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Opinió
Jose Mansilla

Jose Mansilla

Antropòleg urbà i professor universitari

Collboni a los mandos de Barcelona, SA

El alcalde socialista no parece liderar un gobierno municipal, sino una empresa, para la que cuenta con un tripartito: el PSC, los gremios de hoteleros y de restauración y el RACC

14/06/2024 | 06:00

Presentación del dispositivo de verano del Pla Endreça, el pasado 24 de mayo / POL SOLÀ – ACN

Este 17 de junio se cumple un año de la vuelta a la alcaldía de Barcelona del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC). Lo hace, además, de la mano del que durante gran parte de las dos legislaturas anteriores fue el segundo de abordo del gobierno municipal encabezado por Ada Colau, Barcelona en Comú (BeC), Jaume Collboni. Cabe recordar que la llegada de Collboni a, como él se ha encargado de señalar, el mejor empleo del mundo en la mejor ciudad del mundo, fue, cuando menos, peculiar. Y lo fue porque el PSC resultó segundo en las elecciones locales, diez concejales y casi 37.000 votos menos que el ganador de los comicios, Xavier Trias, y su plataforma Trias x Barcelona, y a solo menos de 200 votos de BeC que, finalmente, obtuvo nueve regidores y quedó como tercera fuerza política. La fuerte bajada de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que finalmente sacó únicamente cinco concejales, y la ausencia de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), hacía imposible la configuración de un gobierno entre fuerzas independentistas por lo que, en una jugada aún hoy ampliamente recordada, BeC optó por dar la alcaldía a Collboni, con el inestimable apoyo del Partido Popular (PP), intuyendo y posibilitando una posterior coalición entre fuerzas de izquierda y centro-izquierda, un tripartito donde se incluiría ERC y que, sobre todo, cerraría las puertas a una más que posible sociovergència encabezada por Trias.

Sin embargo, cuando se cumplen doce meses de la vuelta del PSC a la alcaldía de la ciudad, no hemos sido testigos de la mencionada coalición progresista, aunque Collboni no ha necesitado una sociovergencia para desarrollar una serie de políticas que, más que de centro-izquierda, parecen acercarse más al estilo business friendly de la antigua Convergència i Unió (CiU). El presente artículo va, precisamente, de eso, de mostrar cómo, en una ocasión tras otra, un PSC en solitario, con solo 10 concejales de 41, parece comportarse como un gobierno en coalición, aunque entre él y los diferentes lobbies que existen en la ciudad, y recordándonos que, aunque con algún tinte social, el PSC siempre será el PSC.

Fue el geógrafo marxista David Harvey el que, en su canónico texto de 1989, From Managerism to Entrepreneurism, ya señalaba que el papel de las administraciones locales bajo la nueva y actualizada versión del sistema capitalista, el neoliberalismo, parecía obedecer más a una dinámica de gestión que de gobierno. Es decir, en considerar a las ciudades, y a sus ayuntamientos, básicamente como herramientas para la continuación de las dinámicas de acumulación de capital en manos del sector privado, pasando de ofrecer y garantizar determinados servicios públicos bajo su competencia directa, a facilitar la labor de las empresas sobre las diferentes esferas mercantilizables que ofrecían las ciudades. Los gobiernos municipales pasarían de oferentes de servicios a auténticos consejos de administración e impulsores de la colaboración público-privada de una mercancía llamada, en este caso, Barcelona. Para esta forma específica de hacer política no haría falta contar, por otro lado, con una mayoría absoluta, de un carácter u otro, que permitiera aplicar políticas contra-inerciales a los procesos que ya operan en las ciudades, basta con dejar actuar a estos.

El Pla Endreça ha sido la gran apuesta de Collboni en su primer año de gestión: es una medida neohigienista y con un punto de teatralidad

Entre las tareas que se reservan los Ayuntamientos bajo esta nueva óptica política estaría la de engrasar el motor legislativo, es decir, desregular y eliminar aquellas normativas que puedan impedir la acción del sector privado o supongan obstáculos en su libertad de acción, pero también, la de ofrecer seguridad, mantener el orden y ordenar la ciudad en aras del despliegue proactivo de las fuerzas del mercado. En Barcelona esto se ha venido en llamar Pla Endreça.

El Pla Endreça ha sido la gran apuesta de Collboni durante su primer año de gestión. Nacido nada más tomar el poder, el plan también podría llamarse Pla “No-soc-la-Colau”, ya que su objetivo principal parece ser diferenciarse claramente de los anteriores gobiernos en su gestión y aproximación a las calles y plazas de la ciudad. Unos gobiernos en los que el PSC participó pero que ahora parece querer hacernos creer que solo estaba por allí de invitado. El Pla Endreça es una medida de carácter neohigienista caracterizado por otro de los grandes elementos que caracterizan las medidas neoliberales: la dramatización. Esto, que ya fue referenciado por el sociólogo francés Loïc Wacquant en 2009 en su obra Castigar a los pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social, supone añadir un punto de teatralidad a la acción municipal. Así, en el caso del Pla Endreça, el cual ve reforzado el presupuesto destinado a aspectos como la limpieza viaria, esto se evidenciaría a la hora de mostrar que este refuerzo del servicio no es la meta principal, sino, más bien, convertirse en una estrategia comunicativa, esto es, hacer ver que se está haciendo algo. Es por esto que ahora nos tropezamos en las marquesinas de los autobuses con publicidad institucional del Pla o, incluso, la escuchamos en algunas de las más conocidas cadenas de radio, se oyen más sirenas por las calles de Barcelona, se ve pasar al servicio de limpieza a horas que antes no era frecuente o nos cruzamos con más miembros de la Guardia Urbana: no es que antes no estuvieran, es solo que se hacen más presentes.

No solo se piensa en una ciudad atractiva para los turistas y para la inversión, sino también en una ciudad de y para las clases medias

El carácter neohigienista del Pla no solo se centra en cuestiones vinculadas al cuidado del espacio público, sino que sitúa en el mismo plano aquellos elementos que pudieran enturbiar, es decir, ensuciar, la imagen de la ciudad. Es por esto que el Ayuntamiento de Barcelona se ha puesto manos a la obra en la tarea de, entre otras cosas, dificultar el empadronamiento de aquellos colectivos vulnerabilizados que no cuentan con un domicilio fijo, o cambiar el sistema de acogida que hasta ahora dotaba de alojamiento en pensiones locales o cercanas a aquellas familias que habían perdido su vivienda habitual debido a problemas sociales y económicos. Se avanza, así, no solo en una ciudad atractiva para los visitantes, turistas, y la inversión, sino también en una ciudad de y para las clases medias. Una ciudad así, por otro lado, no puede permitir la vida en los intersticios, de forma que todos aquellos que no puedan subirse al carro del clasemedianismo, se ven ineluctablemente situados bajo la lupa de la acción municipal. Se suceden, de esta manera, los desalojos de centros como la Tancada Migrant, local público donde sobrevivían hasta 37 migrantes en situación irregular que, además, se había convertido en un importante nido de activismo y articulación social para el barrio del Raval.

No obstante, no queda aquí la acción política del PSC. Aun contando con una destacada minoría en el Pleno del Ayuntamiento, se las ingenió, pactando a su derecha, para aprobar definitivamente una significativa reducción en la tasa que pagan las terrazas de bares y restaurantes por ocupar el espacio público urbano, pero también para detener el Programa Superilla, estandarte de la legislatura anterior, en un claro guiño a las críticas que el RACC había realizado al mismo, aludiendo, eso sí, a lo caro que resulta y apostando por un viejo-nuevo programa: la recuperación de los interiores de manzana del Eixample, algo que presenta enormes dificultades, y tampoco es barato, a la hora de realizar las expropiaciones pertinentes. El Gremi d’Hotelers tampoco ha sido olvidado por el equipo de Collboni, tal y como puede verse en las declaraciones realizadas por distintos miembros del PSC a la hora de señalar la necesidad de modificar el Pla Especial Urbanístic d’Allotjaments Turístics (PEUAT) para poder dar cabida a nuevos hoteles en el centro, eso sí, de turismo de calidad (sic!).

Si el turismo ha tocado techo, no se entiende que el Ayuntamiento continúe vendiendo la ciudad al mejor postor, como está haciendo

Las políticas turísticas del nuevo Ayuntamiento también forman parte del paquete neoliberal. Las recientes declaraciones del PSC en torno a la necesidad de acabar con los apartamentos turísticos, apostando, sin embargo, por una ampliación del Aeropuerto y sin contar con una coordinación metropolitana en torno a los equipamientos hoteleros, solo puede analizarse bajo la consideración de que el objetivo es desviar los actuales usuarios de este tipo de acomodo hacia la planta hotelera que representa el Gremi d’Hotelers, además de poder ser considerada como otra medida de tipo teatral. De la misma forma, hemos de acercarnos al cambio de parecer relacionado con los nuevos muelles del Port de Barcelona. Mientras que hace solo unos meses se apostaba por la autogestión de las compañías náuticas, ahora se quiere limitar el número de cruceros y cruceristas que visitan la ciudad.

Si verdaderamente, como dicen desde el Ayuntamiento y la patronal, el turismo ha tocado techo, no se entiende que se continúe vendiendo al mejor postor la ciudad como se está haciendo. De este modo, no solo nos encontramos con la celebración de un evento tan extraño a la tradición de la ciudad como la Copa Amèrica 2024, sino también algunas de las celebraciones a él vinculadas, como el cierre del Parc Güell para que la empresa Louis Vuitton llevé a cabo un desfile; con las negociaciones para que el Tour de Francia salga de Barcelona en 2026; con la acogida, ya el pasado año, de una etapa de la Vuelta Ciclista a España, o con la organización de un espectáculo de Fórmula 1 en el Passeig de Gràcia.

No podemos dejar pasar, tampoco, otras medidas, tanto anunciadas como ya aprobadas, que abundan en este tipo de orientación política. Entre las mismas podríamos encontrar la modificación de la normativa que obliga a destinar el 30% de las nuevas promociones inmobiliarias a vivienda de protección oficial (VPO) o los bandazos dados en la ruptura de relaciones con el Ayuntamiento de Tel Aviv, en el marco del genocidio israelí en Gaza, o el ahora sí, ahora no del carril bici de la Via Augusta.

En definitiva, la apuesta realizada por los comunes por Collboni como un mal menor no parece haber funcionado. Volviendo a David Harvey, tras los hechos mostrados no podemos más que afirmar que el PSC, durante su exacto año en el gobierno municipal, ha reorientado las últimas políticas públicas de la ciudad encaminándolas hacía una gestión emprendedora de la misma, es decir, más de gestión a favor del mercado, que de gobierno integral para la mayoría de la población. No le ha hecho falta Trias porque lo está haciendo con el respaldo de las élites y los lobbies de la ciudad. Así, Collboni no parece sentarse al frente de un equipo de gobierno, sino a los mandos de una empresa llamada Barcelona, S.A.; una empresa para la que sí cuenta con un gobierno tripartito: aquel que supone el mismo PSC, los gremios de hoteleros y de restauración, y el RACC.

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