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Sergi Picazo

Sergi Picazo

Periodista i editor de CRÍTIC

¿Tsunami democrático? Tres escenarios de la Cataluña postsentencia

La sentencia será, en cualquier caso, una derrota sin paliativos para los independentistas. ¿Cuál será la respuesta? El independentismo podría hacer lo que hace siempre... o explorar una tercera vía: escapar del terreno de juego que impone el Estado español

09/09/2019 | 19:00

Banderas independentistas en una manifestación de la Diada del 11 de Septiembre / JORDI BORRÀS

Todas las voces, publicadas y no publicadas, señalan que a mediados de octubre debería salir la sentencia del Tribunal Supremo sobre los presos independentistas. Todas las voces, publicadas y no publicadas, creen que la sentencia los considerará culpables como mínimo de sedición y de desobediencia. ¿Cuál será la respuesta del movimiento independentista? No hay respuesta posible que pueda conseguir la libertad inmediata de los presos independentistas. Quien diga lo contrario, sencillamente, lleva el independentismo a una nueva frustración, a peleas internas y a una indignación interna estéril. Será tan y tan frustrante que probablemente la Generalitat gobernada por los independentistas será la administración competente para mantener presos en cárceles catalanas a los presos políticos independentistas durante años y años. Y, no, ni Quim Torra ni Pere Aragonés no los liberarán por la fuerza.

En los últimos meses, se ha vendido la idea de que la respuesta a la sentencia judicial marcará la agenda política catalana de los próximos años. El independentismo se ha autoimpuesto una ‘deadline’ y un nuevo ‘hito’ sin ningún sentido práctico. Esto no ayuda nada al independentismo. La sentencia será, en cualquier caso, una derrota sin paliativos para los independentistas. Y ahora ya no hay nada que hacer más allá de los recursos judiciales que vendrán. El independentismo, en cambio, podría buscar una tercera vía: intentar escaparse del terreno de juego que impone el Estado español, un terreno de juego de juicios, legalidad, prisión, tercer grado, indulto… Hace meses que el independentismo ha vuelto a la fase de pedir libertad, amnistía y —casi— Estatut d’autonomia. Responder a los ‘ataques’ del Estado está poniendo el movimiento a la defensiva y en fase de resistencia en lugar de ir a la ofensiva como iba en otoño de 2017. De hecho, tras la sentencia, quedará una bandera libre que podrían agitar tanto independentistas como Comunes: la defensa de la amnistía para los presos independentistas. Es decir, una bandera defensiva y de resistencia. Pero que no cambia el terreno de juego de la batalla política ni del debate de ideas. Sigue en la lógica de acción-reacción liderada (siempre) por el aparato político-judicial y mediático del Estado español.

El mismo president Quim Torra ya ha dicho que no aceptará ninguna condena judicial contra los independentistas. ¿Qué significa esto? Nada. “Iremos hacia una confrontación democrática“, asegura el ‘puigdemontismo’. ¿Qué significa esto? Tampoco nada. “Ho tornarem a fer (lo volveremos a hacer)“, dijo el preso independentista Jordi Cuixart. ¿Qué significa esto? Puede significarlo todo y puede no significar nada. El uso de expresiones grandilocuentes, como recordábamos en CRÍTIC, ha sido una constante en los años del Procés. El lenguaje ha sido, es y será un campo de batalla político clave. Pero … detengámonos y analicemos, fríamente, qué podría pasar este otoño. Hay, al menos, tres escenarios posibles en la Cataluña postsentencia que habría que repensar con el objetivo de no volver a caer en la fe ciega y acrítica en las promesas de los partidos y dirigentes políticos que hablan de “construir república” o “aprovechar la sentencia para crear un nuevo ‘momentum’ independentista”.

Escenario indignado

Después de oír la sentencia, habría una convocatoria para hacer concentraciones en todas las plazas y pueblos de Cataluña, el fin de semana habría una gran manifestación en Barcelona convocada por la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium que se llenará con millones de personas —incluso no independentistas—, el cabreo será monumental, los editoriales de la prensa independentista y los tuiteros con más ingenio serán especialmente duros contra la represión judicial… e incluso los partidos harán cumbres y cumbres en Waterloo para hacer campañas para que la prensa hable de una “respuesta unitaria” aunque estén enfadados y mirando de reojo cada movimiento que haga el adversario. Pero … y después, ¿qué? Después, los presos independentistas seguirán en prisión, el Gobierno autonómico catalán seguirá funcionando —aunque sea a medio gas, sin presupuestos y con un gasto social recortado— e, incluso, tal vez algunos independentistas se plantearán la posibilidad de votar a favor de un futuro Gobierno liderado por el PSOE. Tras la oleada de indignación, el gobierno autonómico catalán seguiría presidido por Quim Torra durante, como mínimo, dos años más hasta los próximos comicios, y la mayoría de sus iniciativas políticas y legislativas no podrían conseguir el visto bueno del Parlament. ERC pediría, entonces, “un Gobierno de concentración soberanista”, pero es muy difícil que la CUP y los Comunes acepten entrar en un ejecutivo liderado por Quim Torra y los neoconvergentes.

Escenario electoralista-autonómico

El líder de ERC, Oriol Junqueras, en un artículo escrito desde la cárcel, defiende un nuevo adelanto electoral en Cataluña en caso de una sentencia condenatoria contra los líderes del Procés. Sería, pues, el cuarto adelanto electoral en menos de una década. Serían las quintas elecciones al Parlament en nueve años. Los republicanos ven unos nuevos comicios como una posible respuesta ante la parálisis del Gobierno actual y para mostrar la fuerza electoral del independentismo, que, en un ambiente calentado por una acción represiva del Estado, podría superar el 51% de los votos y formar un Gobierno con mayoría absoluta capaz de aprobar leyes y presupuestos propios sin depender de los Comunes y del PSC. Además, aunque esto no se dice en público, los republicanos piensan que podrían superar Junts per Catalunya por primera vez en unas elecciones al Parlament tras sus últimos buenos resultados electorales en las municipales y españolas. Ganen o no, superen el 51% o no, haya un Gobierno independentista con mayoría absoluta o no, el resultado sería un nuevo Gobierno autonómico en Cataluña con los mismos problemas por el control presupuestario del Estado. Sin embargo, quien puede o no convocar elecciones es únicamente el president. El día que ERC y la CUP aceptaron nombrar a Torra president del Govern… dieron el ‘botón nuclear’ de la convocatoria electoral a los neoconvergentes. Por lo tanto, será el puigdemontismo quien decidirá cuando hay elecciones, y lo hará cuando mejor le salgan las encuestas preelectorales. Lógicamente.

Escenario de ocupaciones y de protestas

Una opción más remota, pero que se plantea dentro de la izquierda independentista radical y algunos sectores del independentismo hiperventilado, es intentar un escenario insurreccional o pseudoinsurreccional ocupando vías públicas, aeropuertos o instituciones públicas. Algunas ideas de acciones masivas en la calle que aparecen ahora ya habían circulado, incluso en documentos internos de la ANC, como una posible acampada indefinida en el parque de la Ciutadella o, en este caso, delante de la Ciudad de la Justicia —como símbolo del poder judicial. El objetivo sería emular las ocupaciones del espacio público de movimientos tan potentes como las protestas de Hong Kong —en especial, el empleo del aeropuerto—, el Euromaydan de Ucrania, el 15-M en varias ciudades de España o el Ocuppy Wall Street en Nueva York. Estas iniciativas no podrían ser convocadas por ninguna organización para evitar los riesgos de una imputación judicial por sedición o rebelión como la que padecen actualmente Jordi Sánchez y Jordi Cuixart por los hechos ante la Consejería de Economía de septiembre de 2017.

***

El independentismo lleva peleándose internamente desde el día siguiente de la DUI para encontrar una respuesta imposible a un laberinto que no pueden resolver porque no la han creado ellos. Pero la pregunta ya no es “qué respuesta se debe dar”. El poeta uruguayo Mario Benedetti dijo aquello de que “cuando creemos tener todas las respuestas… de repente, cambiaron todas las preguntas“. El mundo ‘indepe’ no encuentra respuestas, seguramente, porque no está haciéndose las preguntas adecuadas: hay que ser conscientes de cuál es el marco del terreno de juego donde le está tocando jugar. “Cambiar la respuesta es evolución, cambiar la pregunta es revolución“, dijo el científico y pensador Jorge Wagensberg hace algunos años en una entrevista de Joan Barril en Catalunya Ràdio.

El independentismo debería reflexionar este nuevo curso político sobre cuál es la correlación de fuerzas, que se puede conseguir y qué no, cuál es la estrategia a largo plazo y cuál es la táctica a corto plazo. O vas al choque… o vas a la negociación. “Pero, si quieres la independencia por la fuerza, tienes que montar una guerrilla”, aseguraba José Fontana, el historiador vinculado al PSUC y con simpatías por el independentismo en una entrevista premonitoria en CRÍTIC en enero de 2016. “El independentismo debe ser consciente de que no permitirán una Cataluña independiente, porque somos una pieza demasiado importante del rebaño global del Estado para que te dejen marchar así. No necesitan ni el Ejército: es que les es suficiente con la Guardia Civil. No bromeemos con ello. La opción de ganar la independencia por la fuerza fue la opción que ETA intentó en el País Vasco y no lo logró y tuvo costes muy elevados. Es obvio que la única forma en que te puedes separar es si el otro acepta que te separes. No hay otra”.

Esto no quiere decir que no haya ninguna alternativa para el movimiento independentista. La historia no está escrita. Veremos qué pasa este nuevo curso: vienen curvas, abróchense los cinturones. “El futuro es un país extraño“, como decía Fontana y recordaban hace pocas semanas desde la Universitat Progressista d’Estiu de Catalunya (UPEC).

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