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Opinió
Arantxa Tirado

Arantxa Tirado

Politòloga i coautora del llibre 'La clase obrera no va al paraíso'.

El asalto al Capitolio: ¿’reset’ de la democracia estadounidense?

Es un error creer que los problemas de EEUU y su democracia comenzaron con Trump y acabarán con su salida del gobierno

09/01/2021 | 13:25

Explosió causada per una munició policial mentre els partidaris de Donald Trump es reuneixen davant l’edifici del Capitoli / REUTERS

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Un hombre con cuernos de bisonte y la bandera de su país pintada en la cara ha sido la imagen del asalto al Capitolio. Este esperpento, que parecía salir de una actuación de los Village People y que ha dado para miles de “memes” y bromas de alcance mundial, ha sido visto como la metáfora de la descomposición política de un imperio en decadencia, los Estados Unidos de América (EEUU). Pero esta imagen, más o menos graciosa y que se ha visto como una especie de justicia poética desde los países que han padecido auténticos golpes de Estado y procesos de desestabilización política “made in USA”, no puede servir para esconder la gravedad de lo que está pasando en la mayor potencia del mundo.

En la sociedad del espectáculo y las redes sociales, donde vivimos bombardeados constantemente por una infinidad de noticias y estímulos visuales, es difícil que nos lleguemos ya a sorprender. Las imágenes, así como los acontecimientos, han de ser cada vez más impactantes. Después de asistir en directo al choque de un avión contra una de las torres gemelas el once de septiembre de 2001 en Nueva York, parecía que pocas cosas podían llegar a impactar a la sociedad estadounidense y a la opinión pública occidental. No obstante, los manifestantes que penetraron en el Capitolio el pasado 6 de enero, con la posible connivencia de unas fuerzas policiales aparentemente sobrepasadas, lo consiguieron.

Pero, igual que después de los atentados del 11-S, con los cuales algunos expertos en seguridad han llegado a comparar los hechos, son muchas las preguntas que quedan en el aire: ¿quiénes son estos manifestantes? ¿Por qué pudieron entrar armados a un edificio gubernamental, sin obtener resistencia, en el país que tiene uno de los principales niveles de control y seguridad del mundo? ¿La contrainteligencia del país no estaba avisada? ¿Por qué no se evitó una acción que ya se había dado durante la pandemia en otros edificios gubernamentales de diversos Estados y que era, por tanto, previsible? Y, quizás, la más importante, ¿a quién beneficiaba que esta acción se pudiera realizar y retransmitir al mundo?

La llegada de Trump a la Presidencia es la expresión del descrédito del sistema democrático estadounidense entre sus propios ciudadanos

Las protestas “Stop the Steal” (Paremos el Robo) surgen de la creencia, por parte de muchos seguidores de Donald Trump, del carácter fraudulento de las elecciones de noviembre de 2020. Esta idea ha sido posicionada por el mismo Trump, quien se negó a reconocer los resultados y amenazó con impugnarnos por la vía judicial. Así, el todavía presidente de los EEUU inició un pulso a su propio sistema electoral y, por extensión, al sistema democrático estadounidense tal y como lo conocemos, para conseguir mantenerse en el poder. Desde ese momento, la idea de que Trump está acabando con la democracia estadounidense, al desconocer el funcionamiento de sus instituciones, se ha vuelto un cliché entre los analistas de los medios de comunicación.

El president dels Estats Units, Donald Trump, fa un discurs, un dia després que els seus seguidors assaltessin el Capitoli / REUTERS

Sin embargo, una mirada más profunda sobre los orígenes y la evolución de la democracia estadounidense nos ayudaría a entender que la llegada de Trump a la Presidencia no es más que la expresión del mismo descrédito del sistema democrático estadounidense entre sus propios ciudadanos. Una democracia con grandes limitaciones, visibles en un sistema electoral que no está diseñado para fomentar la participación sino todo lo contrario; donde el racismo estructural es una herencia viva de la segregación racial y la esclavitud de origen; donde, a pesar de ser una potencia mundial, tiene al 10% de su población en la pobreza; donde la marginalidad y la incertidumbre vital crece entre muchos trabajadores; y donde la guerra y el imperialismo son elementos indispensables para entender la posición todavía hegemónica de EEUU en el mundo.

Por tanto, es un error creer que los problemas de EEUU y su democracia comenzaron con Trump y acabarán con su salida del gobierno. Decimos gobierno y no poder porque Trump, a pesar de haber sido el presidente, no ha tenido todo el control del poder real de EEUU. Si esto es cierto en todos los países del mundo, en los que hay una serie de poderes fácticos que ponen límites al ejercicio del poder gubernamental, en el caso de EEUU es incluso más cierto. Además de los tradicionales check and balances que controlan la acción presidencial, con los cuales se diseñó el modelo estadounidense para evitar los excesos y abusos en que podría incurrir el poder ejecutivo o cualquier otro poder, en el caso de Donald Trump es cierto que no tuvo el beneplácito de amplios sectores de la burocracia vinculada al Departamento de Estado o a la comunidad de inteligencia.

Trump es la expresión de una parte de la élite y el establishment que apuesta por otras salidas a la crisis multifactorial en la que se encuentra EEUU

Este enfrentamiento con un sector del establishment no implica que Trump haya sido anti-establishment, ni tan siquiera un outsider del sistema, como él se presentaba. Difícilmente puede serlo un empresario multimillonario, capaz de llegar a la Presidencia de EEUU con avales de grandes fortunas, vinculado al lobby sionista gracias a los contactos de su yerno, Jared Kushner, y acompañado por el lobby del exilio anticastrista. Trump es, en todo caso, la expresión de una parte de la élite y el establishment que apuesta por otras salidas a la crisis multifactorial en la que se encuentra EEUU y que, con visión amplia, se podría caracterizar como un declive hegemónico. Ante la conciencia de la pérdida de influencia política y presencia económica en un sistema internacional en transición geopolítica, las élites tienen diferentes lecturas de cuáles han de ser las políticas domésticas y las alianzas internacionales de EEUU.

Algunos sectores apostaron por el Make America Great Again! de Trump pero este proyecto ha despertado unas fuerzas internas con las que quizás no contaron y ha demostrado no ser tan agresivo, como otras élites quisieran, con algunos de los enemigos tradicionales de EEUU, como es la Federación de Rusia. La volatilidad de Trump era difícilmente controlable y suponía un peligro para la política exterior y de seguridad de EEUU. Por eso, sus asesores llegaron a esconderle documentos, como nos explicó Bob Woodward en el libro ‘Fear‘.

Seguramente, Donald Trump es uno de los peores presidentes que ha tenido EEUU pero los análisis que lo convierten en la encarnación de todos los males, la expresión del riesgo de los “populismos” (término vacío de contenido desde el momento en que se usa, interesadamente, para calificar a opciones políticas muy diversas, con un propósito denigrante y no analítico) y una amenaza para el orden de las democracias liberales, no han entendido todavía que el problema no es Trump, el problema es el sistema. Los Trump de turno son, precisamente, la respuesta de las democracias liberales cuando ven que el descontento social puede ser canalizado hacia posiciones de ruptura que rompan con el capitalismo existente. Como la Historia lo demostró en el siglo XX, el miedo al socialismo generó monstruos como el nazismo. A pesar de las múltiples diferencias, hay muchos paralelismos que se podrían hacer entre la década de los años treinta y la actualidad. Y quizás algunos ya se han dado cuenta de que, en este momento de riesgo de colapso de las estructuras internacionales y del orden que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial, agravado por el impacto global de la pandemia, dejar las riendas del mundo a un pirómano imprevisible no era buena idea.

Trump no es el “populista” que el sistema necesita en estos momentos si quiere salvar, efectivamente, la democracia liberal tal y como fue diseñada

Y esto no es debido a que Trump sea un “populista” sino al hecho de que no es el “populista” que el sistema necesita en estos momentos si quiere salvar, efectivamente, la democracia liberal tal y como fue diseñada. El problema es que las contradicciones son tan grandes, y la tendencia natural del capitalismo al empobrecimiento masivo y a la polarización social tan acelerada por el impacto económico del coronavirus, que el sistema se encuentra en una encrucijada. Ha de optar por cambios, pero cambios controlados desde arriba, el famoso reset que no es más que la reinvención del capitalismo que ya propusieron líderes como Nicolas Sarkozy a raíz de la crisis de 2008. Se necesita un capitalismo con rostro humano, controlable, y aparentemente más horizontal en la distribución del poder doméstico e internacional, pero donde EEUU continúe ejerciendo el “liderazgo moral” y la preeminencia económica que tuvo durante muchas décadas, con el consenso del resto de la “comunidad internacional”.

Manifestants a fora del Capitoli dels Estats Units REUTERS/Shannon Stapleton

Viendo la presencia de China en el comercio mundial, el peso de las empresas no estadounidenses en la economía global o los movimientos en el sistema internacional actual, parece bastante difícil y, más todavía, que EEUU pueda hacerlo de la mano de personajes como Donald Trump. Conviene aclarar que el hecho que Trump haya puesto aranceles a China o desestimado proyectos de creación de bloques económicos y geopolíticos de libre comercio no implica que Trump haya querido poner fin a la internacionalización de la economía en una lógica imperialista, la mal llamada “globalización”, ni acabar con el papel de hegemón de EEUU en el sistema internacional, sino que quiere que este intercambio se haga en un marco con todavía más garantías para el enriquecimiento del capital nacional y calibrando, con su mentalidad empresarial, los beneficios económicos del expansionismo bélico de EEUU.

Y tampoco es debido a que Trump encarne la defensa del pueblo frente a una élite global del 1%, como dicen algunos iluminados, seguidores de teorías conspiranoides de todo tipo. Es cierto que, por su discurso demagógico, Donald Trump ha podido llegar a conectar con sectores sociales marginados que, conviene recordarlo, no comparten intereses de clase con Trump y su proyecto político, pero que ven en él la única opción para cambiar algo en su país (recordemos en este punto los movimientos del propio Partido Demócrata para impedir que un candidato con un proyecto más transformador, como Bernie Sanders, pudiera tener opciones a la Presidencia). Pero, no nos equivoquemos, no es la clase trabajadora la que se encuentra detrás de Trump ni la que ha apostado por él mayoritariamente, al menos la organizada, ya que si vamos a los datos del porcentaje de financiamiento electoral de los sindicatos de trabajadores en la última campaña, que fue sólo el 1,3% del financiamiento global, el 87% fue a parar al Partido Demócrata y el 13% al Partido Republicano.

La clase trabajadora, al menos la organizada, no es la que se encuentra detrás de Trump ni la que ha apostado por él mayoritariamente

Tampoco se puede afirmar que Trump representa los intereses de los marginados sociales o de la clase trabajadora blanca porque ha sabido conectar con algunos elementos de la ultraderecha y las teorías de la conspiración presentes en ella. Asimilar a la clase trabajadora blanca con la ultraderecha no deja de ser un ejercicio de intencionalidad política que, confundiendo la parte con el todo, pretende culpabilizar a la clase obrera del auge de la ultraderecha, con toda una serie de estereotipos simplistas y desde prejuicios elitistas. Es lo mismo que escuchamos en el Estado español con el caso de Vox o lo que hemos escuchado durante años sobre la emergencia de la ultraderecha en cualquier país de Europa. Es una construcción peligrosa porque a veces se esconde bajo un discurso de supuesta defensa de estos sectores marginados que pretende decir que sólo la ultraderecha sabe entender lo que quiere la clase obrera, presuponiendo, además, que esta es reaccionaria y homogénea en términos étnicos, en su posicionamiento nacional o en sus preferencias sexuales, siempre asociada a valores conservadores. Nada más lejos de la realidad.

Seguidor pro-Trump assaltant el Capitoli REUTERS/Jonathan Ernst

Así que, retomando algunas de las preguntas iniciales, podríamos decir que el asalto al Capitolio, sin duda incitado por un Donald Trump que se niega a aceptar la evidencia electoral en su contra, ha sido funcional a quienes quieren que todo cambie para que nada cambie. Igual que Trump, que tampoco pretende acabar con la estructura económica que se encuentra en el origen de los problemas, el capitalismo, ni con la “globalización”. El capital estadounidense, que tampoco es homogéneo, tiene sus propios planes y quizás se ha dado cuenta o ha confirmado, según sea el caso, que optar por un Trump no es la respuesta si se quiere mantener la formalidad democrática que garantizaba el consenso y permitía formas más sutiles e inteligentes en el ejercicio del poder.

Escenificar un ataque del cual la democracia estadounidense se tiene que defender con toda la fuerza, incluyendo la acción de gigantes económicos vinculados al capital de las empresas tecnológicas que han cancelado las cuentas de Trump en las redes sociales, en un ejercicio más de arbitrariedad de estas corporaciones, sin ningún respaldo democrático, envía un mensaje muy potente al mundo. Las repercusiones políticas que el asalto al Capitolio, como colofón de la Presidencia Trump, tendrá en EEUU y más allá sirven para establecer un precedente disuasorio para futuros experimentos políticos que se quieran hacer en el centro del orden capitalista (ya sabemos que en la periferia EEUU puede ensayar cualquier liderazgo teledirigido, sin importar si arrasa con la democracia formal) por parte de grupos políticos que no estén dentro de determinados márgenes de lo que es posible y permisible por el sistema. Pero, sobre todo, estos hechos están sirviendo de excusa para desviar el debate fundamental de donde debería de estar “por qué no funciona la democracia en EEUU para tantos millones de personas”, hacia donde se quiere reconducir: cerrar filas en defensa de un modelo democrático que lleva décadas mostrando el efecto de sus contradicciones y su incapacidad para garantizar una vida digna al conjunto de sus ciudadanos, para cancelar cualquier debate sobre las alternativas posibles a la democracia liberal y al capitalismo.

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