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Entrevistes

Arantxa Tirado “Trump no es un accidente: es el reflejo de la descomposición de Estados Unidos”

Arantxa Tirado es politóloga y profesora de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona. Especialista en relaciones internacionales y conocedora en profundidad de los conflictos sociales y de clase en Estados Unidos, acaba de publicar como coautora el libro ‘Trumperialismo. La guerra permanente contra América Latina’(Celag / Mármol Izquierdo) y, anteriormente, publicó ‘Venezuela. Más allá de mentiras y mitos’ (Akal, 2019) y ‘La clase obrera no va al paraíso’ (Akal, 2016). Ha estudiado a fondo la política norteamericana y las relaciones geopolíticas de EEUU con América Latina. Ha vivido en México once años, ha realizado estancias en Cuba, en Venezuela y en Costa Rica, y forma parte de un grupo de estudio sobre los Estados Unidos en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

05/11/2020 | 21:00

¿Qué análisis general haces de las elecciones de anteayer, cuáles serían las claves de los resultados?

Primero hay que decir que algunos se están dando cuenta ahora que el sueño americano es una pesadilla americana. La sociedad norteamericana está en crisis. El sistema electoral está en crisis, y su democracia tiene graves problemas. Los resultados, además, muestran, por un lado, que los demócratas han presentado a un candidato que no tenía el apoyo de las bases tradicionales del partido, y que no es capaz de ganar con un margen amplio contra Trump, teniendo en cuenta que mucha gente se ha movilizado en sentido “anti-Trump”, apostando por el “mal menor”, no tanto en una lógica “pro-Biden”. Además, los resultados muestran claramente la fortaleza de Trump y de su manera de hacer política, que conecta con millones de norteamericanos. Esto deja claro que Trump, aunque no renueve su mandato, no es un accidente histórico, sino el reflejo de la descomposición de los Estados Unidos, como poder hegemónico basado en el consenso mundial.

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“Trump no es antisistema,como no lo era Hitler,sino que es una expresión del sistema”

Pase lo que pase finalmente, hay que decir que Trump y la extrema derecha no han sido derrotados claramente en las urnas: el trumpismo es fuerte, ha recibido 70 millones de votos de gente que ya lo ha conocido durante cuatro años como presidente. ¿Cómo puede ser? Es un hecho que la gente de izquierdas o progresista europea ni entiende…

Pues deberíamos entenderlo, porque el fenómeno de Trump no es solo un fenómeno propio de la sociedad de los Estados Unidos. Es global esta emergencia de lo que algunos llaman “populismo” —a mi no me gusta nada el término; me parece erróneo usarlo— y que yo reo que es la vuelta de la ultraderecha de toda la vida, versión siglo XXI, pero con paralelismos con el mundo de entreguerras. Trump no es antisistema, como no lo era Hitler, sino que es una expresión del sistema, de los monstruos que se pueden generar en determinadas coyunturas históricas cuando las sociedades llegan a un punto determinado de contradicciones y llegan liderazgos capaces de canalizar el descontento. Los dos son ejemplos de un nacionalismo extremo, que no es incompatible con la expansión económica fuera de los mismos límites territoriales, es decir, es falso que Trump esté en contra del libre comercio: lo que quiere es que este libre comercio beneficie todavía más a los Estados Unidos.

¿Nos equivocamos al analizar a Trump?

Hay un enfoque erróneo a la hora de analizar fenómenos como el de Trump, según mi parecer. Es el enfoque que cree que el problema es Trump y no las condiciones estructurales que lo hacen surgir, las contradicciones del modelo norteamericano, un modelo que permite que millones de personas vivan en la pobreza más absoluta rodeadas de las más grandes opulencias. Una sociedad paradójica donde todo es exagerado y puedes encontrar 20 marcas diferentes de un mismo producto en el supermercado con 10 variedades o más de sabores, pero dónde hay millones de personas que son pobres, incluso teniendo un trabajo. Esto genera un resentimiento, sobre todo si las personas que son pobres creen que no tendrían que serlo porque, en teoría, su sociedad está fundamentada en un sistema meritocrático, donde te explican que hay movilidad social si te esfuerzas y trabajas de lo lindo. Estoy hablando de los blancos pobres o white trash, parte de la base electoral de Trump. También le votan minorías y hay latinos que le apoyan, pero pensemos que los latinos de origen proletario o campesino que son pro-Trump tienen otra mentalidad; a menudo pueden llegar a creer que se merecen ser pobres y ven a los Estados Unidos como el oasis. Cualquier salario, por bajo que sea, es mucho más alto que el que podrían ganar en sus países de origen. Entonces, la lectura de un Trump buscando responsables externos en su pobreza es funcional a su visión del mundo: los de fuera te quitan el trabajo, los negros son gandules, delincuentes y no trabajan, etc. Una lectura que comparten con las élites reaccionarias y con los sectores acomodados que apoyan a Trump.

¿Cómo definirías a Joe Biden? No sería un candidato de izquierdas, como ha quedado claro, ¿no?

Es un político profesional. No pertenece de origen a la élite norteamericana que ha monopolizado la política, como nos explicaba Alberto Mesas el otro día en Ctxt, puesto que tiene unos orígenes más populares que Trump. Pero lleva viviendo de la política casi 50 años, desde 1972, y se ha sabido mover muy bien en estos ambientes. Se asocia con el sector más establishment del Partido Demócrata, viene de ser vicepresidente de Obama y, por cierto, estuvo rodeado por un escándalo de corrupción a través de su hijo Hunter, a quién llevó a un viaje oficial a China en 2013. Fruto de las negociaciones, el Banco Central de China creó una empresa conjunta con Bohai Harvest RST, relacionada con la empresa Rosemont Seneca, del hijo de Biden. Esto se repitió a lo largo de ocho años de viajes de Biden y de John Kerry, secretario de Estado. Iban a negociar y después las empresas de los Estados Unidos hacían negocio con las contrapartes. Alguien dirá que es legal; pero, evidentemente, muy legítimo no parece, y menos cuando hay nepotismo y tráfico de influencias detrás. Recordamos que una llamada de Trump al presidente de Ucrania en la que pedía información sobre los negocios del hijo de Biden en Ucrania fue el origen del impeachment. Además, yo creo que hay un dato que define bien a Joe Biden: en 2008, en las primarias demócratas que ganó Obama, recibió menos de un 1% de voto en el caucus de Iowa. Ha tenido siempre poco apoyo interno del mismo partido y, ahora, se convirtió en un candidato de circunstancias para que no ganara Bernie Sanders.

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“Es triste que los negros solo tengan la opción de Biden para echar a Trump”

¿Qué incidencia habría tenido a la hora de votar el gran movimiento de protesta de los últimos dos años en los Estados Unidos, el Black Lives Matter?

Este tema ha estado en el centro del debate político, como decía Angela Davis en el CCCB hace algunos días. A buen seguro, una parte de la mayor movilización del voto se explica por el efecto de este movimiento, y de la pandemia de la Covid-19 quizás, que también ha movilizado a sectores de seguidores de Trump contra los gobernadores demócratas partidarios de los confinamientos y del cierre de espacios y de comercios. Pero todavía es pronto para saber con detalle hasta qué punto ha influido en las elecciones el movimiento de protesta de la población negra: todavía estamos en un momento de incertidumbre.

Probablemente, sus protestas han llevado a la reacción de una parte de los votantes de Trump, molestos con la visibilización mediática de una rabia no resuelta desde hace siglos. Y, por otro lado, las palabras de Trump quizás han irritado todavía más a los negros y estos han votado por los demócratas. Pero hay que decir que estas protestas no son nuevas, y desgraciadamente los asesinatos de personas negras por policías en los Estados Unidos no son nuevos, ni tampoco es nuevo que la población negra sea proporcionalmente la mayoritària en las prisiones, ni que los negros tengan siempre peores salarios, etc. Y, como pasa aquí en los barrios obreros, la población trabajadora negra también tiende a ser más abstencionista. Además, esto se añade a un sistema en que te tienes que dar de alta para votar y lo tienes que hacer en un día laborable. No todo el mundo se lo puede permitir, sobre todo teniendo en cuenta que la población negra mayoritariamente tiene peores condiciones laborales, sociales y económicas.

El sociólogo Carlos Delclós explica en este artículo en CRÍTIC que el Partido Demócrata confió la campaña en el hecho de que todo el voto de la comunidad negra seria para ellos… y probablemente no ha sido así.

Es paradójico que Biden obtenga votos entre los negros, porque Biden redactó una ley contra el crimen de 1994 que permitía que los delincuentes no violentos tuvieran que entrar en prisión, a pesar de tener sentencias mínimas, cosa que provocó el encarcelamiento de miles de negros y que fue criticada incluso por el demócrata Jesse Jackson, además de oponerse a un sistema que quería poner fin a la segregación en las escuelas. Se ha disculpado ahora, pero es paradójico que los negros de los EE. UU. solo tengan a este candidato que supuestamente defiende más sus intereses. También dicen que Biden conseguiría más votos entre las mujeres, pero justamente Biden fue denunciado por acoso sexual. Es un poco triste que estas minorías que han sufrido el menosprecio de la élite política blanca durante décadas solo tengan esta opción para echar a Trump, y, de hecho, se acaba viendo que solo ponen a Kamala Harris de vicepresidenta de Biden como cuota; parece puro maquillaje.

“En los Estados Unidos solo los millonarios pueden ir a elecciones, y uno de los problemas de la izquierda es que es pobre”

La izquierda nunca podrá lograr la presidencia en los Estados Unidos por un sistema electoral que lo imposibilita. ¿Cómo lo valoras, sobre todo teniendo en cuenta que muchos analistas dicen siempre que los Estados Unidos son el gran ejemplo democrático en el mundo?

Uno de los problemas principales de la izquierda norteamericana es que es pobre, y en los Estados Unidos solo se pueden presentar a les elecciones personas millonarias o que tengan apoyo de las grandes fortunas para poder financiar las campañas electorales. Estas elecciones han sido las más caras de la historia. Y las grandes fortunas no suelen ser muy de izquierdas, en términos de igualdad de clase social y económica.

Ahora bien, sí que hay una situación social que pide un cambio de modelo económico y de las leyes electorales. Aquí tenemos el ejemplo de la candidatura de Bernie Sanders, el candidato más valorado por las bases demócratas y por los millennials, y que hablaba abiertamente de socialismo. Cosa que aquí, en España. no hace ni siquiera Podemos. Pero Sanders no pudo salir. No lo dejaron. Las condiciones sociales de la gente sí que demuestran que habría un espacio para una opción socialdemócrata, seguramente no para una izquierda radical, pero sí para un espacio más progresista que el Partido Demócrata actual.

¿Dirías que los Estados Unidos son una democracia que deja sin voz a negros, migrantes, clase trabajadora… y a nadie que no sea del establishment, para acceder a los órganos de poder gubernamentales, militares o judiciales?

Es una sociedad con un racismo estructural, sin duda, pero también un clasismo bajo un falso discurso de meritocracia. Nancy Isenberg, que acaba de publicar el libro White Trash, decía el otro día que a los estadounidenses no les gustaba hablar de clases sociales. Es un tema un poco tabú para ellos. Está medio oculto por unos discursos capitalistas neoliberales que hacen mucho énfasis en la posibilidad del ascenso social y de los Estados Unidos como tierra de oportunidades. La visión neoliberal del capitalismo de Reagan o de Thatcher niega la existencia de las clases sociales. Pero la realidad es que esta división existe. Y, de hecho, hay personas trabajadoras, que no tienen ni un lugar donde vivir y viven en furgonetas, que justifican su situación. Es muy difícil cambiar un sistema así porque mucha gente, incluso víctimas, no lo quiere cambiar porque los han convencido de que puede ser culpa suya.

El sistema democrático y económico en los Estados Unidos en realidad se asemeja más a una plutocracia donde todo está muy ligado, bajo discursos de falsas defensas de la democracia, las elecciones cada cuatro años y la libertad en abstracto, pero que en la realidad se corresponden básicamente con la libertad del mercado y de los ricos para hacer lo que quieran, tanto en los negocios como en las instituciones.

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“En política exterior, no importa demasiado quién gane. Todos los gobiernos de los Estados Unidos quieren mantener su poder”

¿Cambiará la política exterior y militarista de Biden respecto a Trump? ¿O seguirá, como dijo el conservador Eisenhower en los años sesenta, mandando en realidad el complejo militar industrial?

En términos generales, los Estados Unidos tienen una política exterior muy estable, y no importa demasiado quién gane. Todas las administraciones trabajan para que los Estados Unidos sigan siendo el poder hegemónico en el sistema internacional. A pesar de que sí que es cierto que los demócratas han querido intervenir más en el mundo, con guerras que ellos denominan humanitarias y agresiones más limitadas que una invasión, como serían los drones asesinos de Obama. Y los republicanos suelen ser más aislacionistas, ni que sea por un tema económico, y no tanto por criterios éticos. Podría ser que Biden fuera más intervencionista y volviera a participar algo más en los organismos multilaterales abandonados por Trump. Pero hay que tener en cuenta que Biden tiene algunos asesores en política exterior que han trabajado con los republicanos en el pasado. Y hay un hecho que se escapa a los gobiernos norteamericanos, sean del signo que sean: una de las trabas principales de Trump en su gestión política, tan interna como sobre todo externa, fue la constante batalla con una parte del establishment, el deep state, el Gobierno permanente, los que diseñan muchas de las estrategias del Pentágono o del Departamento de Estado, y obviamente, el complejo militar industrial tiene sus propios intereses por encima de cualquier administración. Y, ¡ojo!, la guerra es un negocio.

Analizemos las relaciones entre los Estados Unidos y la América Latina progresista: con Trump, hay que decir que la situación se había tensado al máximo con Venezuela o Cuba, y que ha habido, casualmente o no, golpes de estado cívicos o militares en países clave para la izquierda latinoamericana, como por ejemplo Venezuela o Bolivia.

La política exterior con América Latina también viene determinada por los “intereses nacionales” de los Estados Unidos, que son los de las empresas estadounidenses y del complejo militar industrial. Con Trump pusieron el foco en los gobiernos más declaradamente antiimperialistas y que, además, pueden abrir puertas a negocios con otras potencias mundiales, como China o Rusia, sobre todo por los recursos mineros, petroleros y gasísticos estratégicos. Bolton llegó a hablar de la “troica de la tiranía”, que eran Nicaragua, Cuba y Venezuela. Y los Estados Unidos no quieren dejar pisarse por nadie este espacio en disputa. Aquí, los demócratas y los republicanos, aún con diferencias tácticas y matices, tienen los mismos intereses. De hecho, el acercamiento a Cuba de Obama lo estaba pidiendo una parte del empresariado de los Estados Unidos, que veía como perdía negocios en la isla por culpa del bloqueo. Si continúa Trump en el Gobierno, tendrá muy cerca a los lobbies anticastristas furibundos, como el empresario Mauricio Claver-Carone, que ahora está en el Banco Interamericano de Desarrollo, o los lobbies contrarios a la Venezuela de Maduro. Si gana Biden, cambiará la estrategia y las formas, pero no los intereses, y podría ser que volviera a negociar con Cuba. De hecho, el candidato demócrata ya ha dicho que quiere hacer “presión inteligente” hacia Venezuela: quiere poner fin a estos gobiernos, pero desde la seducción y la negociación, introduciendo el mercado y las relaciones diplomáticas.

“No es no mismo un mexicano que lava platos en un restaurante… que un venezolano rico que llega con ahorros y monta negocios”

Hablemos del caso de Florida. Hay un voto mayoritario de cubanos, de venezolanos y de otros colectivos latinoamericanos a favor de Trump, a pesar de las duras políticas de Trump contra la inmigración. Se explica esto en clave geopolítica más que en clave migratoria, ¿no?

Sí, sí, se explica en clave geopolítica de apoyo a la vía dura por el cambio de régimen en Cuba o en Venezuela y, también, en clave ideológica porque, sobre todo en el caso de los exiliados cubanos de hace tiempo y los venezolanos recientes, son personas traumatizadas con el tema del “comunismo”, que conectan muy bien con el discurso de Guerra Fría que tiene Trump. Y, de hecho, algunos de ellos deben pensar que Biden es un socialista bolivariano. Es gente que está muy ciega y viven con el fantasma del comunismo todo el día. Y su voto es importante en Florida. Hay poblaciones allá donde ahora viven un 20% de venezolanos, y esta gente quiere una intervención armada contra Maduro, y no quieren ninguna negociación.

Pero hay que analizar bien el eje de clase social entre la población latina. No es lo mismo un trabajador mexicano o centroamericano o dominicano de origen campesino y que ahora trabaja en un restaurante de Nueva York… que estos venezolanos de los últimos 20 años que llegan con ahorros, montan negocios y, de hecho, acaban explotando a otros latinoamericanos. Estas élites latinoamericanas que se refugian en Florida, habría que ver si se consideran ellas mismas latinoamericanas o ya son hoy más identitariamente estadounidenses. Son un tipo de élites transnacionales, que, además, suelen ser blancas y de origen europeo, y que a veces incluso piden mano dura contra la inmigración en los Estados Unidos. Además, se han tragado todo el discurso del “sueño americano”, aquello de que “si quieres mejorar económicamente, podrás hacerlo en los Estados Unidos”.

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