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García Oliver, las paradojas de un anarquista en el poder

La vida del anarcosindicalista Juan García Oliver (Reus, 1902 – Guadalajara, México, 1980) refleja las contradicciones de un tiempo convulso. Fue hombre de tribuna y luchador callejero: según sus propias palabras, “uno de los mejores terroristas de la clase obrera”. También llegó a ser ministro de Justicia del gobierno de España durante la guerra civil. A pesar de su importancia histórica, su figura no ha recibido la atención merecida, ni en Catalunya ni en el Estado español. Ayer, 20 de enero de 2022, se cumplieron 120 años de su nacimiento. El historiador e hispanista británico Chris Ealham, uno de los mejores conocedores del movimiento anarquista del siglo XX, narra en este perfil para CRÍTIC las claves de su vida y obra política

21/01/2022 | 07:00

Como bien escribía la poeta y militante anarquista Lucía Sánchez Saornil, “la vida de todos los obreros, y más aún si son revolucionarios, se parece: la fábrica, el taller, la cárcel, el Sindicato”. Pero dentro de este marco hubo militantes excepcionales. Juan García Oliver constituye un ejemplo de liderazgo dentro del anarcosindicalismo, un movimiento más bien de tipo asambleario que, antes de la guerra civil, no tenía una estructura burocrática. Sin embargo, su poder carismático, basado en su historia personal de lucha, a veces minó la democracia interna de la CNT. En ocasiones los relatos de su vida han estado envueltos en mitos y falsas percepciones, muchas veces generadas por sus propias memorias, el polémico libro El eco de los pasos, recientemente reeditado por Virus Editorial.

García Oliver es sin duda una figura controvertida: criminal y asesino para unos, héroe para otros, hasta sería vilipendiado en ocasiones por los suyos por su herejía “anarcobolchevique”; una paradoja: un revolucionario antiautoritario que se convertiría en uno de los hombres con mayor autoridad durante el “corto verano de la anarquía” del 36 y una de las figuras políticas más relevantes en la historia reciente de Catalunya, llegó a extender el alcance de su influencia hasta el ámbito estatal, cuando se convirtió en ministro de Justicia del gobierno republicano durante la guerra civil. Su historial revolucionario muestra una contradicción fundamental: cuando la revolución quedaba más lejos, destacó por su postura radical e insurreccional; y cuando la revolución brevemente se convirtió en una realidad en el verano del 36, optó por el frentepopulismo y la colaboración con el estado republicano.

Sentir la revolución en las entrañas

Nacido en Reus, en un hogar obrero muy humilde —sus padres eran obreros textiles— estuvo indeleblemente marcado por sus experiencias formativas y desde pequeño desarrolló un profundo sentido de clase: como muchos jóvenes moldeados en un ámbito proletario, llegó a apreciar las muchas injusticias de una vida de segunda clase, como tomar la leche de cabra más barata en vez de la leche de vaca. Jamás olvidaría sus raíces obreras, de las que siempre se sintió muy orgulloso. Conocía el hambre y decía que él sentía la revolución en sus entrañas antes de leer sobre ella en los folletos y libros —en sus memorias, repetidamente expresa su rechazo para los anarquistas sin raíces obreras—.

Conocido como ‘Joanet’ por sus más íntimos, García Oliver —que, como demuestra una tesis doctoral reciente, siempre usó el nombre Juan en su vida pública— dejó la escuela con once años, pero siempre anheló la cultura y el conocimiento. De niño estudiaba el francés de librillo por su cuenta. Inquieto y con ganas de descubrir nuevos lares, en 1916, con 14 años, se fue a Tarragona para trabajar de camarero, que fue su oficio en los primeros años de su vida obrera. Al año siguiente, con solo 15 años, llegó a Barcelona, la ciudad que formó sus perspectivas adultas.

Barricada con un tranvía volcado en la calle Torrent de l'Olla de Gràcia durante la Semana Trágica / JOSEP BRANGULÍ – ANC

Después de unos meses en la UGT, en 1919 se afilió a la CNT contestataria, que encajaba mejor con su carácter iconoclasta

En Barcelona encontró una ciudad en plena expansión urbana e industrial debido a la I Guerra Mundial, una Barcelona cada vez más cosmopolita, efusiva e insurreccional, gracias a la crisis revolucionaria europea. Presenció el verano caliente y revolucionario de 1917, y fue testigo directo de la represión del ejército contra los obreros huelguistas. Poco a poco se metió en la guerra social barcelonesa, pero todavía no era un revolucionario. Igual que su futuro compañero de lucha, Buenaventura Durruti, su primera afiliación sindical era de la UGT, ya que entró en la Societat de Cambrers en 1919, el año de la huelga de la Canadiense, la lucha titánica de la clase obrera barcelonesa. Fue desde el principio un sindicalista activo y no un afiliado sencillo. Por ejemplo, estuvo en la sede de su sindicato en la calle Cabanes para escuchar una conferencia del veterano ugetista madrileño Francisco Largo Caballero. ¡Poco podía imaginar que 17 años más tarde entraría en su gobierno como ministro de Justicia!

Su estancia en la UGT fue corta. En la calle, todo el mundo, por bien o por mal, reconocía que el anarcosindicalismo era la estrella ascendente del mundo sindical. Así que aquel mismo 1919 se afilió a la CNT contestataria, que encajaba más con su carácter iconoclasta, y entró en el antiguo Sindicato de Camareros que, con la creación del modelo organizativo de los sindicatos únicos en el congreso de Sants (1918), iba a formar una sección dentro del Sindicato Único de la Alimentación. Aunque tendría vínculos estrechos con el Sindicato de Madera —pues había sido barnizador en una época— y con el Sindicato del Textil, invariablemente trabajaba de camarero. De todos modos, la suerte estaba echada y su futuro estaría estrechamente unido al de la CNT durante las siguientes dos décadas.

Los reyes de la pistola obrera

Para detener la ola anarcosindicalista, las autoridades, presionadas por los sectores más radicalizados de la burguesía catalana, adoptaron una política de mano dura contra la CNT en 1919. En una guerra social cada vez más endurecida, comenzaron los años de plomo, cuando la policía y grupos armados paralelos, muchas veces subvencionados por la Federació Patronal, se dedicaron a detener, golpear y, en algunos casos, aplicar la ejecución extrajudicial, la llamada “ley de fugas”, contra los cenetistas más conocidos. Como reconoció en sus memorias, “la calle estaba al rojo vivo” y, en el curso de una huelga de camareros en el invierno del 1919, fue encarcelado por primera vez. En la cárcel conoció a Ramon Archs, la cabeza pensante de los grupos de defensa cenetistas. No por última vez, la cárcel fue su universidad, y, después de aguantar las palizas de los guardianes, salió a la calle endurecido y mejor preparado culturalmente para defender los fines revolucionarios de la CNT.

En 1922, con Durruti, Ascaso y otros, montó Los Solidarios, un grupo clave en la evolución del movimiento anarcosindicalista

Pasó la primera parte de 1920 siendo el “representante clandestino” de la CNT en la provincia de Tarragona, organizando nuevos cuadros sindicales en los pueblos, muchas veces con la pistola en el bolsillo para protegerse de los muchos grupos hostiles, como los carlistas, el Somatén o los pistoleros anti-CNT del Sindicato Libre, que lo sentenciaron a muerte en algún momento. En un contexto crítico para el futuro de la CNT, dio un paso adelante hacia la brecha para responder con vigor a la represión desde arriba y entró de pleno en la guerra asimétrica contra la patronal y el estado para defender la integridad y la continuidad del anarcosindicalismo. Así lo expresó unos años después:

Extracto del discurso de García Oliver (vídeo), en 1937, cuando ya era ministro de Justicia, durante la inauguración del mausoleo de Durruti, Ascaso y Ferrer Guardia en el cementerio de Montjuïc de Barcelona: “…en circunstancias muy aciagas para nuestro movimiento, muy tristes para toda la clase trabajadora. Dueños casi de la ciudad eran las bandas de pistoleros del Sindicato Libre que patrocinaba la patronal. Las hordas policíacas coadyuvaban a la obra de destrucción de nuestras organizaciones y de nuestros hombres… Cuando comprendimos nosotros que probablemente pudiera llegar el momento de que fuésemos absolutamente vencidos, nos unimos en aquel momento lo que no tengo vergüenza en decir, lo que tengo orgullo en confesar:¡los reyes de la pistola obrera de Barcelona! Pero hicimos una selección: los mejores terroristas de la clase trabajadora, los que mejor podían devolver golpe por golpe. Nos unimos y formamos un grupo, anarquista, un grupo de acción, para luchar contra los pistoleros, contra la patronal y contra el gobierno”.

Y así nació el célebre grupo de afinidad Los Solidarios en 1922, en Barcelona, en el que estaban jóvenes militantes de los grupos de defensas cenetistas, como Durruti, Francisco Ascaso, Alfonso Miguel y Aurelio Fernández, entre otros muchos, un grupo clave en la evolución del movimiento anarcosindicalista en el Estado español. Con 20 años, la vida del reusense se convierte en una serie de atentados, asaltos a bancos, complots, clandestinidad, cárceles y fugas en los que arriesgaba la vida para defender sus ideales.

Anarquistas conspirando con Francesc Macià

Fue detenido en agosto de 1923, un mes antes del golpe de estado del general Primo de Rivera, por un atentado contra unos pistoleros del Sindicato Libre en Manresa, así que pasó los primeros años de la dictadura en la cárcel de Burgos, hasta el invierno de 1925. Una vez liberado, se exilió en París, y allí tuvo mucho contacto con la comunidad de anarquistas émigrés, sobre todo españoles e italianos, incluyendo algunos defensores de la llamada “Plataforma de Archinov”, creada por anarquista rusos, que abogaba por la implantación de una buena organización político-militar y la inmediatez de la revolución. También estuvo involucrado en complots para asesinar a Mussolini y al rey Alfonso XIII, en el caso de este último durante su visita a París en el verano de 1926.

El mismo año García Oliver, Durruti y Ascaso estuvieron conspirando con Francesc Macià previamente a la confusa expedición armada de Prats de Molló (noviembre de 1926). Podemos concluir que fue la disposición de Macià a actuar contra la dictadura, más que su política, lo que atrajo a los hombres de acción anarquistas. Perseguido por la policía francesa, García Oliver tuvo que abandonar el país y fue detenido después de haber cruzado la frontera clandestinamente en octubre y encarcelado de nuevo en el penal de Burgos, que era, si no el peor, uno de los peores de aquella época; allí se quedó hasta que llegó el indulto con la proclamación de la República en abril de 1931.

García Oliver, segundo por la izquierda, con otros dirigentes anarquistas, en el Pueblo Español de Montjuïc, en 1931. Durruti es el primero por la derecha / W- COMMONS

La cárcel fue su universidad: llegó a poseer un nivel cultural extraordinario

La cárcel de Burgos fue su universidad: en esta tercera estancia se formó muchísimo intelectual y políticamente, y llegó a poseer un nivel cultural extraordinario, estudiando más allá de lo que el canon anarquista tradicional establece. Devoraba filosofía griega igual que Las flores del mal de Baudelaire. Por estos años también le influyó mucho la Technique du coup d’etat, de Curzio Malaparte, una especie de manual maquiavélico para tomar el poder en una sociedad moderna. Todo indica que ya había concluido que las tácticas de lucha armada, en gran parte impuestas sobre la CNT por las exigencias del contexto represivo después de la huelga de la Canadiense, representaban las piedras angulares de una nueva estrategia revolucionaria —más enfocada en los aspectos técnico-militares de una lucha por el poder que las huelgas masivas— que él mismo estrenaría en los primeros años republicanos.

El Rey de Reus’ y la gimnasia revolucionaria

Al salir de la cárcel con el nacimiento de la República, gozaba de un prestigio enorme debido a su historial de lucha y sacrificio desde joven, y era conocido entre muchos militantes barceloneses como El Rey de Reus. Orador hábil, fue consolidando su poder carismático desde la tribuna y dentro de los recién creados Comités de Defensa Confederales. Fue delegado en el Congreso de Madrid en junio de 1931, el primer congreso cenetista en una década, y se opuso a las iniciativas más anarcosindicalistas, argumentando que podrían resultar en una improbable burocratización de la CNT y/o en una igualmente improbable incorporación política de toda la clase obrera dentro de la nueva democracia republicana. García Oliver, por el contrario, defendía una política abiertamente insurreccional que combinase las huelgas con una lucha armada o “gimnasia revolucionaria” para preparar a los obreros en sus tareas revolucionarias y, a la vez, conservar la autonomía obrera y su separación de la política. Más adelante, impulsaría la formación del grupo de afinidad Nosotros (1932-1936), basado en los antiguos componentes del mítico grupo Los Solidarios, como Durruti y Ascaso.

Aunque Nosotros reunía a militantes que defendían posiciones maximalistas, el reusense y su compañero íntimo Alfonso Miguel se encontraron aislados, debido a su postura sobre el poder. En 1932, Miguel publicó un folleto (Todo el poder a los sindicatos) en el que defendía un “ejército revolucionario” para crear una “dictadura de la CNT”, y a principios de 1936 el reusense habló de “tomar el poder” en un par de reuniones en Barcelona. En la CNT, muchos militantes de diferentes tendencias coincidían en que García Oliver era un “anarco bolchevique autoritario”, considerado un descalificativo fuerte en los medios libertarios. A pesar de estas tensiones, otros tantos seguían viéndole como un anarquista ortodoxo, cuando su ideario claramente lo pone en cuestión.

Juan García Oliver, en dos momentos de su vida: de joven (en una imagen sin datar, probablemente de los años veinte) y de adulto, cuando estaba en el exilio en México, en 1947.

Se acercó al antifascismo y dejó de ser el revolucionario de antes que defendía un proyecto autónomo de autogestión obrera

En cualquier caso, podemos concluir que la política insurreccional de gimnasia revolucionaria —que resultó en dos ensayos insurreccionales, en enero y en diciembre del 33— fue un fracaso: debilitó a la CNT en el ámbito estatal y socavó la credibilidad de García Oliver, sobre todo después de los sucesos de 1934, cuando el “octubre rojo” asturiano —protagonizado por todos los grupos obreros de la zona (socialistas, comunistas y anarcosindicalistas)— puso de relieve las limitaciones de su táctica más exclusivista, que no pudo movilizar ni tan siquiera a una fracción de los cientos de miles de cenetistas. Cuando se hizo un balance de las luchas de aquellos años en el congreso de Zaragoza (mayo de 1936), García Oliver recibió duras críticas de los delegados. Si bien es verdad que las insurrecciones frenaron las posibilidades de una institucionalización de la clase obrera, resulta más que discutible que debilitasen a la República: las autoridades fueron capaces de reprimir los movimientos armados de los Comités de Defensa Confederales, pero no consiguieron hacer lo mismo con los golpistas en julio del 36.

En la cima del poder

A finales del llamado “bienio negro” de la República (1933-36), García Oliver se acercó al antifascismo y, stricto sensu, dejó de ser un revolucionario, o dejó de ser el revolucionario de antes que defendía un proyecto autónomo de autogestión obrera. En ningún momento intentó desarrollar el modelo asturiano de antifascismo revolucionario basado en la Alianza Obrera. Es verdad que, en privado, defendió la “toma del poder”, pero se alineó con la política de los comités superiores de la CNT de suspender el abstencionismo para que los obreros votasen a las fuerzas políticas de izquierda y de la clase media liberal-republicana en las elecciones de febrero del 36. Y durante la crisis política, golpe militar, revolución y guerra civil, defendió el antifascismo interclasista. Todos sus compromisos políticos posteriores, incluyendo los que llevó a cabo durante su época de ministro, se pueden explicar como resultado del frentepopulismo de los líderes cenetistas, no como “traición” personal a los valores anarquistas.

En el centro de la imagen, Frederica Montseny y Juan García Oliver, ministros de la CNT, con dos miembros más del gobierno español de Francisco Largo Caballero / ANC
Visita a la Escuela Popular de Instructores, ya como ministro de Justicia / ANC
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Fue uno de los cuatro ministros anarquistas que entraron en el Gobierno del socialista Largo Caballero

En julio del 36, García Oliver llegó a la cima de su poder, al igual que la CNT. Su intervención valiente y, a veces, decisiva, en la vanguardia de la lucha callejera contra los golpistas los días 19 y 20 de julio, eclipsó las sombras de su vida como militante de los meses anteriores. Mostró astucia táctica en varios momentos y tomó la iniciativa en los combates, sobre todo en el asalto final al cuartel de las Drassanes, cuando su amigo y compañero de lucha, Ascaso, murió a su lado. En las palabras del antifascista italiano Carlo Rosselli, fue “el ídolo de la Barcelona proletaria”. Y no es sorprendente si pensamos en el retrato que nos dejó el periodista de Pravda Mikhail Koltsov del reusense como un hombre “de color verde oliva, hermoso, con una cicatriz en la cara, fotogénico, sombrío… un orador experto, ardiente y hábil”. Según uno de los líderes de las juventudes libertarias, “era para nosotros el líder por excelencia. Lo admirábamos; más aún, lo idolatrábamos”.

Julio fue clave en la creación de una nueva mitología (que se puede leer en su El eco de los pasos), sobre todo la idea equivocada de que García Oliver representaba una alternativa revolucionaria al frentepopulismo. Es verdad que en una reunión de notables cenetistas, el 23 de julio, defendió el “ir por el todo” (o sea hacer la revolución), una propuesta que fue rechazada por la mayoría. Pero analicemos a las figuras históricas por sus acciones, no por sus palabras. De hecho, cuando una minoría de revolucionarios abandonó la reunión en protesta por el frentepopulismo cenetista, él se quedó y, en los meses siguientes, jamás se alineó con los sectores disidentes que de verdad querían ir a por el todo. De hecho, durante el periodo 1936-37 persiguió y amenazó a esos grupos radicales. No se puede ignorar que fue, en la práctica, un defensor acérrimo del frentepopulismo y los compromisos con el poder. En julio de 1936, entró en el Comité de milicias antifascistas, un de facto gabinete de guerra frentepopulista vinculado a la Generalitat y creado desde dentro del gobierno autonómico para coordinar las milicias populares.

El ministro ‘bombero’

No hay que confundir el Comité de milicias con una entidad revolucionaria. La revolución de julio estaba en la calle y sus barricadas, en los barrios y en las fábricas; y fue una revolución de comités populares. Vale la pena notar que esa revolución —muchas veces protagonizada por los “piojosos” y los “murcianos” vilipendiados en la imaginación catalanista— permitió a Cataluña un nivel de independencia del gobierno central absolutamente insólito en la época contemporánea, con milicias obreras controlando las fronteras, por ejemplo.

El Comité de Milicias Antifascistas, con el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, después de su disolución en 1936. García Oliver está en el centro de la imagen, con camisa blanca / JOSEP M. SAGARRA – ANC

García Oliver no participó directamente en la revolución —a partir del 21 de julio, entró en los pasillos del poder y, en la práctica, ayudó a restablecer el poder del estado republicano tan perjudicado por el golpe militar y la reacción popular—. En septiembre, aceptó la disolución del Comité de milicias, que trajo el fortalecimiento del poder del Gobierno catalán; y en noviembre fue uno de los cuatro ministros anarquistas que entraron en el Gobierno central de la República. Como colofón, en mayo del 37, cuando los revolucionarios volvieron a construir barricadas en las calles de Barcelona para hacer frente a la erosión de su poder local, el ministro se convirtió en bombero cuando llegó de la sede del Gobierno central en Valencia para negociar la rendición de los insurrectos. Su papel significó el ocaso del poder cenetista en Barcelona y, sin saberlo, del propio poder del reusense, que fue apartado del gobierno ese mismo mes. En fin, se puede concluir que su “ir por el todo” de julio del 36 había sido más bien un guiño a su pasado revolucionario. No es posible ignorar su práctico compromiso con el poder, algo curiosamente impulsado por su afán de defender a la CNT, el mismo impulso que le obligó, en el período anterior, a la defensa armada de su sindicato.

El vacío del exilio

Para concluir, la vida de García Oliver, un líder carismático en un movimiento que formalmente rechazaba los liderazgos, encarna muchas de las contradicciones de la historia del anarcosindicalismo. Fue un agitador profesional que no logró transformar su maestría con la pistola y la ametralladora en una política revolucionaria perspicaz. Es más, su moderación aumentó justo cuando las posibilidades revolucionarias estuvieron más cerca. Si bien en el periodo 1931-34 criticaba a sus rivales dentro de la CNT por lo que él veía como su deseo de burocratizar a los sindicatos y anular las energías revolucionarias, más tarde, en el periodo revolucionario de 1936-37, se convirtió en el hombre fuerte de la CNT jerarquizada y burocratizada, apoyó a la autoridad republicana en el Comité de milicias y en el gobierno en defensa del antifascismo y sus acciones debilitaron activamente a las bases del poder popular. De esa manera, nos hace cuestionar el tópico de que los líderes de la CNT eran incapaces de hacer sacrificios para mantener la coalición frentepopulista: primero, García Oliver sacrificó su historial de revolucionario y luego, en 1939, se lanzó al vacío del exilio.

Aunque García Oliver había estado en el exilio durante la dictadura de Primo de Rivera, nada le había preparado para estar aislado de su país de origen el resto de su vida, o sea, casi 40 años. No volvió a pisar España y vivía un doble exilio: de su país y de las actividades militantes cotidianas que daban un significado a sus primeros 37 años de vida. Obligado a abandonar Francia en 1939 debido al acoso de la Sûreté nationale, estaba apartado del centro neurológico de la lucha antifranquista en Toulouse, residiendo en México desde 1941. Hay nuevas sombras de ese periodo, su entrada en la masonería y su proyecto fallido de crear un partido político obrero. Si el exilio fue una tragedia colectiva para el cenetismo, García Oliver vivió una tragedia personal, con la muerte de su único hijo de 24 años en un accidente de tráfico en 1964. Dieciséis años después, murió solo, en Guadalajara, México, en 1980. Su gran legado es su libro de memorias controvertido y, a la vez, imprescindible para entender la historia político-social de la primera parte del siglo pasado, un texto escrito por un septuagenario amargado y vanidoso, bastante lejos del militante abnegado que se jugó la vida en las calles barcelonesas medio siglo antes.

* Las imágenes que ilustran este reportaje han sido extraídas del libro El eco de los pasos, editado por Virus Editorial, a quien agradecemos las gestiones para su cesión.

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