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Jaume Asens “Pablo Iglesias es quien ha hecho la mejor lectura antirepresiva de la situación desde fuera de Cataluña”

Jaume Asens, teniente de alcaldía de Derechos Civiles del Ayuntamiento de Barcelona, es una figura relevante del universo de los Comunes. Abogado de todas las causas perdidas desde hace 20 años. Amigo de Pablo Iglesias y de Ada Colau desde la primera militancia. Soberanista y, al mismo tiempo, firmante del manifiesto fundacional de Podemos y partidario de la alianza de los soberanistas con el PSOE. En esta entrevista nos adentramos en su trayectoria y personalidad, huyendo de los ‘trending topics’ del momento. Estamos a las puertas de un nuevo ciclo electoral y Asens se encuentra en un momento personal de reflexión, que coincide con el replanteo interno de los Comunes por la renuncia de Xavi Domènech.

25/02/2019 | 14:37

Hablemos de los primeros años de Jaume Asens. Tu tienes orígenes mallorquines -hace poco presentaste el libro del periodista de CRÍTIC Toni Trobat, articulista balear de referencia-, pero tu marco siempre ha sido Barcelona. ¿Cómo es tu familia?

Vengo de una familia de clase media. Mi madre es una persona empática, flexible, atravesada por el mundo luminoso mediterráneo. Ella es de Manacor y una parte de mi familia vive en Mallorca, como mi hermano. Viene de una familia de agricultores, en el marco de una tradición más conservadora. Mis raíces mallorquinas han hecho que durante mucho tiempo me haya sentido más conectado emocionalmente a la realidad mallorquina que a la catalana, a la esencia balear y a sus paisajes. Como hace Toni Trobat en su libro, siento que he construido mi catalanidad desde allí, también desde el universo mediterráneo de dos de mis filósofos favoritos, el Albert Camus menorquín y el Walter Benjamin ibicenco. La madre de Camus era originaria de Menorca -los historiadores discuten si hablaba catalán o no- y Benjamin vivió en Ibiza durante los años treinta. Mi padre, en cambio, era economista, un liberal agnóstico y pragmático, una persona de ciencias. Su padre había estado en la batalla del Ebro en el bando republicano, y su madre, que aún vive y tiene 101 años, vino de Argentina. No era una persona políticamente destacada o muy comprometida, aunque lo detuvieron durante la ‘Caputxinada’ [asalto de la policía al convento de los Padres Capuchinos de Sarrià -Barcelona-, en 1966, para impedir la constitución del sindicato democrático de estudiantes]. Era un liberal y precisamente por eso, a pesar de que mis ideas no eran las suyas, siempre aceptó mi compromiso político en la universidad y en el activismo.

Estudiaste en la escuela Decroly, de Sant Gervasi (Barcelona), y luego en el Sant Gregori, de Sarrià (Barcelona): dos escuelas que aplican modelos pedagógicos avanzados. ¿Qué representó para ti formarte en este modelo educativo?

Tanto la Decroly como el Sant Gregori, fundada por Jordi Galí, son dos referentes de la escuela moderna, porque rompen viejos moldes y dogmas pedagógicos. Decroly era un pedagogo francés que se inspiraba en Rousseau y decía que la escuela debía servir a los niños y no los niños a la escuela. Era muy amigo de Ferrer Guardia, precursor de la escuela moderna catalana. Esto se traducía en la voluntad de crear ciudadanos activos y comprometidos. El sistema de la escuela era muy peculiar: los niños formábamos parte de tres equipos -‘isards’ (rebecos), delfines y halcones- y éramos como partidos políticos. Había elecciones cada tres meses, y el equipo que ganaba era el que gobernaba la escuela. El gobierno iba con bata azul y los otros con un escudo en la bata que decía si éramos delfines, rebecos o halcones -yo era delfín. Nos reuníamos en una asamblea general con todos los alumnos donde hablábamos de lo que funcionaba o no funcionaba. Los niños hacían muchos de los trabajos del centro: estaban en la cocina, en la recepción cogiendo el teléfono, arreglando el jardín… De todo ello, extraigo un pensamiento crítico, antiautoritario, de la responsabilidad con la cosa común, así como la reflexión sobre la importancia de la educación como una de las funciones principales de la política.

Foto: Ivan Giménez

“La filosofía es un antídoto contra el dogmatismo: con ella aprendes a mirar a través del otro”

Estudias derecho y filosofía a la vez. ¿De qué te ha servido la filosofía en tu vida de activista, de abogado y de político?

De la filosofía aprendí a dudar y a empatizar con el otro, porque con la filosofía entiendes el mundo a partir de los ojos de los pensadores que trabajas en cada momento, y eso te da una flexibilidad que es el antídoto contra el dogmatismo y el fanatismo. El derecho, en cambio, representa la importancia de actuar, aunque sea sin tener certezas absolutas y con verdades provisionales. Son dos mundos que se complementan muy bien. Es en la facultad donde se produce mi despertar político. Antes tenía inquietudes, pero es en la filosofía donde me involucro con la asamblea de la Facultad. Allí conozco a Jordi Bonet, a Ada Colau, y a una serie de gente que empieza a pensar como intervenir en la universidad desde fuera del sindicalismo tradicional. Hay que decir, sin embargo, que yo conozco los dos mundos, porque también milito en el Bloc d’Estudiants Independentistes (BEI) en la Facultad de Derecho. Mi vocación era la filosofía, pero ciertamente el derecho era una carrera más práctica, y la pulsión activista me acabó encaminando hacia ella.

Tus referentes filosóficos básicos, según explicas, son Sartre y Camus. En esto, de hecho, coincides con Ada Colau. ¿Qué extraes, de estos dos pensadores?

Es verdad que esto lo tenemos en común con Ada. En aquel entonces, ella había leído todo Sartre y Camus y yo prácticamente también, y esta pasión por los existencialistas nos unió mucho en aquella época. La discusión entre Camus y Sartre durante los años sesenta era el debate entre dos grandes formas de estar en el mundo. Sartre está muy atravesado por la idea de la política de bloques de su época, y nos dice que hay que elegir: o bloque soviético o bloque capitalista. Forma parte del Partido Comunista: es el Sartre que defiende el compromiso militante, que cree que la imparcialidad es imposible y la neutralidad es una forma de intervenir. Camus en cambio, impugna en gran medida esta idea y se centra en la denuncia de todo aquello que encadena a la libertad humana. El hombre camusiano no es un revolucionario, sino un rebelde que cuestiona las revoluciones porque dice que acaban traicionando sus orígenes y terminan reforzando el poder tradicional. Es quien advierte de los riesgos de los ideales revolucionarios ante el mal estalinista.

La filosofía, vista desde fuera, parece a veces un mundo muy etéreo. ¿Puede aplicarse al contexto del derecho o de la política más práctica?

¡Sí, por supuesto! Por ejemplo, toda persona que quiera hacer política debería leer el libro de Max Weber donde plantea el dilema entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Weber dice que la política se debe hacer con la cabeza, no con otras partes del cuerpo o del alma, aunque hace falta la pasión, porque no hay auténtica acción política que no se alimente de la pasión. Él plantea dos peligros para cualquiera que haga política: el primero, llevar a cabo la acción política sin valores, lo que puede llevar a la desorientación. El segundo, que los actores políticos, cegados por sus convicciones, se conviertan en fanáticos defensores de sus ideales. Es lo que llama la tiranía de los valores. En el primer caso, la responsabilidad se convierte en un fin en sí mismo; en el segundo caso, lo hacen los valores. Weber acaba defendiendo que en política es más importante la ética de la responsabilidad que la de la convicción: dejarte llevar por los ideales desentendiéndose de las consecuencias de tus actos es muy peligroso.

Foto: Ivan Giménez

“Puedes poner una bomba en un cajero para luchar contra el capitalismo, pero los efectos de tu acción pueden ser contrarios a lo que buscas”

Esto que comentas suena, en cierto modo, una referencia al proceso político independentista…

Cuando ejercí de abogado, defendía a muchos militantes -por ejemplo, muchos anarquistas- con quien me sentía muy comprometido emocionalmente. Pero, al mismo tiempo, veía que defendían sus ideales con unos métodos que, al final, acababan consiguiendo justo lo contrario de lo que se proponían. Era un debate que mantenía con ellos desde el máximo respeto, porque a menudo era gente que estaba en la cárcel por sus ideales. Pero los ideales tienen esta propiedad extraña: cuando se les persigue con mucha intensidad y no piensas en los medios ni haces análisis de cuál es la correlación de fuerzas en la que te mueves, puedes acabar consiguiendo justo lo contrario de lo que te propones. Hannah Arendt, otra filósofa que me ha marcado mucho, explica que toda acción humana desencadena consecuencias que son casi infinitas y pueden tener efectos perversos. Tú puedes poner una bomba en un cajero automático para luchar contra el capitalismo, pero esto puede generar consecuencias contrarias a las que buscas. Los anarquistas a los que yo defendía creían que luchaban contra el Estado guiados por sus valores; pero, como no hacían el análisis de la correlación de fuerzas, no se daban cuenta que tal vez sus acciones acababan reforzando el Estado. El Estado necesita enemigos para justificarse a sí mismo, y, si no, se los inventa. Todo esto me suena en el debate sobre ‘el procés’ y en el activismo social y político. Aplicar la ética de la responsabilidad significa asumir contradicciones y pensar cómo afectan tus acciones en el mundo.

No solamente filosofía y derecho: también empezaste la carrera de ciencias políticas.

Una de las ramas que más me gustaban era la filosofía política, y por eso, después estudié ciencias políticas y sociales en la Pompeu Fabra, donde conozco a uno de mis mejores amigos, Toni Comín, y empiezo una tesis sobre el derecho a la protesta con Fernández Buey, uno de los discípulos de Manuel Sacristán que más me influenciaron en aquella época. Una tesis que abandono porque mi pulsión sartriana se impone sobre mi alma más académica y acabo totalmente volcado en mi trabajo de abogado, sacando activistas de las comisarias en un momento convulso como el de los años noventa en Barcelona. Recuerdo lo que quizás fue un punto de inflexión, el caso de Jorge Bolancel, un defendido mio de Cornellà de Llobregat que se suicidó el mismo día en que quedó en libertad tras denunciar malos tratos en la comisaría de la Policía Nacional.

Alguna vez has dicho que aquellos años noventa, con la eclosión de los movimientos sociales alternativos, fueron nuestro Mayo del 68.

Es un tiempo convulso, un momento iniciático y partisano, un pequeño Mayo del 68 -quizás porque en España, tras 40 años de dictadura, todo llega más tarde. Es una época en que toda una generación nos sentimos comprometidos. Venimos de la desconfianza con la vieja izquierda y con las organizaciones burocráticas y jerarquizadas. Nos habían marcado el zapatismo, las movilizaciones antiglobalización de Seattle y de Génova… Somos una generación que sentimos en nuestros hombros el peso de las derrotas acumuladas. Creíamos que no era el momento de los grandes relatos y de las grandes ilusiones, sino que había que acumular fuerzas, trabajar desde los contrapoderes y los movimientos sociales.

Foto: Ivan Giménez

“Soy poco conspirativo y nunca he estado muy preocupado por las cloacas del Estado. Quizás soy demasiado confiado”

En aquel tiempo, el ámbito antirepresivo tenía mucho peso. Tú aquí tuviste un rol fundamental, ya fuera defendiendo activistas o impulsando procesos judiciales como la querella contra Julia García-Valdecasas, entonces delegada del Gobierno del PP de Aznar en Cataluña, por los casos de represión policial que había protagonizado. ¿Como era tu vida durante esos años?

Valdecasas era la principal adversaria política de los movimientos sociales de la época. Mi vida transcurría entre comisarías y prisiones, y también en la calle, porqué los derechos se defienden en la calle junto a la gente que sufre, que es despedida del trabajo, desalojada de su casa o golpeada por la policía. Conocí mucha de la gente con la que después he hecho política, empezando por Pablo Iglesias, Íñigo Errejón -que siempre cuenta que, cuando venía a Barcelona a alguna manifestación, llevaba mi teléfono de abogado dibujado con bolígrafo en la mano-, Gemma Ubasart, Jesús Rodríguez de la ‘Directa’, David Fernández…

Tú has sido el abogado de muchos de ellos. No sería fácil…

Tanto a Jesús como a David les he llevado yo en alguna ocasión, sí. A David, como acusación, y a Jesús, porque ha sido acusado. Y también Gala Pin [ahora concejal de Barcelona en Comú en el Ayuntamiento de Barcelona]… Con David Fernàndez fue el único caso en que conseguimos condenar al inspector Arasa por la actuación policial de la plaza de Cataluña durante el 15-M.

Los noventa fueron un momento de cloaca policial. Un testigo de aquella época es el libro ‘Crónicas del 6’, de David Fernández, donde explica los métodos oscuros de la Brigada de Información de la Policía Nacional. ¿Tú también las sufriste, estas cloacas?

Yo he sido poco conspirativo, quizá porque he sido demasiado confiado y nunca he estado excesivamente preocupado por ello. En algunos momentos sentía que era el punto de mira de la policía, pero nunca he sufrido mucho por mi integridad física. Quizás en algún momento puntual, alguna amenaza, alguna visita extraña en el despacho… Cosas de estas existieron, pero en mi caso concreto no me hicieron sufrir mucho.

Pero en aquellos años llevabas todo tipo de clientes, no sólo políticos. Por ejemplo, también fuiste abogado de ‘El Vaquilla’. ¿Como lo viviste?

El Vaquilla era uno de los últimos supervivientes de la generación ‘quinqui’ de finales de los setenta y principios de los ochenta, una generación muy desarraigada que sale de las barriadas periféricas de extrarradio obrero, víctimas de la heroína, sin trabajo… Gente que son la cara invisible de una España que en aquellos momentos accedía al bienestar, la España de Almodóvar y de la ‘movida’, que quería dar una imagen joven y desconectada del franquismo. Hacia los años 2000, que es cuando lo conocí, el Vaquilla era un testimonio vivo de aquella generación. Tengo muchos recuerdos de aquella época. Tengo el recuerdo de cuando murió, de ir al funeral, donde muchos de sus familiares habían venido esposados a la ceremonia, porque los habían llevado directamente de la cárcel… Él era un personaje muy místico. Fue la abogada Gemma Calvet quien me lo pasó como cliente, porque el Vaquilla era muy amigo del periodista Huertas Claveria -que le había presentado el libro- y Huertas era amigo de Gemma. Para mí fue un orgullo defenderlo en su última etapa. El Vaquilla pasó toda la vida en prisión sin haber cometido un delito de sangre. Pienso en ello muy a menudo ahora que hemos abierto la Modelo, porque él pasó en esta cárcel muchos años. También, cuando voy a la Modelo, pienso mucho en Xirinacs.

Foto: Ivan Giménez

“La PAH, cuando ocupa un edificio vacío, en realidad está defendiendo la Constitución”

También fuiste abogado de Lluís Maria Xirinacs pocos años antes de su muerte, a raíz de su condena por enaltecimiento del terrorismo por haberse declarado ‘amigo de ETA’ un Once de Septiembre en el Fossar de les Moreres [lugar de Barcelona donde la izquierda independentista celebra sus actos durant la Diada Nacional]

A Xirinacs lo había conocido años antes, en la Facultad de Filosofía. Después le perdí la pista y, cuando lo volví a ver, fue detrás de unos barrotes. Era el año 2005 y él tenía más de 70 años. Recuerdo cuando me explicó que había ido a renovarse el DNI a una comisaría y, cuando el policía que tenía delante introdujo sus datos, no se podía creer que aquel hombre afable de barba blanca tenía una orden de detención pendiente de la Audiencia Nacional para cumplir dos años de prisión. Le obligaron a quedarse a dormir en la comisaría de Via Laietana, el siniestro edificio famoso por las actuaciones de los hermanos Creix durante el franquismo. Después lo llevaron a los juzgados; lo recuerdo mucho porque ese día se concentraron un centenar de personas: gente de la Fundación Randa pero también activistas como Jesús Rodríguez o David Fernández, que son un hilo de conexión con todo lo que él representaba. Xirinacs no quiso declarar, y tuve que bajar a los calabozos, en el sótano, para comunicarle la orden de ingreso en prisión por un delito de opinión a raíz de un discurso que había hecho dos años atrás. Para un abogado, decirle a la cara a su cliente que pierde la libertad y que no sabes cuando la podrá recuperar es una de las cosas más duras que hay. Me sorprendió, porque normalmente la gente lo vive con angustia, nervios y a veces con llantos, pero no era su caso. Él sonreía y lo que quería era que lo llevaran a la Modelo, porque decía que le llevaba muy buenos recuerdos. Era una figura que en aquel momento había caído en desgracia, ya no generaba los consensos de la lucha antifranquista -hay que recordar que fue el senador independiente más votado en la primeras elecciones de 1977-, pero luego quedó más solo y se decepcionó de la política institucional. Y es aquel Xirinacs más activista, incómodo, que denuncia la Transición y lo que él llama la traición de los líderes, lo que conecta generacionalmente con los nuevos movimientos sociales. Si lo miramos con perspectiva, Xirinacs fue, en palabras de Walter Benjamin, un avisador de los fuegos. Vio claro lo que tenía que suceder.

El Vaquilla, Xirinacs, los ‘okupas’ de los años noventa, el movimiento antiglobalizador… ¿Hay algún hilo conductor que una todas estas causas que has defendido?

Creo que la tarea de un abogado que entienda el derecho como yo lo entiendo debe ser intentar empoderar a los movimientos sociales para que construyan sus luchas también en términos jurídicos. No se puede regalar el derecho al adversario. A menudo desde la izquierda radical se dice que las constituciones y los tratados son papel mojado, pero sólo lo son si las víctimas del poder no se empoderan y lo utilizan como un argumento de denuncia. La PAH, cuando ocupa un edificio vacío, en realidad está defendiendo la Constitución. Es un acto de ilegalidad que apela a una legalidad superior. Hay que ser conscientes de que la legalidad de hoy en día no es la franquista: es más garantista, sale de la lucha antifascista de la II Guerra Mundial, tiene contrapoderes y límites. Y esta legalidad, que es exigente y tiene controles de todo tipo, es un legado civilizatorio al que no podemos renunciar.

“No hay poder bueno o malo en función de quien lo ejerce. Todo poder es intrínsecamente malo, aunque lo ejerzan los nuestros”

La visión marxista clásica del derecho, sin embargo, dice que es el instrumento de la clase dominante para ejercer el poder y legitimarse. ¿Tú no lo ves así?

Hay una cierta cultura del marxismo que desprecia al derecho y también al Estado, y desconoce que en realidad necesitas un Estado para garantizar los derechos. Yo milito en el pesimismo antropológico e institucional. Los seres humanos y el poder son corruptibles y potencialmente malos si no se les ponen límites. Necesitamos el derecho para proteger a los más débiles de los más fuertes, entre los cuales el Estado. El poder no se autolimita a sí mismo de manera espontánea. Es un espejismo creer en el advenimiento de un poder bueno cuando sea conquistado y ejercido por los “nuestros” o en nombre de los oprimidos. Esta visión marxista ha creado muchos malentendidos en la izquierda. De hecho, este es un punto de discrepancia con los concejales de la CUP de Barcelona. Ellos no quisieron participar en los debates sobre la creación de mecanismos de control del poder municipal como lo es un código ético de obligado cumplimiento por los altos funcionarios y políticos. Y votaron en contra, aunque algunos de los que nos habían asesorado eran Itziar González, Simona Levi o el mismo David Fernández. Sé que esto tiene que ver con la CUP Barcelona solamente. De hecho, la CUP en el Parlamento votó a favor de un código descafeinado y nada ambicioso de Junts pel Sí, que nosotros criticamos. Esta es una de las paradojas de los anticapitalistas. En este mandato, la CUP ha sido más implacable con nosotros en Barcelona que con una derecha de pasado corrupto en el Parlament. Otro ejemplo fue una vez que discutimos sobre la separación de poderes. Ellos estaban en contra y lo consideran un invento burgués. Yo hice un artículo, sobre aquello. Para mí, el problema no es la separación de poderes, sino su mal funcionamiento. Las ruedas son necesarias para hacer funcionar el coche: el problema es que están pinchadas! Esta es la lección de Montesquieu. No hay poder bueno o malo en función de quien la ejerce. Todo poder es intrínsecamente malo. Por ello, es sano desconfiar en cierta medida siempre de él. Y es sano recordar lo que decía Xirinacs sobre que hay que luchar contra los fuertes mientras se sea débil y luchar contra uno mismo cuando se sea fuerte.

En 2012 es cuando empieza a fraguarse tu paso a la política institucional. Fuiste uno de los impulsores del manifiesto ‘Por una radicalización de la democracia’, surgido tras las elecciones al Parlament del 25 de noviembre de 2012. En ese documento, una serie de personas de los movimientos sociales y de la izquierda llaman a dar un paso más allá del activismo de calle. Este manifiesto es considerado el embrión de los Comunes actuales…

Este espacio representaba un bloque social muy amplio para recoger el espíritu del 15-M y de la gente movilizada. Había personas como Pau Llonch, Itziar González o David Fernández, que abandonó el espacio porque fue elegido diputado de la CUP y fue sustituido por Anna Gabriel. Era una época en que empezábamos a pensar en cómo organizarnos y qué hacer en el ámbito institucional. También había movimientos en la izquierda institucional, sobre todo en Iniciativa [Iniciativa per Catalunya Verds, formación heredera del PSUC]. Poco después, ICV impulsó las jornadas “Ahora es mañana”, que supusieron una apertura a diferencia de lo que ocurría con Izquierda Unida, que no se renovó en cuanto a discursos, cúpulas y estilos. En este contexto aparece también ‘Procés Constituent’, que es un espacio muy transversal y moviliza a mucha gente de los ochenta y de los noventa, gente del PSUC desencantada. A diferencia de la ANC [Assemblea Nacional Catalana, entidad que tiene como objetivo la independencia de Cataluña], que es un frente nacional, ‘Procés Constituent’ quiere ser un frente más popular, donde el eje social no quede supeditado. Era una llamada a hacer un bloque desde Podemos hasta la CUP pasando por ICV, EUiA… Yo defendía la vía de Podemos en las elecciones europeas de 2014 y creía que debía convencer a la CUP para que lo apoyara. En algún momento pareció que era posible.

Foto: Ivan Giménez

“Mucha gente de nuestro espacio ha superado los prejuicios hacia ICV, porque hemos adquirido una mirada más compleja sobre la institución”

Pero la confluencia entre los Comunes y la CUP no fue posible, ni en Europa ni en Barcelona, y aún menos en el ámbito catalán. Seguramente no se han analizado suficientemente los motivos, ni a un lado ni a otro. Quizá todo nace de un análisis diferenciado sobre lo que fue el 15-M: desde algunos espacios de la CUP se era muy crítico con este movimiento. Después, está la cuestión nacional. ¿Has hecho un análisis crítico y autocrítico de este desacuerdo?

Es cierto que sectores de la CUP se miraron el 15-M con recelo. También lo hicieron sectores de la extrema izquierda que lo miraban con superioridad moral. Pero la CUP tuvo el acierto de elegir a David Fernández como candidato para las autonómicas del 2012, y él sí que representa el espíritu del 15-M. Mucha gente se sintió ilusionada por lo que era la CUP entonces. David no venía de la izquierda independentista más estricta: había, de hecho, quien desde este mundo se miraba con desagrado y recelo su figura. Pero su paso hizo que mucha gente de nuestra área se sintiera interpelada. Yo en ese momento me planteaba mucho qué hacer. La CUP me gusta mucho; pero, cuando iba a sus llamadas, los conocía a casi todos, me sentía como en casa, y precisamente eso me incomodaba, porque creía que tenía que salir de mi área de confort político y de los espacios más endogámicos para tejer frentes amplios de ruptura. En cambio, cuando iba a un círculo de Podemos en la periferia o en una asamblea de ‘Procés Constituent’, encontraba a gente que no había visto nunca. Sentía que tenía que hacer política con aquella gente y no con los de siempre. Esto define mucho nuestro paso a la institución. La PAH y el 15-M son espacios de mucha mixtura social donde no hay pureza ni grandes proclamas revolucionarias. Y, para mí, el 1 de octubre no se entiende sin la PAH, que es quien primero colocó la desobediencia en el centro del debate. Hizo que la desobediencia fuera considerada legítima por sectores sociales que no eran activistas. Esto tiene mucho mérito. La conclusión que extraemos, de aquel proceso, impregna en gran medida toda la política que hacemos posteriormente: hay que trabajar para cambiar la vida de la gente con propuestas reales. La radicalidad debe medirse con los resultados de la acción política y no por quien dice consignas más encendidas.

¿Esto ha implicado, también, un acercamiento a las posiciones de Iniciativa?

Para los que no habíamos hecho nunca política institucional, entrar en el Ayuntamiento fue una experiencia fuerte. Hemos conseguido llegar donde estamos porque nos hemos rodeado de buenos técnicos y también por la experiencia institucional de la gente de ICV, como, por ejemplo, Janet Sanz, que ya hacía cuatro años que estaba en el Ayuntamiento. Esto ha hecho que mucha gente de nuestro espacio haya superado los prejuicios hacia ICV, porque también hemos adquirido una mirada más compleja de la realidad institucional y nos hemos dado cuenta de unos límites que desde fuera no se ven tanto. Gobernar la máquina institucional no es fácil, tiene sus propios códigos e inercias, y hacerlo con una correlación de fuerzas desfavorable es aún más complicado.

Pero entre vosotros y la vieja izquierda siempre habían existido grandes diferencias. Los movimientos sociales de los años noventa y 2000 eran muy críticos con la izquierda institucional del PSC y de ICV.

Vimos una sintonía con ICV porque en un momento concreto leímos la realidad de la misma manera. Éramos muy críticos con los partidos establecidos porque habían paralizado al poder de la calle e idealizado la institución, y se habían quedado enjaulados. Pero la nueva generación en ICV se estaba cuestionando a sí misma como nosotros también lo estábamos haciendo. Era el tiempo de Joan Herrera y de Dolors Camats, una nueva generación que sustituyó a Joan Saura y a Jordi Guillot. En Barcelona estaba Ricard Gomà, que defendía la confluencia con los movimientos sociales. Incluso estaban dispuestos a renunciar a su sigla. Nosotros creíamos que resistir está bien, pero que no bastaba con entrar en las instituciones, sino que había que ganar. Hacía una década que resistíamos y en un momento de descomposición de la vieja socialdemocracia teníamos que arriesgar, porque, si no, el vacío que dejaba la izquierda clásica lo llenaría la extrema derecha.

Foto: Ivan Giménez

“Toda expectativa de futuro implica conservar el perímetro dibujado en la moción de censura que hizo presidente a Sánchez”

Ahora tenemos a Vox en el Parlamento andaluz y parece que seguramente también en el Congreso. ¿Cómo hemos de enfocar la lucha contra la extrema derecha?

Gramsci decía que el fascismo es el resultado de una revolución fracasada. A la extrema derecha, no se la gana resistiendo e invocando el antifascismo. Se la gana con conquistas prácticas. Las ciudades del cambio nos marcan el camino. Vox fracasó en Cádiz, donde gobierna un alcalde de Podemos. El mejor antídoto contra la extrema derecha es mantener y hacer avanzar las conquistas que hemos ganado contra las políticas de la austeridad, el miedo o el aislamiento. Ahora más que nunca, es necesario reforzar el tejido y la musculatura social de los barrios. Llevar el espíritu de la PAH a todas partes: que la gente viva sus problemas de manera colectiva. Hay que crear un sentido de comunidad en contextos donde no hay bagajes políticos previos, y es lo que intentamos haciendo políticas comunitarias desde el Ayuntamiento de Barcelona: centros, bibliotecas o centros cívicos son equipamientos del común, enfocados a estimular la autoorganización social. Desde la institución debemos acompañar a estos procesos de organización desde abajo. Si seguimos así, en Barcelona la extrema derecha no pasará.

Pedro Sánchez gobierna España a raíz de una moción de censura que apoyaron Podemos y los partidos soberanistas catalanes y vascos. Una alianza precaria, que no se ha consolidado, y que ahora el ascenso de Vox parece hacer aún más difícil. ¿Quién es el principal responsable de que este espacio no cuaje?

Pedro Sánchez se equivoca porque lee equivocadamente los resultados de Andalucía. Ante la victoria de la derecha y la aparición de la extrema derecha, en vez de defender políticas valientes en dirección contraria, intenta entrar en su campo de juego y competir con ellos. Lo vimos con el discurso en el Congreso de la semana pasada. Pero la gente tiende a elegir el original y no la copia. Es uno de los grandes errores históricos de la socialdemocracia. Thatcher decía que su gran éxito era Tony Blair. Tal vez la mayor victoria de Vox es el nuevo discurso de Pedro Sánchez. Aquel Sánchez de la investidura, de mano extendida, que en las primarias del PSOE defendía acercarse a Podemos y a la España plurinacional, parece haberse desvanecido y ahora hemos visto un Sánchez más mimetizado con Susana Díaz.

¿La alianza del PSOE con la izquierda y las periferias, pues, no tiene futuro?

El contexto es cambiante. Ahora todo apunta a un cierto pesimismo porque la situación parece bloqueada. Hay opciones independentistas muy enrocadas en sus posiciones, pero quien tiene que mover ficha en primer término, que es el PSOE, no lo está haciendo. No está haciendo gestos significativos para destensar la situación y afrontar la agenda democrática pendiente. Sólo ha afrontado la agenda social con los presupuestos, pero toda expectativa de futuro implica conservar el perímetro dibujado en la moción de censura, que nos recuerda a los frentes populares de los años treinta. Debemos conservar este perímetro, y conservar también las ciudades gobernadas por las candidaturas del cambio. Esta es la manera de frenar el ascenso de la extrema derecha.

Foto: Ivan Giménez

“Me he planteado dimitir muchas veces durante este mandato: ha habido momentos duros”

¿Cómo enfocas tu futuro político?

Muchos de los que veníamos de los movimientos sociales y hemos dado el paso a la política en los últimos tiempos hemos sufrido un desgaste importante. Ada Colau ha dicho que ella misma se había planteado dimitir varias veces. Yo también me lo he planteado en muchas ocasiones en este mandato: ha habido momentos duros.

¿En qué momentos?

Por ejemplo, con la manipulación que se hizo de la llamada que hice a un despacho de abogados que trabajaba para el Ayuntamiento sobre la decisión de pedir prisión para un ‘mantero’. Se creó una gran tormenta, que viví mal; fue un momento de mucha tensión. Ahora que estamos llegando al final del mandato, todos estamos midiendo las fuerzas y viendo si somos capaces de seguir. ¿Yo donde me veo? Hay días que me veo fuera, otros que me veo dentro… Tuve un momento de duda cuando Jordi Cuixart [presidente de Ómnium Cultural, actualmente en prisión preventiva] me propuso ser su abogado. Si no estuviera en la institución, estaría ejerciendo la defensa de los presos políticos. Para mí, que he estado toda la vida trabajando en defensas políticas, resulta muy extraño no tomar parte en este juicio. Me ha cogido a contrapié. Mi alma de abogado querría estar allí y ante la propuesta de Cuixart me planteé donde era más útil. Esta es una pregunta que Ada Colau también suele hacerse: ¿donde soy más útil? ¿Como alcaldesa o cuando era portavoz de la PAH? Ahora mismo no tengo decidido qué hacer. En diciembre es un momento en que todos juntos lo abordaremos [la entrevista se hizo a principios de diciembre de 2018].

La renuncia de Xavi Domènech ha abierto un debate sobre los liderazgos en el mundo de los Comunes, tanto en Cataluña como en el Congreso. ¿Te ves ocupando la responsabilidad de Domènech en algún espacio?

Personas de consenso y con la capacidad de Xavi hay pocas. Como te he dicho, no sé qué haré. Las relaciones humanas son importantes para mí. Yo tengo muy buena relación con Pablo Iglesias, nos hemos entendido desde siempre. Creo que desde fuera de Cataluña es quien ha hecho la mejor lectura antirepresiva de la situación. Tanto él como Ada Colau han sido personas clave que conozco de años de militancia. Con la aventura de Podemos me he sentido identificado desde que apareció en Europa, y también con la aventura municipal. Son espacios donde me siento interpelado.

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