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Opinió
Tania Adam

Tania Adam

Periodista i productora cultural

La condición negra

'Black Lives Matter' forma parte de una amplia genealogía de emancipación, sostiene el historial de lucha contra la violencia policial en las comunidades afroamericanas y el esfuerzo por la igualdad para todos

12/06/2020 | 07:00

Pancarta amb el lema 'Lluitem pels nostres drets' a la protesta 'Black Lives Matter' a Barcelona, el 7 de juny del 2020 / MAR VILA

El verano de 1955 Emmet Till fue asesinado por un hombre blanco. Era un niño de apenas trece años. Su madre decidió mostrar públicamente el cuerpo mutilado de Emmet a los medios de comunicación, un gesto que hizo que miles de personas tomaran consciencia de la brutalidad a la que estaban sometidos los negros de América y se sumaran al movimiento por los Derechos Civiles (1955-1968). Pero el duelo público no sirvió para condenar al homicida. Diez años después, tras el asesinato de su amigo, el activista negro Medgar Evers, James Baldwin recupera los hechos en la obra teatral Blues para Mr. Charlie, un verdadero manifiesto contra la irresponsabilidad moral de unos verdugos envueltos en un contexto marcado por el odio racial. Para Baldwin, la raza era como la cárcel del color de piel con poder de destruir toda relación humana.

Han pasado 65 años entre el crimen de Emmet Till y el de George Floyd. Hoy los afroamericanos no viven bajo la sombra de las leyes segregacionistas Jim Crow, pero la larga fila de mártires involuntarios con capacidad para transformar la historia de Norteamérica sigue aumentando. En una de las ceremonias de homenaje a George Floyd, el reverendo y veterano activista por los derechos civiles Al Sharpton comparaba la muerte de Floyd con la historia de los afroamericanos: “La historia de George Floyd es la historia de los negros. Porque desde hace 401 años, la razón por la que nunca pudimos ser lo que queríamos ser, ¡es porque tenían su rodilla en nuestro cuello!”.

Las revueltas vuelven a poner de manifiesto el rechazo a encajar a las personas negras en las sociedades occidentales

Las revueltas vuelven a poner de manifiesto el rechazo a encajar a las personas negras en las sociedades occidentales. Este es legado del secuestro de los negros de África – esclavitud– y de la opresión de los africanos en su propia tierra –colonialismo–. Nuestro presente racista está atestado de un pasado negrero, pues como apunta el sociólogo Stephen Small, “el racismo en Norteamérica se desarrolló con la presencia de las personas negras, a lo largo de los siglos los americanos blancos, deliberada y directamente, escribieron leyes e hicieron políticas contra los negros que estaban ahí presentes. Sin embargo, en Europa, el racismo avanzó de manera flagrante con muy pocas personas negras, en forma de ideologías, de ideas, de estereotipos a partir de las idas y venidas de las personas blancas europeas a África”.

El racismo es una plaga no erradicada, y corresponde recordar que esta ideología segregacionista se heredó de los europeos sureños, marinos, comerciantes y traficantes de esclavos portugueses y españoles. Ellos fueron quienes elaboraron el patrón para la estructura que adoptaría la esclavitud y las actitudes segregacionistas en América del Norte, pues su expansión por el mal llamado “Nuevo Mundo” supuso la propagación del pensamiento racista como subproducto, y no como causa del sometimiento. Esto es, el valor mercantil del negro se incrementaba al devaluarlo como ser humano. Durante años trataron a los negros como animales. Y la Iglesia Católica participó activamente en esta desvalorización, ya que otorgó a los cristianos el derecho a reducir a los árabes, a paganos y otros “infieles” a una servidumbre hereditaria. Después el mundo académico y científico tomó partido en dicha depreciación.

El dolor y el sufrimiento del negro se ha reducido al mínimo o se ha ignorado. Por tanto, su muerte es un asunto menor

Hoy seguimos viviendo las consecuencias de este desposeimiento de humanidad, pues en la imaginación popular de occidente se ha normalizado a los cuerpos negros como inferiores, holgazanes, infantiles e incapaces de valerse sin el blanco. El dolor y el sufrimiento del negro se ha reducido al mínimo o se ha ignorado. Por tanto, su muerte es un asunto menor. Quienes gritan bien alto que “Las vidas negras importan”, pretenden acabar con esta pesadilla racial. La percepción penalizadora del negro ha sido institucionalizada a lo largo de los siglos con códigos que regían todos los aspectos de la vida negra. Se instauraron leyes discriminatorias que definían las condiciones de esclavitud y segregación racial en el imperio colonial francés –Code Noir (1685)–, en los Estados Unidos –Jim Crow (1876-1965)–, en Sudáfrica –Apartheid (1948-1991)–, o las leyes de las Provincias de Ultramar (1885-1975) de los estados colonizados. A pesar del fin del cautiverio y de la segregación legislada estos preceptos han impregnado la institución imaginaria de las sociedades, generando un racismo institucional endémico.

Los siglos de opresión y linchamientos se corresponden con rebeliones y luchas abolicionistas, con organizaciones políticas, agrupaciones universitarias y sociales, con el Renacimiento de Harlem, el movimiento por los Derechos Civiles o los Black Panthers e innumerables iniciativas culturales: periódicos, revistas, literatura, poesía, arte, música y más música… Desde los años setenta la calle y la academia se conjuran para generar una poderosa gnoseología en torno al negro afroamericano y contra el racismo. Todo este pensamiento es el que conforma el ADN de muchos de los movimientos que durante estos días alzan el puño como gesto de unidad, fuerza y desafío.

El Panafricanismo, semilla de luchas de liberación africanas, sigue siendo inspiración para muchos líderes negros

Los afroamericanos estuvieron a la vanguardia del pensamiento negro, y lo que se gesta dentro de sus fronteras suscita vehemencia en todo el mundo negro. Sin embargo, las flechas van en múltiples direcciones y a lo largo del Atlántico negro resurge un submundo de las tinieblas en el que el Caribe es una pieza clave. En los años veinte, el predicador y periodista jamaicano Marcus Garvey soñó con la fundación de un país que reuniese a toda la gente descendiente de africanos. Su utopía de la nación negra fue la base del Panafricanismo; el movimiento político, filosófico y cultural en defensa de la unidad de África y los derechos de las personas africanas y la diáspora. Quizás, en medio de un mundo (des)globalizado y de la era digital en la que vivimos, el panafricanismo se nos antoje anacrónico, nostálgico y algo masculinizado. En realidad lo es y, sin embargo, es el primer movimiento global negro con ideas muy vigentes, ya que fue la semilla para las independencias y las luchas de liberación africanas, y sigue siendo la inspiración de muchos líderes negros y la base de la solidaridad negra.

La solidaridad panafricana surge desde la primera independencia africana (Ghana, 1957) y se extiende hasta finales de los setenta, pues el continente y sus diásporas se mantuvieron intelectualmente conectados en medio de las descolonizaciones y del impulso por los derechos civiles en Estados Unidos. Iniciativas como el Primer Festival Mundial de las Artes Negras en Dakar (1966), promocionado por el presidente y poeta senegalés Léopold Sédar Senghor como un espacio fundacional donde poner en valor la contribución negra al mundo; o los viajes de Marthin Luther King Jr, Muhammad Ali o Richard Wright a Ghana para intercambiar ideas con su presidente, Kwame Nkrumah, son el paradigma de esta necesidad de pensar conjuntamente la emancipación. Asimismo, durante más de dos décadas muchos afroamericanos miraron al continente en búsqueda del hogar de sus antepasados. Allí se vieron reflejados, y empezaron a reivindicar activamente su pertenencia espiritual al Continente Negro. El excéntrico músico de free jazz Sun Ra viajó a Egipto en 1971, fascinado por las teorías de Cheikh Anta Diop en torno al Kemit, la negritud egipcia. Ra también fue en búsqueda de sus raíces africanas e, igual que muchos afroamericanos que emprendieron el viaje, volvería decepcionado, pues lo que vio y vivió poco tenía que ver con ese imaginario romántico de la madre tierra.

A Sudáfrica se cometen violaciones a los cuerpos negros o mueren immigrantes en el Mediterráneo o bajo custodia policial y el mundo lo silencia

El fin de la solidaridad se solapa con el espejismo de la modernidad incipiente y los sueños neoliberales. Las duras condiciones a las que se vieron sometidos los países africanos desde finales de los setenta, devastados por la crisis de la deuda y enterrados en los Planes de Ajuste Estructural, rompe con cualquier idea de futuros propios. Todas las utopías se desvanecieron. Para los afroamericanos África deja de ser la madre Tierra y se convierte en un lugar de pobreza. “We are the World” es el paradigma de la nueva aprehensión, donde Michael Jackson, Lionel Ritchie y Quincy Jones sellarán en 1985 y desde USA for Africa (United Support of Artists for Africa), el lugar desde el cual se relacionarán los afroamericanos con el continente.

Esta nueva relación acentúa la pluralidad y complejidad de la condición negra, pero también las jerarquías, pues el negro americano sigue perteneciendo a un Imperio. En este escalafón de la condición negra, el negro africano acostumbra a colocarse en el nivel inferior respecto al afroamericano y afrodescendiente; los inmigrantes africanos son minusvalorados respecto a los afrodescendientes europeos, y estos a su vez se encuentran socialmente más desprovistos que los afroamericanos, quienes son más numerosos y más poderosos. Por ello, en Sudáfrica se cometen constantes violaciones a los cuerpos negros africanos y nadie grita; mueren inmigrantes africanos en el Mediterráneo y nadie grita; decenas de negros mueren y sufren maltratos cada día bajo custodia policial en todo el mundo y el mundo lo silencia. En cualquier caso, cada contexto tiene sus particularidades, y sería una equivocación caer en la estratificación de la opresión. Lo sustancial es entender que hasta que no haya igualdad y dignidad la emancipación será inseparable de la condición negra.

Las calles siguen repletas de reconocimientos a negreros, la Ley de Extranjería es segregacionista y la pugna contra la negritud es constante

Estamos sintiendo las convulsiones de un mundo en profunda transformación, con revueltas en las calles y símbolos esclavistas cayendo como moscas en un acto de reparación por el daño y el sufrimiento ocasionados. No parece el momento más propicio para los gestos moralistas y declaraciones extemporáneas, como las que hizo Pedro Sánchez, el presidente del gobierno, hace unos días, cuando afirmaba que la Constitución española es antirracista. Ante tal proclamación, contraria a cualquier evidencia, solo queda preguntarse en qué momento uno de los promotores del racismo mundial ha pasado a ser antirracista. Porque las calles siguen repletas de reconocimientos a negreros, la Ley de Extranjería es segregacionista y la pugna contra la negritud es constante.

La rebelión ha venido para quedarse, estamos siendo testigos de un episodio más de resistencia y solidaridad. Porque Black Lives Matter forma parte de una amplia genealogía de emancipación, sostiene el historial de lucha contra la violencia policial en las comunidades afroamericanas y el esfuerzo por la igualdad para todos. Además de un hashtag, #BLM es un sello comunitario que desborda las barreras de género y raza. Es el mejor de los eslóganes si bien flota entre la performatividad de lo superfluo y lo profundo de la transformación. Es movimiento heredero del panafricanismo que recupera la solidaridad entre diásporas y el continente bajo otros parámetros más democráticos e igualitarios a través de nuevos imaginarios culturales, con la tecnología y la lucha antirracista bien presentes. Es una respuesta global ante una opresión global. #BLM es como los talkin’ drums, que servían para comunicarse entre comunidades africanas, solo que los tambores han sido sustituidos por móviles. Queda por ver si tendrán capacidad para liberarse del pasado y para llevar a Estados Unidos hacia un futuro sin “rodillas en nuestro cuello”.

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