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Opinió

El eje Teherán-Caracas, la grieta en la resistencia antiimperialista global

Pese a la incertidumbre sobre Venezuela, la resistencia de Irán puede llevar a una derrota estratégica que rompa los planes de EE. UU. e Israel.

24/04/2026 | 07:00

Hugo Chávez y Mahmud Ahmadineyad, en una cumbre entre Venezuela e Irán / GOBIERNO DE VENEZUELA

El 3 de enero del 2026, los Estados Unidos bombardearon Caracas para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y su compañera, Cilia Flores. También un 3 de enero, pero del año 2020, EE. UU. atacaron con drones las inmediaciones del aeropuerto de Bagdad para asesinar al general Qasem Soleimani, jefe de las Fuerzas Quds, la élite de la Guardia Revolucionaria Iraní. La coincidencia en la fecha en estas dos acciones no es casual, como se encargó de remarcar el presidente Donald Trump en la rueda de prensa donde anunció la operación venezolana.

Semanas después, el 28 de febrero, Israel y EE. UU. decidieron iniciar una nueva fase de su guerra abierta contra Irán, asesinando, entre otros, al líder supremo de la República Islámica, Ali Jamenei, justo en el momento en que representantes iraníes se encontraban en Ginebra negociando un nuevo acuerdo nuclear con EE. UU. De nuevo aparecieron referencias cruzadas cuando Trump habló de reproducir en Irán el innovador modelo de cambio de régimen aplicado en Venezuela después del 3 de enero cuando EE. UU., por sorpresa de todos, decidió mantener a la vicepresidenta Delcy Rodríguez como presidenta encargada, al frente de un proceso de transformación en tres etapas (estabilización, recuperación y transición) comandado por EE. UU.

Los intentos reiterados de paralelismo no sólo muestran el alcance planetario de las agresiones de EE. UU., encaminadas a un dominio geopolítico global, o su voluntad de repetir una fórmula de negociaciones para el control neocolonial de los recursos energéticos de Venezuela. Son, sobre todo, un hilo que conecta, como parte de una misma amenaza, a dos pueblos que decidieron autodeterminarse y ejercer un control soberano sobre su riqueza petrolera. El impacto geopolítico de su alianza se ha convertido en un dolor de cabeza por los intereses de EE. UU. e Israel.

Dos revoluciones bajo el ataque del imperialismo

Los procesos de transformación política que Irán y Venezuela vivieron a lo largo del siglo XX y XXI tienen poco en común, aunque ambos países experimentaron rupturas revolucionarias desde sus propias coordenadas históricas, culturales y políticas. La consolidación de nuevos liderazgos que defendían la soberanía nacional dio lugar, inevitablemente, a la confrontación con los intereses de EE. UU. en sus respectivas áreas de influencia geopolítica, Asia Occidental y América Latina y el Caribe.

La Revolución Islámica impuso un sistema teocrático en detrimento de las fuerzas progresistas y comunistas

Así, tanto la Revolución Islámica de 1979, donde se acabó imponiendo un sistema teocrático en detrimento de las fuerzas progresistas y comunistas que habían participado en la lucha contra el régimen del sha Mohammad Reza Pahlavi, como la Revolución Bolivariana, que inicia en 1999 con la llegada al gobierno de Hugo Chávez, suponen un nuevo momento en la política interna pero también en la política exterior de ambos Estados, que acabarán teniendo un claro liderazgo antiimperialista en la esfera global.

Los EE. UU. han desplegado una política dirigida a aislar y debilitar a la República Islámica desde un punto de vista político y económico. Esta política de asedio, que también ha sufrido Venezuela, se ha basado tanto en las sanciones directas, que llegan en la actualidad a más de 1500 en el caso de Irán, provocando que sea el país más sancionado del mundo, y en otras acciones de guerra, ejecutadas asimismo por Israel, como el asesinato selectivo de líderes políticos o científicos del programa nuclear iraní.

En el caso de Venezuela, el país acumula desde 2014 más de 1000 medidas coercitivas unilaterales, siendo el tercer país más sancionado. Sin embargo, en los últimos meses, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro (OFAC por sus siglas en inglés) ha decretado algunas licencias que permiten las transacciones económicas y financieras de empresas de EE. UU. con instituciones venezolanas, y ha revocado las sanciones individuales sobre Delcy Rodríguez.

La República Islámica es percibida por Israel como una amenaza existencial por liderar el eje de la resistencia al sionismo. Irán ha construido una red de alianzas políticas y militares que le han dado influencia en varios países de Asia Occidental, como Líbano, la Siria de Bashar al-Ásad, el Irak post-Hussein, Yemen o Palestina. Por tanto, la hegemonía iraní en Asia Occidental choca directamente con el proyecto del Gran Israel y con la voluntad de reconfiguración geopolítica regional que EE. UU. se propone para hacerse con el control de los hidrocarburos a través de gobiernos alineados con Washington y Tel Aviv.

Venezuela, por su parte, posee las principales reservas probadas de petróleo del mundo. En las últimas décadas, ha liderado un bloque contrahegemónico de poder en América Latina y el Caribe impulsando iniciativas de concertación política y económica como el ALBA-TCP, la Unasur o la CELAC, poniendo su petróleo al servicio de la integración regional y buscando reforzar mecanismos institucionales y alianzas en defensa de la multipolaridad en el sistema internacional.

El eje Teherán-Caracas

Si las acciones de la República bolivariana y de la República islámica por separado habían sido suficientes para hacer saltar alarmas en EE. UU. e Israel, la firma, a partir de 2002, de más de 270 acuerdos de cooperación, así como el establecimiento de una alianza de alto interés estratégico mutuo, profundizada bajo las presidencias de Hugo Chávez y Mahmud Ahmadineyad, fue el remate.

Hugo Chávez: “Si países como Irán y Venezuela combinaran sus potenciales, nuestro poder contra el imperialismo aumentaría considerablemente”

Irán y Venezuela, países sancionados, en una confrontación abierta tanto con EE. UU. como con Israel, optaron por cooperar para rehuir el impacto de las sanciones, además de reforzarse respectivamente. Crearon empresas mixtas e, incluso, un Banco Venezuela-Irán. En su última visita a Irán, en octubre de 2010, el presidente Hugo Chávez lo expresaba con claridad: “Si países independientes como Irán y Venezuela combinaran sus potenciales, nuestro poder contra el imperialismo aumentará considerablemente”.

Pero la alianza tenía, asimismo, una visión geopolítica en la que estaba presente la voluntad de construir un bloque contrahegemónico de poder en el sistema internacional. Y ahí radicaba el principal desafío. En años precedentes, Chávez había hablado de cómo “Teherán y Caracas deben prestar ayuda a las naciones revolucionarias a través de la expansión y consolidación de sus vínculos”. El presidente Mahmud Ahmadineyad, enfatizaba esta idea “Proveer asistencia a las naciones oprimidas y revolucionarias y expandir el frente antiimperialista son dos de las misiones cruciales de nuestros países”.

Los analistas de inteligencia de EE. UU., Israel y el mundo occidental empezaron a alarmarse. Los periódicos dedicaron numerosos artículos a hablar del eje Teherán-Caracas como una amenaza a la seguridad de EE. UU. y sus aliados, reproduciendo las versiones que acusaban a Venezuela de acoger a militantes de Hizbulá y utilizar el puente aéreo entre las dos capitales iniciado en 2007, como escala en Damasco, como vía para el transporte de armas, drogas y dinero. Esta imagen de cooperación política, presentada como cooperación entre dos Estados “terroristas”, se reforzó desde la industria audiovisual con la célebre serie Homeland.

Además, EE. UU. e Israel veían con preocupación la defensa que hacía Venezuela del derecho de Irán a desarrollar su programa nuclear, tema que se usa actualmente para justificar la guerra abierta de ambos países contra Irán. En septiembre de 2005, Venezuela fue el único país que se opuso, argumentando falta de pruebas, a una resolución del Organismo Internacional de Energía Atómica de las Naciones Unidas (OEIA) que acusaba a Irán de violar el Tratado de No Proliferación de 1978. Desde EE. UU. se llegó a insinuar que Chávez podría estar enviando uranio venezolano a Teherán. Pero, como todo lo que tenía que ver con la relación Teherán-Caracas, se trataba de acusaciones sin prueba alguna.

El vínculo que Venezuela e Irán han establecido en las últimas décadas se ha presentado en los documentos de inteligencia y seguridad de EE. UU. como una amenaza. Sin embargo, desde una perspectiva antiimperialista, el conocido como eje Teherán-Caracas puede catalogarse como un legítimo ejercicio de construcción de un bloque contrahegemónico de poder, dirigido al reforzamiento del mundo multipolar. Una alianza que ahora se encuentra en peligro por el cambio de escenario que se ha producido en Venezuela.

La grieta en el eje de resistencia antiimperialista global

El punto de inflexión llegó el pasado 3 de enero. El secuestro del presidente Maduro fue celebrado por el ministro de Asuntos de la Diáspora de Israel como “un golpe fatal al eje global del mal y un claro mensaje para Ali Jamenei”. El mensaje se confirmó, semanas después, con el asesinato de Jamenei por los bombardeos de EE. UU. e Israel.

El éxito de la operación venezolana visto desde la perspectiva de EEUU ha espoleado su mal cálculo en Irán

No se puede negar que el éxito de la operación venezolana, desde la perspectiva de EE. UU., impulsó su mal cálculo de entrar en una guerra abierta contra Irán de la mano de Israel. Los destinos de Venezuela e Irán aparecen, pues, entrelazados pero el transcurso de los acontecimientos ha colocado a ambos países en una situación diametralmente opuesta respecto a su agresor. La innovadora fórmula de cambio de régimen ejecutada en Venezuela, defendida por Trump como un modelo a reproducir en Irán, se ha encontrado con la resistencia del Estado persa y ha trastocado los planes del imperialismo estadounidense de colocar a estas dos piezas del tablero geopolítico bajo su control.

Mientras Caracas ha optado por el pragmatismo con una negociación diplomática que llama, sottovoce, repliegue táctico, iniciando un nuevo momento en las relaciones con EE. UU. plagado de concesiones a los intereses estadounidenses que, sin embargo, se presentan por los dirigentes venezolanos como decisiones soberanas; Teherán ha entendido que la única forma de sobrevivir a largo plazo es resistir luchando, puesto que empezar un nuevo proceso de negociación con EE. UU., o llegar a acuerdos, no es garantía de respeto ni de paz, como se demostró el 28 de febrero.

Con el secuestro del presidente Maduro ha llegado el aparente secuestro de la política exterior venezolana. Así, tras los ataques ilegales y unilaterales de EE. UU. e Israel contra Irán, que incluyeron el asesinato de 168 niñas de una guardería, la Cancillería venezolana publicó un comunicado inaudito donde condenaba y lamentaba profundamente que en un contexto donde se desarrollaban negociaciones se hubiera optado por “la vía militar mediante ataques contra la República Islámica de Irán, desencadenando en las últimas horas una peligrosa e impredecible escalada de acontecimientos, incluidas las indebidas y condenables represalias militares en contra de los objetivos ubicados en distintos países de la región por parte de Irán”. Tras hablar de las víctimas civiles inocentes y hacer la correspondiente defensa de la paz y la solución pacífica de los conflictos, instaba a las partes a volver a la mesa de diálogo. El comunicado reprochaba la respuesta de Irán sin ninguna mención explícita a los responsables de los ataques. Generó tal polémica en Venezuela, un país en el que se estaban produciendo manifestaciones populares de apoyo ante la Embajada iraní, que fue retirado de las redes sociales.

El impacto global del 3 de enero venezolano

El 3 de enero venezolano está teniendo un impacto que trasciende las relaciones de Venezuela con sus aliados estratégicos, afectando a los equilibrios geopolíticos que se habían establecido en América Latina y el Caribe, y de esta región con el resto del mundo. El secuestro del presidente Maduro, y el nuevo momento de tutela neocolonial sobre las autoridades venezolanas, debilita las posibilidades de reforzar un bloque contrahegemónico de poder en el sistema internacional. Un bloque conformado por los países que, pese a sus diferencias políticas, suponen un contrapeso al orden estadounidense, precisamente en un contexto de transformaciones del orden mundial, cuando más se necesita construir un contrapoder al imperialismo reinante.

El ataque contra Maduro no ha afectado sólo a las relaciones con Teherán: también provocará más aislamiento de Cuba

Pero el 3 de enero no ha afectado sólo a las relaciones con Teherán, también con La Habana, provocando un visible distanciamiento que es funcional al interés de EE. UU. de aislar a las resistencias antiimperialistas y neutralizarlas. Que Venezuela haya cortado su suministro de petróleo a la isla en los últimos meses, seguramente por exigencias de Washington, propicia un marco más favorable para llevar al límite a la Revolución Cubana. EE. UU. habla abiertamente de repetir en Cuba la fórmula venezolana, buscando líderes dispuestos a encabezar un proceso de desmontaje de su sistema, en este caso del socialismo. De momento, Cuba tiene sólo un 3 de enero en su historia, el de 1961, cuando decidió romper relaciones con EE. UU. e iniciar una nueva inserción geopolítica en el mundo.

Por tanto, la jugada estadounidense en Venezuela es una carambola a muchas bandas donde confluyen control geoeconómico y reconfiguración geopolítica global. En su última Estrategia de Seguridad Nacional, la administración Trump establece como prioridad echar a los competidores extracontinentales que entorpecen su plena hegemonía en el hemisferio occidental. Por tanto, poner fin a la Revolución Bolivariana ya la Revolución Cubana tendría un doble objetivo: acabar con procesos que desafían a EE. UU. y expulsar a los retadores hegemónicos de la región que, según EE. UU., han podido penetrar por culpa de Cuba y Venezuela. El sueño dorado de la doctrina Donroe.

En conclusión, analizando los movimientos diplomáticos públicos, y las declaraciones de las actuales autoridades venezolanas, enfocadas a recuperar la normalidad económica de Venezuela a través de su pleno retorno a los mercados internacionales con el visto bueno de la administración Trump, el eje Teherán-Caracas parece resquebrajarse. Si la ruptura se acaba confirmando, EE. UU. e Israel se apuntarán una victoria que va mucho más allá de lo simbólico. Pero, a pesar de la incertidumbre sobre el futuro de la Revolución Bolivariana, la resistencia de Irán puede llevar a una derrota estratégica de los EE. UU. que perjudique sus planes para Asia Occidental, América Latina y el mundo. El horizonte de posibilidad está abierto.

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