de Lancaster y de Viena e investigadora del Centro de Análisis de la Derecha Radical (CARR), coincide en el análisis de “la inmensa inseguridad provocada por una globalización feroz” y añade otras razones de larga duración, como el hecho de que “antiguos sentimientos xenófobos, racistas y antisemitas ahora se hayan disparado de nuevo”. También le ve explicaciones más contextuales actuales, como “la experiencia de haber visto como se rescataban bancos mientras que los salarios de la gente caían”. También hay explicaciones regionales. En el caso escandinavo, los analistas suelen mencionar el concepto del “chovinismo del bienestar”: los partidos de derecha radical pueden llegar a proponer políticas socioeconómicas de izquierdas, pero sólo para los nativos. “Yuxtaponen la inmigración con el Estado del bienestar”, dice Ann-Cathrine Jungar, investigadora sobre partidos de la derecha radical en la Universidad Södertörn, de Estocolmo, y hacen percibir que “la inmigración es costosa y reduce el bienestar para la población que realmente lo merece: ancianos, enfermos, niños… Todos los partidos de la derecha radical nórdica combinan estas dos líneas de argumentación en su retórica antimigratòria”.

En todo caso, Weisskircher considera que este ascenso es un fenómeno “más profundo que no simplemente una vaga noción de ‘voto de protesta'”. Para Jungar, de nuevo en el caso nórdico —pero no son motivaciones ajenas al resto del continente—, se ha asistido a un ascenso de la “dimensión política sociocultural” en detrimento de la clásica “socioeconómica, de derecha-izquierda”, al tiempo que ha descendido “la identificación con los partidos políticos, y los votantes ahora son más volátiles”. Se le une el hecho de que buena parte de la derecha radical “ha institucionalizado, profesionalizado y moderado sus perfiles y se han distanciado del extremismo”, por lo que “el umbral” ideológico para que los votantes los elijan “se ha rebajado”. La pregunta es: ¿vamos hacia una reconfiguración permanente del tablero político desde el centro hacia la extrema derecha donde los ‘PP’ clásicos pueden tener una supervivencia comprometida?

Steve Bannon, Matteo Salvini y Mischaël Modrikamen, del Partido Popular belga, el pasado septiembre / MODRIKAMEN

2. Bannon y el trumpismo desembarcan en Europa

Una vez caído en desgracia, Steve Bannon, el comunicador y estratega “nacionalista y populista”, como le gusta autodefinirse, que hizo despegar la campaña de Donald Trump, ha desembarcado en Europa. La Italia de Salvini ha sido el lugar elegido para impulsar su ‘think tank’ identitario, que tiene por objetivo apoyar a la extrema derecha del Viejo Continente. Para el investigador en derechas identitarias y colaborador de ‘CTXT’ Guillermo Fernández, lo que hace Bannon es “fundamentalmente ofrecer asesoramiento en comunicación en las redes, su especialidad”. Detrás del apoyo de Bannon a los populismos de derecha europeos podría haber, en las palabras de Fernández, “fundaciones y grupos de diferente tipo: antiabortistas pro vida y sionistas, también”. La relación de los populistas conservadores con Israel surge de la obsesión que la derecha identitaria europea tiene con lo que llaman ‘el conflicto civilizatorio’ y la defensa del espacio de tradición judeocristiana. En este sentido, Fernández rememora una conversación con un antiguo cuadro del Frente Nacional francés en que le confesaba que “el gran miedo que siempre planea en nuestras conversaciones privadas es que Francia se convierta en Sudáfrica, que los blancos franceses seamos minoría en nuestro país “.

Hay conexiones entre la Asociación Nacional del Rifle y la Liga Norte italiana

Para Steven Forti, historiador de la UAB e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad Nueva de Lisboa, algo que refleja una parte de los vínculos de la derecha populista italiana con el mundo ‘ultra’ norteamericano es el hecho de que se pueden detectar conexiones entre la derecha republicana de EEUU —por ejemplo, el conocido lobby NRA (Asociación Nacional del Rifle) y el entorno de Salvini y la Liga. Una muestra: la tuitera italoamericana Alana Mastrangelo, miembro del grupo de presión pro armamento, es un personaje que hace de nexo comunicativo entre las dos orillas del Atlántico.

3. La alianza entre Marine Le Pen y Matteo Salvini, decisiva en el Parlamento Europeo de 2019

Para mayo del 2019 hay convocadas elecciones al Parlamento Europeo. Parece que podría consolidarse, en los hemiciclos de Bruselas y de Estrasburgo, un gran bloque de derecha populista. Pero nada es sencillo. Una vez superadas las dificultades técnicas —un mínimo de 25 escaños procedentes de una cuarta parte de los estados de la Unión—, que durante años fueron un problema importante, hay que ver si los equilibrios de poder son “soportables” para todos los agentes implicados. Es una vieja aspiración de este espectro político. En 1979, en los primeros comicios europeos, el Movimiento Social Italiano (MSI) intentó consolidar un grupo llamado de la ‘Eurodestra’, pero la falta de peso electoral se lo impidió. En 1984, ya bajo el liderazgo de Jean-Marie Le Pen, se consiguió conformar de forma exitosa el Grupo Técnico de las Derechas Europeas (GDE), inicialmente impulsado por franceses, italianos, griegos y unionistas del Ulster. Pero la entrada de los alemanes filonazis Die Republikaner y el choque de estos con el MSI italiano con respecto a la cuestión del Tirol del Sur hicieron estallar el grupo. El tercer intento, ya en 2007 y que sólo duró algunos meses, fue el grupo llamado Tradición, Identidad y Soberanía (ITS), dinamitado por la eurodiputada Alessandra Mussolini cuando, tras hacer unas declaraciones racistas antirumanas, provocó que los cinco escaños del Partido de la Gran Rumanía abandonaran el grupo, haciéndolo técnicamente inviable. El historiador Xavier Casals lo ha estudiado con rigor.

En las europeas de cinco años atrás, en 2014, todo empezó a cambiar. Desde entonces hay dos grupos que reúnen partidos donde confluyen líneas de derecha radical populista y de extrema derecha en el Parlamento Europeo: el Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa (EFDD), encabezado por el UKIP británico, y la Europa de las Naciones y las Libertades (ENF), encabezado por la Agrupación Nacional —AN, antes FN— de Marine Le Pen. El primero cuenta con Alternativa por Alemania (AFD), el M5S italiano y los Demócratas de Suecia, entre otros socios menores. En el segundo militan la Liga de Salvini, el FPÖ austriaco o el PVV holandés. ¿Por qué dos grupos? Responde Guillermo Fernandez: “Hasta ahora, el problema en la extrema derecha europea era la rivalidad entre el líder del UKIP Nigel Farage —que es la conexión con Bannon— y Marine Le Pen. Pero con el ‘Brexit’ esta ruptura desaparece”. Por otra parte, hay partidos que no participan en ninguno de los dos grupos mencionados, pero que comparten principios y filiación ‘ultra’. “Sería el caso de los polacos de Ley y Justicia, que participan en el grupo de los Conservadores y Reformistas, impulsado por los ‘tories’ británicos, o del Fidesz húngaro de Orbán, que está en el PP europeo”. Sea como quiera, “dentro de la diversidad de opciones, les une la voluntad de bloqueo de la UE y la fobia a la migración. Fundamentalmente. En el tema económico, por ejemplo, hay diferencias. Orbán, por ejemplo, no quiere destruir la UE”. Pero en lo que sí que hay consenso es “en el hecho de convertirse en una ‘minoría de bloqueo’ que ponga el Parlamento Europeo contra las cuerdas. Algo que podría pasar atendiendo al previsible hundimiento del PS y al estancamiento del PP”.

Los partidos de Le Pen y de Salvini dan relevancia al eje social en un momento de crisis como el que hemos vivido

Con todo, y más allá de las fricciones por irredentismos territoriales diversos —como la disputa entre el FPÖ austríaco y Salvini por el Tirol del Sur o las desavenencias de italianos y flamencos con Vox por el caso catalán—, hay, en las palabras de Fernández, “un eje de fractura que no se tiene en cuenta a veces: la ruptura entre el sector socialsoberanista y el sector que podríamos llamar liberalsoberanista”. Marine Le Pen y en gran parte Matteo Salvini representan la dimensión que da relevancia al eje social, de defensa de las clases populares y de entender, en palabras de Clara Ramas, filósofa e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), “el Estado social como un elemento de identidad en una época en que la crisis ha devastado todos los lazos sociales entre individuos”. Este bloque considera “obsoleto el eje izquierda/derecha y propone sustituirlo por el eje nación-protección / mundialismo-intemperie”, añade Fernández. En cambio, “Marion Maréchal-Le Pen, sobrina de Marine y dirigente de la ANi The Movement —la operación europea de Steve Bannon— son más conservadores en lo moral y liberales en lo económico. Más Tea Party “, apunta el investigador. Esta fractura, que va más allá de siglas y de personas, ¿será determinante en el futuro? “La línea socialsoberanista, que, en el caso del Frente Nacional francés, tuvo en Florian Philippot, un antiguo jacobino soberanista de izquierdas, su ideólogo en tiempos del repunte de Marine Le Pen, pierde fuerza ante la liberal”.

Para entender lo que representa el socialsoberanismo: “Las ‘manis’ antigais, antiderechos LGTBI, en la Francia de la etapa socialista, las impulsa la derecha clásica. ¡Y la AN no participa en ellas! Sí lo hace gente suya a título individual, Marion por ejemplo. En cambio, Marine, aconsejada por Philippot, se queda en casa”. Pero esta línea social está de capa caída. Philippot, caído en desgracia, se escindió y ahora participa en un nuevo proyecto, Los Patriotas. Para Fernández, “el objetivo es que a la derecha le acabe pasando como a la socialdemocracia. Que una parte termine dentro de operaciones tipo Macron y la otra quede huérfana. Quieren aprovechar ésto para obtener la centralidad dentro del campo de la derecha política”. Ante la cuestión de la división entre socialsoberanistas y liberalsoberanistas, el historiador Steven Forti es muy cauteloso: “¡Sí y no! En el caso de la Liga, teóricamente es social por dentro —aunque quien tiene un pasado realmente social es el postfascismo más que el regionalismo septentrionalista. Sin embargo, sus propuestas son menos impuestos para los ricos, privatizaciones y, en definitiva, neoliberalismo”. Para el investigador de la Universidad Nueva de Lisboa, “la expansión hacia el centro y hacia el sur, una vez pasada la ‘barrera’ de los Apeninos, se hace de la mano del neofascismo tradicional. Gente del berlusconismo transita hacia la Liga y también hay conexiones fluidas con estructuras sociales mafiosas en regiones como Sicilia y Calabria. En Roma, Casa Pound es claramente facilitadora de la estrategia de la Liga. Al final, lo que pretende Salvini es convertirse en la única fuerza de la derecha italiana. ¡Y ya lo está consiguiendo! Se ha desdemonizado y normalizado su presencia hasta el punto de que, hoy en día, es el partido más viejo del Parlamento”.

Foto de familia del Partido Popular Europeo en 2014 / DAVID PLAS

4. Los ‘PP’ europeos, virando aún más hacia la derecha

Paralelamente al ascenso de la derecha radical, Europa está asistiendo a otro fenómeno: el escoramiento de los partidos liberalconservadores clásicos (los que forman parte del PP europeo, hegemónicos en el espacio de centroderecha desde el fin de la Segunda Guerra Mundial) hacia posiciones cada vez más derechistas. El viraje antiliberal del primer ministro Viktor Orbán en Hungría es un ejemplo de ello consolidado en el tiempo, mientras que en España el nuevo PP de Pablo Casado reconoce sus coincidencias ideológicas con Vox, ataca lo que él llama “la ideología de género” y encara el debate territorial desde posiciones tan centralistas que ni siquiera pueden reconocerse en el José María Aznar presidente. Este giro, ¿lo hacen empujados por la extrema derecha? Para Siklossy, Hungría es un ejemplo claro de que sí: “Hace una década, el partido de extrema derecha Jobbik logró un apoyo sin precedentes. Desde entonces ha perdido terreno, pero el centroderecha de Fidesz [el partido de Orbán] progresivamente se ha ido convirtiendo en xenófobo e incesantemente ha ido erosionando los derechos fundamentales y el Estado de derecho. Jobbik ha perdido apoyo precisamente porque Fidesz ha adoptado todas sus posiciones en relación con las minorías y la inmigración”.

“Para mí, el peligro no es tanto que [los partidos de extrema derecha] consigan un apoyo porcentual muy elevado como que consigan cambiar los discursos de los partidos tradicionales y normalicen posiciones que ponen en peligro determinados derechos de los migrantes —que, en definitiva, son derechos humanos— como ocurre ahora con las devoluciones en caliente. Han introducido en el imaginario colectivo que estas políticas son normales”, apunta la politóloga Helena Castellà, investigadora de partidos de extrema derecha europeos. Siklossy lo ve como una responsabilidad grave en los partidos ‘mainstream’: “Muchos —tanto a la derecha como a la izquierda— han consentido las soluciones fáciles propuestas por la extrema derecha en lugar de adoptar políticas que garanticen menos desigualdades y más solidaridad”, lo que “ha arrastrado a la gente hacia narrativas racistas y xenófobas, en ausencia de ninguna alternativa real”.

Las formaciones del Partido Popular Europeo cada vez tienen posiciones más derechistas

El caso de Austria, para Wodak, es un ejemplo de lo que menciona Castellà. “Se están normalizando ideologías de extrema derecha, una normalización vergonzosa”, de la que el partido liberal-conservador clásico (el ÖVP, el que sería el homólogo del PP en ese país centroeuropeo) es uno de los vehículos principales. Una normalización que Wodak también ve en los Países Bajos por el efecto contagio de la ideología de la derecha radical del PVV de Geert Wilders. Según la profesora del CARR, el ÖVP está asumiendo postulados que hasta ahora eran propios de partidos de extrema derecha o de populistas de derecha como sus socios de gobierno, el FPÖ, como, por ejemplo, el rechazo total a acoger refugiados o un posicionamiento explícito a favor de las patronales en el diálogo social. Wodak ve en este punto síntomas de que Austria haya podido iniciar el camino “desde una democracia constitucional liberal después de 1945 hacia una potencial democracia iliberal orbanesca”.

5. Los ‘valores’ de la derecha radical: desde el euroescepticismo hasta el antifeminismo

“La derecha radical, a la que pertenece Alternativa para Alemania, es una familia de partidos que, según el académico neerlandés Cas Mudde [una de las referencias mundiales en el estudio de estas formaciones], tiene dos valores nucleares: el ‘nativismo’ —que es nacionalismo xenófobo— y el autoritarismo”, define Weisskircher.

El gran tema que los une“, explica Castellà, “es el rechazo a la inmigración. Son partidos que propugnan estados nación homogéneos desde una posición nacionalpopulista, con un discurso doble: el pueblo contra las élites y el pueblo contra los inmigrantes. Y, en esta última clave, lo hacen con un perfil antiislámico muy claro”. Una síntesis que es extensiva a los partidos de extrema derecha neonazi o neofascista que veremos más adelante.

Un aspecto polémico de este bloque es su relación con el feminismo y los derechos de las mujeres. “Yo diferenciaría entre los partidos que han sabido renovarse, y aprovechar su antiislamismo para afirmar que el Islam pone en peligro los derechos de las mujeres, y aquellos otros que se parecen más a los viejos fascismos. Por ejemplo, Vox afirma que la ‘ideología de género’ se tiene que acabar“, valora Castellà. Una proclama, la de Vox, que encontramos calcada casi literalmente en el programa de Alternativa para Alemania. Entre los nórdicos, explica Jungar, también encontramos “antifeminismo en el sentido de que mantienen visiones conservadoras basadas en las diferencias biológicas y se oponen a las cuotas y a las acciones afirmativas; están en contra de lo que perciben como feministas de izquierdas, que, según ellos, no se dan cuenta de las consecuencias negativas de la inmigración para la seguridad de las mujeres (acoso sexual y violencia) y sus derechos dentro de las ‘comunidades patriarcales inmigrantes’ donde las mujeres, afirman, no son libres”.

El euroescepticismo es el eje que une a los partidos de derecha radical del continente

En algunas ocasiones, dentro de un mismo partido surgen enfoques diferentes. La filósofa Clara Ramas comenta que “dentro de la AN hay dos tradiciones que chocan, representadas por [su presidenta] Marine Le Pen y por su sobrina Marion Maréchal-Le Pen”. La primera, de la corriente más socialsoberanista, e influenciada por el ideólogo Florian Philippot, aboga por una especie de “reapropiación del feminismo, imbricándolo con la tradición republicana francesa y convirtiéndolo en arma islamófoba”. La segunda, más conservadora en lo moral —y con el apoyo del mundo de Bannon—, considera al feminismo como una versión del paternalismo.

Algunos partidos de la derecha radical —por ejemplo, entre los nórdicos— aceptan el matrimonio homosexual —pero no, en general, los derechos de los transexuales—, pero otros no lo hacen. El partido de Le Pen y la AfD están en contra: consideran que las uniones homosexuales deben ser reconocidas civilmente, pero en un grado inferior al del matrimonio. Como tanto en Francia (desde 2013) como en Alemania (2017) el matrimonio homosexual está reconocido, los dos partidos quieren cambiar la ley para retirar este derecho. Sí que existe unanimidad en el euroescepticismo, y donde hay que buscar las diferencias es en el grado y los matices de éste. Desde posiciones de fuerte nacionalismo de Estado, todos coinciden en rechazar una mayor integración europea, pero su concreción difiere. La AfD quiere intentar recuperar competencias y dejar la UE meramente como una “unión económica”, aunque, si no lo consigue, no descarta pedir un referéndum sobre la pertenencia a la Unión, como propugna directamente la Agrupación Nacional de Le Pen. La Liga mantiene una posición mucho más ambigua y cambiante. Entre los partidos de la extrema derecha las posiciones son bastante más claras, con una preferencia muy generalizada por el abandono de la UE.

Manifestación católica en París el 2014 / PA

6. El papel de la religión en las derechas populistas europeas

Siempre se ha asociado, en nuestro país, la extrema derecha a la religión. Pero la relación de lo ‘ultra’ con el mundo religioso en el resto de Europa ha sido compleja ya desde la época del fascismo y del nazismo. Mussolini y Hitler, de hecho, eran abiertamente ateos. Según Jordi Vaquer, politólogo y director regional para Europa de la Open Society Foundation, “generalmente en Europa occidental la religiosidad tradicional es un factor de resistencia a votar derecha radical o populista. El voto de los fieles cristianos suele orientarse hacia formaciones conservadoras o cristianodemócratas, ya que en general son un perfil de personas que tienen un grado bajo de tolerancia a los discursos de odio y, con la cuestión migratoria, son más compasivos”. En esta línea, Marta Simó, investigadora en sociología de la religión de la UAB, explica a CRÍTIC que “si hablamos del corazón de Europa, podemos decir que los votantes alemanes católicos y protestantes con una visión conservadora prefieren a la CDU; al mismo tiempo, el catolicismo francés, a pesar de una cierta tradición reaccionaria que no puede negarse, no es, en su mayoría, de extrema derecha”. Vaquer apunta que “si nos fijamos en el caso alemán, en Baviera una parte del electorado católico se ha alejado de la CSU —derecha regional bávara aliada de la CDU— por su discurso de hostilidad con el flujo de refugiados. En el Oeste —Francia, Holanda y Austria, especialmente—, las apelaciones de la extrema derecha a la herencia cristiana tienen que ver con la islamofobia y el supremacisme cultural, no con la religiosidad”. “Mientras que, con respecto a España mismo —continúa la investigadora de la UAB—, a pesar de los vínculos evidentes de una parte de la Iglesia católica con los sectores más ‘ultras’de la derecha, no podemos obviar que una organización como Cáritas, católica, es muy claramente defensora de los migrantes y antixenófoba“.

La Europa oriental es otra dimensión, en este sentido, y la religión ocupa un espacio más importante en el ideario y en las complicidades de la extrema derecha. Simó recuerda que “en el Este es diferente: Putin y los grupos nacionalistas y ‘ultras’ a su derecha se aferran a la Iglesia ortodoxa rusa. En Polonia, el catolicismo es un movimiento nacional —desde siempre, desde la época del telón de acero y desde antes— y movimientos como Radio María y otros son de masas y muy nacionalistas, homófobos y de ultraderecha. En el caso polaco, incluso diría que hay una brecha entre la alta jerarquía eclesiástica, más moderada, y el bajo clero y la base de devotos católicos que son mucho más conservadores”. “En cuanto a la Rusia de Vladimir Putin, uno de los nombres clave es Konstantín Maloféiev, magnate próximo al Kremlin que patrocina vínculos entre la extrema derecha y grupos ultrarreligiosos y reaccionarios“, en palabras de Jordi Vaquer. Maloféiev, conocido como el “Soros de Putin”, es presidente de la Fundación Caritativa San Basilio el Grande y del Grupo de Comunicación Tsargrad, con relaciones con la derecha evangélica norteamericana.

Existe una corriente de simpatía hacia Israel y sus políticas por parte de las derechas en todo el mundo

Existe una corriente importante de simpatía hacia Israel y sus políticas por parte de las derechas en todo el mundo. La ultraderecha no es una excepción. Interpelada en este sentido, Simó, especialista en el Holocausto, comenta: “La extrema derecha europea, más que ideológicamente sionista, es pro ‘establishment’ israelí y pro Estado de Israel. Y lo es, esencialmente, por islamofobia. Realmente, en el fondo, si uno mira su genealogía y su ideario actual, especialmente en el Este, continúa siendo visceralmente judeófoba”. El hecho de que Bannon se apoye, en su desembarco europeo, en elementos integristas católicos como el flamenco Mischaël Modrikamen, no acaba de ser bien visto por una parte de sus socios europeos, que, en unas sociedades muy laicizadas, creen que el excesivo peso de la moral religiosa en el discurso les puede perjudicar. En palabras de Guillermo Fernández: “Hay un detalle interesante de la rueda de prensa conjunta de Salvini y Le Pen de hace algunas semanas, cuando, interrogada sobre Bannon, Marine Le Pen dijo algo como que ‘el señor Bannon conoce mejor los Estados Unidos que Europa’. Va un poco por aquí”.

7. La trama roja-parda (cuando algunas izquierdas blanquean el fascismo)

El debate sobre la existencia de una izquierda parda o unas supuestas vinculaciones entre la extrema derecha y una izquierda de matriz autoritaria anti-UE y anti-EEUU que, coincidiendo en la crítica anticapitalista, puedan generar complicidades, ha existido y existe. En los últimos tiempos, un artículo firmado por Julio Anguita, Manolo Monereo y Héctor Illueca ha removido las aguas de esta cuestión en España iniciando una agria polémica. De hecho, técnicamente, lo rojo-pardo es difícil de identificar de forma clara. Sumado al asunto del artículo mencionado, habría que añadir, recientemente, el polémico libro ‘La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la diversidad de la clase trabajadora‘(Akal, 2018), del periodista de ‘La Marea’ Daniel Bernabé, que critica el supuesto abandono al que la izquierda política ha sometido a las clases populares en beneficio de ideologías como el feminismo. En cuanto a los individuos y a las organizaciones que podrían ser etiquetados de “rojos-pardos”, el más significativo, en España, tal vez sería el profesor, exsecretario general de Alianza Popular y colaborador de Pablo Iglesias, Jorge Verstrynge, quien admite que, desde su juventud, ha transitado del neofascismo a la izquierda antineoliberal.

La conexión rusa, en este sentido, no puede obviarse. Intelectuales como Aleksandr Duguin, “el Rasputín de Putin”, y Eduard Limónov, impulsor del movimiento nacionalbolchevique, son influyentes en diferentes ámbitos de la izquierda fascinada por el “gran oso ruso”. Para Guillermo Fernández, investigador de la Universidad Complutense de Madrid especializado en derecha identitaria y colaborador habitual de ‘CTXT’, “la elaboración discursiva de lo que podemos llamar “rojo-pardo” es un poco torpe. Plantean incógnitas que pueden ser interesantes como, por ejemplo, ‘¿cómo debe ser la relación con Europa?’. Pero los códigos que emplean para descifrarlas son poco cuidadosos”. Fernández no tiene nada claro que haya una coordinación europea roja-parda. “Son más bien individualidades e iniciativas sin conexión”. En el caso francés, que el investigador español conoce bien, apunta a un personaje clave: Djordje Kuzmanovic, encargado de las relaciones internacionales de La Francia insumisa, de origen serbio, filo-Putin y una figura importante del entorno de Jean-Luc Mélenchon. “Es más soberanista y anti-Unión Europea que Marion Maréchal-Le Pen”, recuerda Fernández.

Líderes rusos com Duguin y Limónov, impulsor del movimiento nacionalbolchevique, son influyentes en ámbitos de la izquierda

En Alemania, el movimiento En Pie, puesto en marcha en agosto por la copresidenta de Die Linke, Sahra Wagenknecht —que encabezó la corriente interna Plataforma Comunista dentro de su partido—, pretende “representar la izquierda materialista, no la moralista”, según su manifiesto fundacional. Busca recuperar el electorado atrapado por Alternativa para Alemania en la parte oriental del país teutón. Mirando de emular la operación mélenchoniana en Francia, En Pie es muy crítico con las políticas migratorias y de apertura hacia los refugiados. Wagenknecht, que es hija de padre iraní, es especialmente dura con Los Verdes, dentro del espacio de la izquierda, a los que acusa de “indulgencia social y política alejada de la preocupación real de la clase trabajadora”.

Steven Forti, investigador de la Universidad de Lisboa, es autor de un extenso artículo en la edición italiana de ‘Rolling Stone’ donde explica la galaxia roja-parda transalpina actual con perspectiva histórica. Del escritor Curzio Malaparte o el político Nicola Bombacci, exponentes del “rossobrunismo” de los años treinta y cuarenta, a Diego Fusaro, nacido en 1983, profesor de historia de la filosofía en el Instituto de Altos Estudios Estratégicos y Políticos de Milán, y que es, seguramente, el exponente más claro intelectualmente de esta posición en la Italia actual. Fusaro, según explica Forti, es “un personaje mediático y egocéntrico que, a pesar de definirse como pensador marxista, ha hecho una evolución que le lleva a escribir en el semanario ‘Il Primato Nazionale‘, que edita Casa Pound, y a participar en encuentros de ‘fascistas del Tercer Milenio’. Es antivacunas, antiteoría del género, y contrario a los migrantes”. En castellano sus libros han sido editados por ‘El Viejo Topo’ y ‘Siglo XXI’, parece que con el apoyo de Manuel Monereo. Interrogado por CRÍTIC sobre si la figura de Matteo Salvini tiene algo de rojo-parda, Forti responde que “aunque el Salvini joven se adscribió a una fantasmagórica corriente dentro de la Liga Norte llamada Comunistas de la Padania y que ha intentado cultivar una imagen pública de sensibilidad social —declarándose seguidor del cantautor Fabrizio de André o explicando que frecuentaba el Centro social Leonacavallo, de Milán—, siempre ha sido, fundamentalmente, un individuo de extrema derecha”.

Albert Rivera durante su intervención en el debate de investidura de Mariano Rajoy en 2016. Foto: Javier Barbancho.

8. Cuando la extrema derecha se infiltra en el ‘liberalismo’: España y C’s como un caso singular

En Europa, el liberalismo es una ideología que, desde la Segunda Guerra Mundial, se ha asociado al consenso antifascista. En países como Dinamarca u Holanda, los liberales participaron activamente en la resistencia partisana antinazi durante la ocupación alemana de los años cuarenta. Que en España una parte importante de las derechas más duras se haya asociado al liberalismo podría tener relación con la ausencia de una tradición de derecha liberal ilustrada y democrática durante buena parte del siglo XX. La penetración en la formación de Albert Rivera de elementos provenientes de la extrema derecha españolista ha sido una constante documentada y, en los últimos años, la tensión de la cuestión nacional convierte, aún más, el partido naranja en una opción fundamentalmente nacionalista española. Francesc Miralles, politólogo valenciano y coautor, con Josep Campabadal, del libro ‘De Ciutadans a Ciudadanos. La otra cara del neoliberalismo‘(Foca/Akal, 2015), es muy explícito al respecto: “Para entender Ciudadanos, se debe comprender que se trata de un hijo bastardo del PSOE; un hijo de la España del ‘pelotazo’. Y no olvidemos que el PSOE post-Transición a la vez es, en cierto modo, un hijo del falangismo. Recordemos las relaciones de mucha intelectualidad del entorno socialista con la pata social fascista “.

Miralles no deja de tener presente, en el caso del País valenciano—aplicable a todas las izquierdas socializantes ibéricas—, la influencia que tuvo, sobre algunos intelectuales progresistas de la generación de los sesenta y de los setenta que en democracia se hacen ‘mainstream’, un personaje como Dionisio Ridruejo (1912-1975), escritor y político que fue director de propaganda de los franquistas durante la guerra y que evolucionó hacia posturas democráticas y reformistas. El politólogo explica que “Ciudadanos recoge algo que está muy en la psique del nacionalismo español desde Ortega. Los sectores acomplejados que ven España como un proyecto incompleto, fallido. Es aquello del afán modernizador y de la revolución pendiente, desde arriba y vertical, pero en ‘versión cuñada‘”. En este sentido, el experto opina que “el liberalismo como recurso es meramente instrumental, una coartada”. “Con la familia liberal europea no hay conexión posible más allá de un puro asunto de negocios. ¡Por eso expulsan al PDECAT y los integran a ellos!”.

Ciudadanos en Europa viró desde Libertas, una plataforma conservadora y euroescéptica, hasta el liberalismo europeo

La apuesta que Ciudadanos hizo en los comicios europeos de 2009, una década atrás, por Libertas, la plataforma transnacional conservadora y euroescéptica del millonario irlandés Declan Ganley, es remarcable. Ganley, hoy desaparecido del espacio público, es un personaje oscuro, integrista católico, que se enriqueció tras el derrumbamiento de la Unión Soviética comprando aluminio siberiano y madera letona y que en 2004 fundó, en EEUU, Rivadas Networks, empresa de comunicación especializada en defensa que gestionó el posthuracan Katrina en Nueva Orleans y que tiene en el Ejército estadounidense su cliente principal. En 2008, lideró por la derecha —el Sinn Fein lo hizo desde la izquierda— la oposición de la opinión pública de la República de Irlanda a la Constitución europea sometida a referéndum. La victoria del ‘no’ espoleó a Ganley, que decidió, para las elecciones del año siguiente, impulsar candidaturas con su marca, Libertas, en todos los estados de la UE. El Movimiento por Francia, del tradicionalista Philippe de Villiers, o la Liga de las Familias Polacas, ultracatólica, antisemita y homófoba, fueron sus aliados más destacados. En España, como explica Miralles, “quien conecta Ganley, Albert Rivera y Miguel Duran, ex presidente de la ONCE, que acabará encabezando la lista de Libertas-Ciudadanos en las europeas de aquel año, es el periodista navarro Julio Ariza, propietario y presidente de Intereconomía”. La derrota de Libertas en España y en toda Europa —sólo obtuvo representación en el Francia— llevó a Ganley a disolver el proyecto en 2010. Y llevó a Rivera a buscar calor en el liberalismo europeo, más adecuado al tipo de imagen que quería proyectar.

9. A la derecha de la derecha: éxitos electorales del neofascismo en la Europa del siglo XXI

Es en el terreno de la extrema derecha estricta donde se desvelan con más claridad los peores fantasmas del siglo XX europeo. Si la derecha radical mantiene formal y discursivamente su compromiso con la democracia —como mínimo, con determinados procedimientos democráticos—, este no es un tema que preocupe mucho a los partidos explícitamente neonazis, neofascistas o racistas, que han ido creciendo últimamente, legales bajo las garantías que les otorgan las democracias liberales. Aunque no constituyen un fenómeno nuevo —los primeros grupos organizados nacen durante los durísimos años de la posguerra europea—, sí consiguen en nuestra década algunos de sus éxitos electorales más relevantes.

Es el caso de dos de los que se organizan en torno al partido europeo Alianza por la Paz y la Libertad (sic). En Grecia, Amanecer Dorado mantiene un enfoque racista del nacionalismo, la ideología que afirma que mejor lo define. Descaradamente admirador del dictador Ioannis Metaxas, el partido es la tercera fuerza en el Parlamento griego desde el 2015 (7% de los votos) y, aunque no ha podido acceder al Gobierno, no se sitúa lejos de determinadas esferas de poder, con vínculos entre miembros del partido y de la policía griega. Decenas de militantes, por lo menos, han participado en actos violentos contra inmigrantes y activistas de izquierdas. Un diputado del partido, este junio, llegó a pedir que el Ejército diera un golpe de Estado contra el primer ministro, Alexis Tsipras.

En Eslovaquia, el Partido Popular Nuestra Eslovaquia (L’SNS) “se reivindica heredero del régimen fascista de Jozef Tiso de la Segunda Guerra Mundial”, explica Hilari Ruiz de Gauna, periodista catalán que trabaja en la radio pública eslovaca, “y se mueve identitariamente en dos grandes ejes: el antihungarismo y el antigitanismo”. A los gitanos, el partido no tiene ningún tipo de escrúpulo de calificarlos de “parásitos”. Con un cierto predicamento entre los jóvenes de regiones desfavorecidas (“un voto de protesta, sobre todo: no diría que sus votantes sean gente convencidamente nacionalista que se han estudiado mucho la historia del país”), el partido recogió el 8% de los votos en las elecciones de 2016 y ha llegado a gobernar una de las ocho regiones del país, en la persona de su líder, Marian Kotleba, procesado ahora en los tribunales eslovacos por “promover el nazismo”: el político entregó un cheque a una asociación benéfica por valor exactamente de 1.488 euros y el partido exhibió el talón en Internet. La cifra 14/88 está asociada al supremacismo blanco de corte neonazi. Por lo demás, “no ha trascendido que Kotleba tomara medidas extremistas contra ningún sector social”, continúa Ruiz de Gauna, “pero es conocido que ha encontrado trabajo para media familia suya en la Administración”.

Los partidos de extrema derecha han conseguido en los últimos años sus mejores resultados electorales en el Viejo Continente

Otros ejemplos de la derecha europea más dura son Jobbik en Hungría, “una formación con opiniones fuertemente antisemitas y antigitanas y con vínculos paramilitares“, explica Siklossy, así como el BNP en el Reino Unido, el también ya mencionado NDP alemán o el ultranacionalista y supremacista partido búlgaro Ataka. También deben mencionarse organizaciones no constituidas como partido político pero con una cierta capacidad de influencia: en Polonia, por ejemplo, el Campo Nacional Radical (ONR) se ve a sí mismo heredero de la extrema derecha antisemita y es capaz de coordinarse con otros grupos de extrema derecha para sacar decenas de miles de manifestantes en las calles de Varsovia en manifestaciones nacionalistas. Específicamente dentro de la Alianza por la Paz y la Libertad militan también la italiana neofascista Forza Nuova y la española Democracia Nacional, estas dos últimas sin éxitos electorales excepto un efímero eurodiputado conseguido por el partido italiano en 2004. En el caso italiano, Steven Forti es muy claro: “Todo el magma neofascista, tanto el heredero del MSI posfascista de después de la guerra como otros, ha sido determinante para que Salvini ganara peso en el sur del país”.

Los partidos populistas de la derecha radical “son mucho más peligrosos que estos partidos explícitamente racistas o neonazis, dado que éstos están mayoritariamente marginalizados y quedan fuera de la corriente principal política”, valora Wodak. Siklossy añade, en la misma línea: “En Polonia, no existe un partido tradicional fuerte de extrema derecha. Pero el PiS, de manera similar a Fidesz en Hungría, ha estado erosionando la democracia y el Estado de derecho a lo largo de los últimos años, y promoviendo narrativas xenófobas “.

El presidente ruso, Vladímir Putin, y el president húngaro, Viktor Orbán, en 2015 / KREMLIN

10. La sombra de Rusia y la geopolítica mundial

Es indisimulada la admiración que Vladimir Putin levanta en buena parte de la derecha radical europea. En ella, confluyen simpatías, intereses y contactos personales. Orbán se complace de mostrar la buena sintonía que mantiene con el presidente ruso, y discute con él acuerdos financieros, de cooperación nuclear y de abastecimiento de gas —hay que decir que en esto último no es tan diferente de lo que hacen muchos otros países europeos. Palabra de Putin: “Hungría es uno de nuestros aliados clave en Europa”. En la vecina Eslovaquia, los dos partidos más escorados a la derecha “son favorables a Rusia, en este caso también por su paneslavismo”, explica Ruiz de Gauna. Andrej Danko, presidente del Parlamento eslovaco y del partido SNS, “se pasea por la Duma como si fuera su casa. Y Kotleba todavía la admira más. Ellos lo ven como el líder de un Gobierno fuerte, perfecto”.

También en Austria se prodigan últimamente los contactos con el Kremlin y las muestras de comprensión hacia Rusia. El vicecanciller Heinz-Christian Strache ha pedido que las sanciones de la UE a Rusia acaben “cuanto antes”. El partido de Strache mantiene un acuerdo formal de colaboración con el de Putin, Rusia Unida. No es el único: la Liga Norte también, y Gianluca Savoini es reconocido como uno de sus grandes artífices. Dice el historiador Steven Forti: “Savoini es el hombre de Putin en la corte de Salvini. Hombre de la Liga de siempre, es el impulsor de una asociación Lombardía-Rusia, teóricamente de tipo cultural y de promoción de intercambios y de turismo, que se ha visto replicada en otros territorios como el Piamonte. En la práctica, Savoini es un hombre muy bien relacionado con el Kremlin. Las entidades ‘de amistad’ con Rusia noritalianas podrían ser tapaderas de financiación”.

La influencia de Rusia en las derechas europeas es irregular y se nota más en paises como Hungría

¿Todos estos vínculos pueden anticipar un cambio de orientación de la política exterior europea hacia una aproximación a Rusia si tras las elecciones europeas el bloque de derecha radical y de extrema derecha incrementa su peso? Los expertos consultados son escépticos. “Así como me parece claro que, en política exterior, estos partidos han influido en el tratamiento [restrictivo] de la cuestión migratoria, en las relaciones de la UE con Rusia veo un equilibrio más estable. Dudo mucho que sean capaces de hacer girar Bruselas hacia posiciones más cercanas a Moscú”, valora Castellà. Jungar recuerda que no en todas partes de Europa se da este fenómeno: “En general, los partidos nórdicos se oponen a Putin y a Rusia“, y sólo es posible encontrar admiradores del presidente ruso “entre los partidos más extremistas”. Por ejemplo, la figura emergente de la derecha radical escandinava, Jimmy Åkesson (Demócratas Suecos), califica a Putin de “dictador” y recuerda que Rusia ha sido “la amenaza militar” sobre Suecia durante casi dos siglos seguidos. Aunque lo considera “muy especulativo”, Wodak no excluye que pueda producirse “un cambio en las relaciones entre la UE y Rusia” si en el próximo Parlamento Europeo “se sientan más diputados de la derecha radical y de la extrema derecha”, especialmente si “hay comisarios europeos de estos partidos”.

11. Las relaciones internacionales y europeas de Vox

Todo el mundo habla de Vox. Como mínimo, aquí. El partido de la extrema derecha más exitoso desde Blas Piñar hasta hace poco era un gran desconocido en el exterior. Pero poco a poco ha ido tejiendo alianzas. En la primavera de 2017, en un encuentro en Cádiz de la ENF para hablar sobre la política migratoria en la frontera sur, Guillermo Fernández explica que coincidió con “dirigentes de la Liga y del Vlaams Belang que despotricaban de Vox, calificándolo de amateur y poco serio”. En el último año todo ha cambiado. Vox ha pasado a ser un aliado codiciado. Después de sufrir algunos desdenes y de enfrentamientos públicos en las redes por el apoyo nominal de Salvini a la independencia de Cataluña, Vox vuelve a acercarse a los que pueden ser sus socios europeos. Lo hace exigiendo a flamencos e italianos que abandonen cualquier postulado que “vaya contra la unidad de España”.

Así pues, el bloque Le Pen-Liga festeja a Vox insistentemente y sus futuros eurodiputados podrían ir a parar al grupo ENF en Bruselas. Los Conservadores y Reformistas donde hasta ahora estaban los ‘tories’ británicos también están interesados, en los de Abascal, según explica Guillermo Fernández. Para él, si hay una figura clave que explica muy bien un cierto criterio a la hora de trabajar internacionalmente por parte de Vox es el fichaje de Rafael Bardají, ideólogo neoconservador que fue asesor de José María Aznar y que dirigió las relaciones internacionales de la FAES. Bardají tiene, según Fernández, “en su móvil la mejor agenda de contactos con la derecha americana”. Sobre todo vía Nigel Farage, la puerta de Trump y de Bannon en Europa. Por otra parte, Steve Bannon también está apoyando a la formación española: “Detrás del acto de Vistalegre había tres personas pagadas por Bannon haciendo asesoramiento para que el acto fuera un éxito”.

Deixa el teu comentari