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Opinió
Judith Muñoz Saavedra i Sol Ortega Navarro

Judith Muñoz Saavedra i Sol Ortega Navarro

Muñoz és doctora en Sociologia. Ortega, periodista i comunicadora

Si en Chile triunfa la ultraderecha, pierde el mundo y pierdes tú

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del próximo domingo en el país más austral del mundo se enfrentan dos modelos políticos, económicos y de valores totalmente opuestos

17/12/2021 | 16:08

Gabriel Boric, diputado de la izquierda chilena / CONGRESO DIPUTADOS CHILE

¿Qué ha pasado entre la esperanzadora revuelta de octubre del 2019 en Chile, que buscaba derrocar las bases del neoliberalismo, y la primera vuelta de las actuales elecciones presidenciales, donde el candidato de la extrema derecha se impuso en la primera posición, con un 27,91% de los votos? Es la pregunta que nos hacemos muchas personas que seguimos los movimientos sociales de América Latina en general pero también lo que nos preguntamos las dos chilenas en el extranjero que firmamos este artículo.

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, que se celebra el próximo domingo, 19 de diciembre, se enfrentan dos modelos políticos, económicos y de valores completamente opuestos. En este artículo explicamos algunas claves sobre lo que está pasando.

Del estallido social a la amenaza real del pinochetismo

Para entender la evolución entre las movilizaciones de octubre del 2019 y el momento actual, en que un candidato de ultraderecha podría ganar las elecciones, hay que poner sobre la mesa diversas cuestiones. En primer lugar, se tiene que constatar que era un espejismo pensar que todas las personas que participaron en las movilizaciones de octubre del 2019 compartían el mismo relato de cambio colectivo y las mismas aspiraciones sociales. No hay que olvidar que aunque el epicentro estuvo en la capital Santiago, en la hoy conocida como Plaza Dignidad, las movilizaciones atravesaron todas las ciudades del país y sorprendieron por la alta participación de personas anónimas que no pertenecían a ningún tipo de organización y que planteaban reivindicaciones muy diversas.

En segundo lugar, el vandalismo y la violencia. Hubo grandes controversias sobre la legitimidad de la violencia como estrategia para impulsar los cambios estructurales. Este método fue rechazado, directamente, por una parte de la sociedad movilizada. Sin embargo, la izquierda se ha mostrado incapaz de ofrecer una propuesta coherente capaz de aunar seguridad y transformación social.

El candidato de izquierda, Gabriel Boric, no conectó con una parte del electorado que apoyó el estallido social

Tercero, el descrédito de la clase política y la consiguiente incapacidad de movilizar al electorado. Una realidad con la que se ha topado Gabriel Boric y el Frente Amplio, la coalición de partidos a la que pertenece. Pese a ser un candidato surgido de los movimientos estudiantiles de los 2010, donde tuvo un rol importante como dirigente universitario, Boric, de 35 años, no tuvo “calle”, como se dice en Chile a quien pierde contacto con la realidad popular. Durante la primera parte de la campaña presidencial, Boric y su equipo no supieron conectar con una parte de aquel electorado que apoyó el estallido y que votó masivamente en el plebiscito para cambiar la Constitución actual. Una buena parte de aquel 80% que rechazó mantener la carta magna del dictador, simplemente, se quedó en casa.

Lo que lleva al cuarto punto: la deslegitimación intencionada del proceso constituyente. La derecha, apoyada por un alto porcentaje de los medios de comunicación, inició hace meses una campaña de desprestigio de esta convención constitucional paritaria y con escaños reservados para los pueblos originarios. Un avance democrático histórico y sin precedentes, no solo para Chile sino para el mundo, que demuestra que otras formas de construir ciudadanía son posibles, pero que hoy se encuentra bajo amenaza. El candidato de la extrema derecha, José Antonio Kast, ha dicho que trabajará para que esta nueva constitución que se elabora en Chile, no sea aprobada.

Y quinto, pero no menos importante, la sucia campaña comunicacional que está desplegando la extrema derecha.

La ultraderecha y su manual

El candidato de la ultraderecha chilena, José Antonio Kast, ha articulado su discurso alrededor de consignas que en España son familiares. La defensa de la patria, el fantasma del comunismo, la inmigración como amenaza, la violencia que no tiene género, son parte de su ideario. Y, por supuesto, Venezuela. De hecho, hace algunos días Pablo Casado planteaba su preocupación por la posible deriva de Chile hacia sistemas como los de (chupito) Venezuela y de paso lo aprovechaba para criticar a Podemos (chupito). El comodín de Venezuela también se usa en Chile para desactivar cualquier propuesta redistributiva y para reducir el debate sobre derechos sociales a la caricatura de un país que se convertiría en Chilezuela. Quizás pronto escuchemos hablar por aquí del riesgo de convertirnos en Españazuela si se aprueba la reforma laboral o si se continúa consolidando la figura de Yolanda Díaz. Demos tiempo.

Junto a este discurso, la extrema derecha ha desplegado la campaña más oscura desde el retorno de la democracia, plagada de fake news y mensajes de odio para denostar la capacidad intelectual, ética y la solvencia moral de Gabriel Boric, quizás uno de sus mayores activos como candidato. Estos días hemos observado la aplicación del manual de estilo de Bolsonaro y Trump con la complicidad de los grandes medios de comunicación locales y el despliegue de recursos en las redes sociales. Hace unos días, el diario Público denunciaba que fundaciones pinochetistas financiaban la campaña de Kast a través de youtubers, bots y medios digitales de dudosa reputación.

España y Chile coinciden en su incapacidad para articular una derecha liberal y democrática

A diferencia de democracias como Francia y Alemania, en Chile no se ha creado ningún cordón sanitario alrededor del discurso ultra, y la derecha se ha doblegado sumisa al candidato defensor de la dictadura pinochetista, hijo de un miembro del partido nazi que huyó de Alemania y llegó a Chile con una identidad falsa. En cierto modo, siempre ha habido un parecido sutil entre la historia de España y la de Chile; se asemejan en la derrota de sus proyectos emancipatorios y en la pesada herencia de sus dictaduras. Y ahora coinciden en su incapacidad de articular una derecha liberal y democrática para anular el discurso de la extrema derecha.

Los aprendizajes de la campaña de Gabriel Boric

Gane o pierda Gabriel Boric el próximo domingo, hay mucho para aprender del proceso chileno y de este hombre que no hace ni 10 años que está en la primera línea política. La campaña en esta segunda vuelta presidencial será recordada por la creatividad y la espontaneidad. Por la capacidad de la ciudadanía de autoconvocarse y la ternura de la gente común, que hizo de la alegría y de la esperanza los principales mecanismos de resistencia ante la mentira y el odio.

Al día siguiente del triunfo de Kast en la primera vuelta, las redes se llenaron de memes y de videos de apoyo al joven candidato como una manera de espantar el temor del neofascismo, en una febril actividad virtual que no ha cesado en semanas y que ha estallado con el retorno de la expresidenta Michelle Bachelet a Chile, que ya ha declarado su apoyo a Boric, para alegría del mundo virtual, pero también de la calle.

En el reinicio de la campaña electoral otra mujer ha sido fundamental: la expresidenta del colegio médico Izkia Siches sumó su liderazgo y carisma convocando a la clase trabajadora que ha respondido al candidato oriundo de Punta Arenas, la ciudad más austral del mundo, saliendo a las calles y llenando sus actos en plazas y espacios públicos de todo el país. Gane o pierda Gabriel Boric el domingo 19, el proceso iniciado el viernes 18 de octubre de 2019 demuestra que en Chile todavía viven millones de personas con profundas convicciones democráticas.

El desafío para la democracia global

Una de las consignas del estallido social que se extendió por el mundo fue la que decía: “El neoliberalismo nació en Chile y morirá en Chile”. De alguna manera, la revuelta chilena representaba un horizonte de esperanza para los sectores progresistas y altermundistas que rechazan el modelo de acumulación capitalista y de crecimiento económico descontrolado. Un posible triunfo de la ultraderecha representaría una derrota global para quienes tienen la esperanza de cambiar un sistema que genera enormes desigualdades y que nos ha llevado a la crisis energética y ecosocial actual. También sería un duro golpe para la convención constitucional y, de paso, para quienes creemos en la participación ciudadana y en la democracia como mecanismo de transformación social.

Si en Chile gana la ultraderecha y su conservadurismo, perdemos todos y todas, porque, si hay algo que hemos aprendido del feminismo, es que, si nos tocan a una, nos tocan a todas. Y precisamente son los derechos de las mujeres y de la población LGTB los que están en juego. Una vez más, los derechos humanos se ven amenazados porque la experiencia del modelo de Bolsonaro-Trump ha puesto en evidencia que, junto con la negación del cambio climático, se agudizan el extractivismo, los conflictos socioambientales y la persecución de los pueblos originarios.

Para contrarrestar el avance del neofascismo, hace falta la unidad de las fuerzas democráticas sin excepciones

Estamos en peligro. Aquí y en Chile. El avance del neofascismo parece imparable y, para contrarrestarlo, hace falta la unidad de las fuerzas progresistas y democráticas, sin excepciones. Tal como está pasando en Chile estas últimas semanas, donde las fuerzas de centro y de centroizquierda de la ex-Concertación han apoyado al candidato de la coalición Apruebo-Dignidad, involucrándose algunas de sus figuras de manera activa en su campaña.

Por ello, no podemos observar solo con simpatía pasiva los procesos políticos de justicia social que se dan en otras latitudes del planeta. Es urgente reactivar mecanismos de solidaridad internacional eficaces, desburocratizados, que permitan crear redes que sostengan y acompañen a quienes luchan por ideales y necesidades compartidas. Y creemos que, en Chile, la esperanza puede derrotar el miedo. Milagros similares se han visto, como la llegada del primer presidente socialista al Gobierno a través de las urnas, hace ya cinco décadas, y con la salida de un dictador del poder, también mediante los votos.

El triunfo de Boric representa la posibilidad de construir un país feminista, ecologista y respetuoso con la diversidad. Si lo consigue, tiene ante sí el gran desafío de agilizar los cambios necesarios para contrarrestar las enormes desigualdades del país, tarea en la que necesitará de todo el apoyo internacional. Pero, como cantaba Víctor Jara, desde Barcelona estamos con el puño esperanzado, porque todo cambiará.

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