26/03/2026 | 07:00
* Podeu llegir la versió en català d’aquesta entrevista aquí.
¿Cuánto cuesta un fuet de Casa Tarradellas en el Mercadona?
Dos euros y medio, aproximadamente.
¿Por qué dices que es el fuet más caro del mundo?
En principio, un fuet parece el producto perfecto de la eficiencia de la globalización alimentaria. Tienes un pequeño alimento, con bastante proteína, que es muy barato y que se produce a escala masiva industrial. Pero es mucho más caro de lo que parece. El precio del súper no refleja la factura real de producir ese fuet. Es decir, que, si cuentas todo lo necesario para producirlo, la factura es mucho mayor. Fíjate bien: gran parte de la soja para el pienso que comen los cerdos viene de El Cerrado brasileño o de Paraguay, donde los derechos laborales son muy débiles, y se transporta hasta Cataluña con un coste en CO₂ que tampoco se paga. Luego tienes la contaminación ambiental aquí: nitratos en los acuíferos, agua contaminada por los purines y suelos saturados por la concentración de explotaciones ganaderas. Y, finalmente, la producción industrial se da mayoritariamente en macrogranjas y mataderos, concentrados en tres grandes empresas, con unas condiciones laborales pésimas para los trabajadores, en gran parte migrantes. Si sumamos toda la factura territorial, ambiental, laboral, un fuet que vale dos euros y medio sería en realidad carísimo. Carísimo para la salud pública, para la gente que curra, y para quien lo consume, porque en realidad a nivel nutricional es un producto bastante malo.
“Un fuet de dos euros es, en realidad, supercaro para el medio ambiente, para los trabajadores y para la sanidad pública”
En Cataluña “se matan 23 millones de cerdos cada año”. La industria porcina explica muchas cosas sobre nuestra economía.
La gran transformación de la economía española, y catalana, ha consistido en pasar de un modelo industrial a una economía de servicios, turística e inmobiliaria… Pero ese relato, que es cierto, no lo explica todo. Todavía existe, sobre todo en Cataluña, un peso industrial relevante. Y entre esos sectores industriales está la agroindustria. Dentro de ella, la más importante en Cataluña por volumen y por el dinero que mueve es la porcina. Se podría decir que genera dinero y empleo y bla, bla, bla. Pero, si miramos con lupa, veremos que el sector porcino no responde a necesidades de la población local, sino que entre un 70% y un 80%, según el año, se destina a la exportación. La mayoría de los cerdos que producimos en Cataluña se envían a China, Japón y Francia. ¿Se podría pensar que es una industria muy distribuida en pequeños productores, en granjas? ¡Tampoco! Hay una concentración muy alta en grandes macrogranjas. De los 23 millones de cerdos que se matan cada año en Cataluña, el 60% se sacrifica en tres macromataderos: ¿dónde van los beneficios?
¿Entiendo que aquí acabamos pagando entre todos las facturas ambientales, laborales… y el cerdo acaba beneficiando solo a unas pocas empresas?
Y, precisamente, lo que nos explica la industria porcina es cómo funciona el proceso de abaratamiento. Hay productos en el sistema capitalista que son accesibles para gran parte de la población gracias a un proceso previo de abaratamiento: se pueden abaratar los precios de la energía, de los alimentos e incluso, en algunos momentos históricos, de la vivienda mediante el acceso generalizado al crédito, pero ese abaratamiento es gracias a la explotación de trabajo humano y a la apropiación de la naturaleza. La crisis ecológica, en realidad, consiste en verle las costuras a ese modelo que se consigue no pagando la factura de los impactos medioambientales, o colonizando territorios y acaparando tierras, o no pagando lo que valdría el trabajo que hay detrás. Ha llegado un momento en que ese proceso de abaratamiento ha llegado a su límite. El capitalismo ya no puede seguir apropiándose de la naturaleza y explotando trabajo. La industria del cerdo es un buen ejemplo de ese límite.
“Hace cinco años que los alimentos cada día son más caros. La gente está gastando el 60% de su sueldo en alimentos y en vivienda”
Explícame esto de la “naturaleza barata” o de la “energía barata” para que lo entienda una persona normal como yo.
Te pongo un ejemplo. Hubo un momento en que, durante la crisis económica de los años 70, los sueldos empezaron a estancarse. Esto que llamamos neoliberalismo fue, entre otras cosas, una forma de disciplinar el trabajo y contener los salarios. Hoy cada vez tenemos menos capacidad adquisitiva, pese a que trabajamos lo mismo o más. Una de las estrategias para intentar equilibrar ese estancamiento de los salarios fue producir comida barata para la clase trabajadora. Pero esos alimentos no aparecieron porque de repente alguien decidiera bajar los precios. Se produce por una transformación histórica en la producción agroindustrial. Se intensifican y generalizan los pesticidas y fertilizantes sintéticos, se producen semillas a escala industrial, se incrementa la mecanización del campo, y esa agroindustria genera una producción masiva de alimentos. Jason Moore, historiador medioambiental, analiza esta relación entre el abaratamiento del trabajo y el de la comida. Si se produce comida a nivel industrial, eso permite abaratar el trabajo, de modo que la gente pueda seguir comprando alimentos baratos para sobrevivir. La comida barata cumple ahí una función clave: permite que la población trabajadora se sostenga con salarios más bajos. La comida barata permite la explotación del trabajo.
¿Y hoy se ha acabado la naturaleza barata?
Sí. La misma estrategia que nos permitió producir comida barata es la que erosiona los recursos necesarios para producirla. La expansión de la agricultura industrial, basada en un uso intensivo de energía fósil, fertilizantes, pesticidas, agua y suelos, permitió durante décadas abaratar muchos alimentos, pero también ha generado costes ecológicos crecientes y una mayor vulnerabilidad del propio sistema agrario. Hace cinco años que los alimentos cada vez son más caros. Además, en los barrios vulnerables, la gente que menos pasta tiene se está gastando el 60% de su presupuesto mensual en alimentación y en vivienda. Esos no son los números de la revolución verde. El consenso se ha roto. La inflación alimentaria tiene que ver con la falta de energía barata, con el cambio climático, con los oligopolios del campo…
“El precio de los huevos se ha triplicado. Decían que era por la gripe aviar; pero, cuando la gripe acabó, el precio no bajó”
Una duda sobre esto: igual que subieron los precios y dijeron que era por culpa de la guerra de Ucrania. ¿No podrían volver a bajar cuando acabe toda esta pesadilla?
¿Cuál es el incentivo de un supermercado o de un oligopolio alimentario como el que tenemos hoy en Cataluña o en España para, una vez ha subido el precio, bajarlo? No tienen demasiados incentivos para hacerlo. Una vez que la gente está pagando caro, ¿por qué bajarlo? Isabella Weber, economista alemana, ha estudiado cómo los oligopolios tienen capacidad para controlar el precio de los alimentos y, al margen de la escasez material, mantenerlo alto. ¿Y sobre qué productos? Por ejemplo, los huevos. Los huevos han subido tres veces respecto a lo que pagábamos hace cinco años. Ah, ¿era por culpa de la gripe aviar? La gripe aviar desapareció, pero los precios no bajaron. ¿Por qué? Isabella Weber habla de la “inflación de los vendedores”. Es decir, como el mercado alimentario está concentrado en pocas manos, puede subir o bajar los precios a su antojo. Respuesta corta, a partir de los informes que hemos hecho en IDRA sobre alimentación: los vaivenes en los precios de los alimentos de los últimos cinco o seis años no se explican solo por conflictos geopolíticos, guerras o cambio climático; también hay que sumar el poder de los oligopolios alimentarios.
“El problema ecológico no son las emisiones de gases… sino la concentración de la propiedad y de decisiones en pocas manos”
Cuando se plantea una solución a la crisis ecológica y climática global, tú siempre reivindicas que primero habría que definir bien cuál es el problema de verdad porque, si no, equivocaremos las soluciones. Entonces, vamos a definir el problema: ¿qué problema de fondo tenemos?
Si piensas que el problema ecológico es un exceso de emisiones de gases de efecto invernadero, eso lleva a pensar que el problema es el consumo, ¿no? Es decir, que estamos consumiendo demasiado y por eso hay tantas emisiones. Si el problema se define así, entonces, ¿quién es el responsable? Pues hay quien dice que son los ricos, o que somos todos, la clase trabajadora de Europa y Estados Unidos, porque vivimos por encima de nuestras posibilidades… Siguiendo ese relato, ¿cuál sería entonces la solución? La transición energética hacia las renovables. Muchas veces esto se presenta como una solución incuestionable o como el único camino a seguir. Y parece que no se puede debatir demasiado sobre esto sin que te tachen de negacionista del cambio climático…
Guau, pero, entonces ¿el problema ecológico que tenemos no es por culpa de las emisiones? Me explota la cabeza.
Las emisiones son la consecuencia, no la causa. El problema es la concentración de la propiedad y del poder de decisión sobre los recursos esenciales y para invertir en ciertas infraestructuras y no en otras. Andreas Malm, en su libro Capital fósil, lo explica de una manera supernítida. Situémonos en el siglo XIX, en Inglaterra. ¿Por qué se opta por el carbón y no por la energía hidráulica? Porque el carbón permite producir en centros urbanos industrializados y, por tanto, controlar y disciplinar a la fuerza de trabajo. Y también concentrar ese recurso en lugar de descentralizarlo. La elección del carbón no es solo una cuestión de densidad energética. Es una cuestión de poder. De control. Y así la población no tiene otra opción que vender su fuerza de trabajo barata. Lo que dice Malm es que el origen del cambio climático no puede entenderse solo mirando las emisiones en abstracto. La causa tiene que ver con el control privado de los activos y de las infraestructuras necesarias para la vida social. El problema de fondo no son solo las emisiones, sino quién decide cómo se produce la energía, qué infraestructuras se construyen y al servicio de quién.
“Para algunos, resulta que el problema es el consumo individual de una persona que coge el coche cada mañana para ir a trabajar”
A ver, pero, hablemos de cosas en concreto. Uno de los sectores que más afectan al cambio climático es el transporte. Todos utilizamos el coche, y todos nos beneficiamos del transporte de mercancías en avión, barcos o camiones contaminantes.
La energía primaria de España depende en un 70% de fuentes fósiles. Eso incluye el transporte, la industria, la generación eléctrica y buena parte de la calefacción. Hay una inercia de décadas con gobiernos invirtiendo, que es la cuestión fundamental, en infraestructuras fósiles. Se han construido urbanizaciones, centros comerciales alejados de los centros de las ciudades, polígonos industriales, carreteras, autopistas, coches, gasolineras… De hecho, el 50% de las gasolineras de Cataluña se construyeron a partir de los años 2000. Es un modelo de vida que hace a la mayoría de la población dependiente del coche. Y no se ha apostado tanto por el transporte público. Lo vemos claramente en el caso de los trenes de Rodalies. Es un patrón estructural, no son decisiones personales. Pero para algunos resulta que el problema es el consumo individual de una persona que coge el coche cada mañana para hacer 50 kilómetros, ir a trabajar y tragarse un atasco de dos horas, y que consume comida barata porque no tiene tiempo ni dinero. Por eso digo que el problema fundamental no es de emisiones, sino de quién tiene la capacidad de decidir en qué se invierte y en qué dirección. Luego, cuando hablemos de soluciones, podemos ser muy reformistas y pragmáticos. Pero lo que no se puede hacer es evitar discutir sobre la definición del problema, sobre sus causas.
Entonces, ¿cuáles son las soluciones a esto? La mayoría del movimiento ecologista y referentes como Emilio Santiago Muiño, Héctor Tejero o César Rendueles aseguran que hoy, en situación de emergencia, el objetivo es bajar las emisiones de gases lo más rápido posible. Tenemos una década como mucho. Por lo tanto, hay que electrificar todo. Placas solares por un tubo, eólica al máximo, coches eléctricos.
Pero yo no digo que todo eso no sea una solución, ¿eh? Es una solución parcial, bajo una definición parcial del problema. No niego que las emisiones causen el cambio climático, ni niego que la transición energética a las renovables sea importante. Me preocupa que estemos dejando fuera una parte muy importante del metabolismo material de la economía, como el sistema agroindustrial y sus cadenas globales de producción. Puedes hacer la transición a renovables; pero, por seguir con el ejemplo, la industria porcina quedará intacta. ¿Acaso las renovables cambiarán las cuotas de producción de cerdos? ¿O la explotación del trabajo? ¿O la contaminación del agua por nitratos? ¿Y la colonización de territorios en América Latina y en África?
Pero, estamos en emergencia. No hay tiempo.
Claro, claro. Y yo digo: vale, ¿cuál es la emergencia? ¿Cómo es que la gente no puede llegar a fin de mes porque los alimentos y la energía cada vez son más caros? La cuestión de la alimentación es fundamental. Un porcentaje cada vez mayor de la gente con menos dinero no puede acceder a una dieta saludable. Ya tenemos hoy un colapso en el modo de alimentarnos. Aquí se unen el fin del mundo y el llegar a fin de mes. El encarecimiento de los alimentos es un problemón. Y lo que digo es que eso no solo tiene que ver con el cambio climático, las guerras o los conflictos geopolíticos, sino también con la concentración oligopolística del sector, desde la producción de semillas a nivel mundial hasta los supermercados a nivel local.
“No hace falta expropiar Mercadona. Pero hay que crear un circuito público de alimentos frescos y de proximidad baratos”
Y ¿cuál sería, según tú, la solución aquí?
Unir producción local y consumo local, es decir, reducir la dependencia de la globalización alimentaria. Descentralizar las decisiones en el ámbito alimentario. Generar circuitos cortos de alimentos. Regular los precios de los bienes esenciales. No hace falta expropiar Mercadona. Hay que crear un circuito público alternativo de alimentos frescos, de proximidad y baratos, pagando bien a los productores. En realidad, en la región metropolitana de Barcelona, en Cataluña, lo tenemos relativamente fácil. Tenemos Mercabarna, que es un mercado mayorista público. Y tenemos una red de mercados municipales que fácilmente podrían funcionar como supermercados públicos. Incluso tenemos el puerto de Barcelona, lugar de entrada de la mayoría de mercancías, también público. Pero resulta que toda esa infraestructura pública sirve, en gran parte, para sostener un modelo alimentario dominado por lógicas privadas y por grandes cadenas de distribución. Lo que necesitamos es control social y público de las infraestructuras que nos dan acceso a los bienes esenciales, y entonces tomar decisiones ahí para invertir en soluciones a la crisis ecológica de forma colectiva. En transporte: Rodalies; en alimentación: Mercabarna; en energía, energéticas públicas o control de las grandes empresas energéticas. Transiciones energéticas renovables, sí. Pero bajo control público y social tanto de las infraestructuras como de la inversión.
Todo eso parece muy difícil de hacer en poco tiempo. Desde pequeñitos nos habían contado que podíamos cambiar las cosas con pequeños gestos cotidianos. Nos dicen que si cambiamos a un coche eléctrico, si cambiamos nuestra dieta con menos carne y más vegetales y si reducimos nuestro consumo, ayudaremos a mitigar los efectos del cambio climático en el planeta. ¿No es así? Hemos sido educados en la cultura de “els petits canvis són poderosos” (‘los pequeños cambios son poderosos’) del Capità Enciam de TV3. Nuestra manera de cambiar el mundo era a través del consumo. Consumir menos, consumir eco, consumir reciclado… ¿No era eso?
Los pequeños cambios son poderosos, sí. Pero los grandes lo son todavía más. Esta idea de que millones de personas decidan cambiar sus hábitos y que eso provoque un cambio general nunca ha ocurrido. No hay ni un solo ejemplo en la historia. En realidad, nos cuesta reconocer que la mayoría de los hábitos de consumo individuales no están mediados por nuestros valores, sino por las condiciones estructurales que nos caen encima. ¿Qué nos hace pensar que de repente la gente va a cambiar sus hábitos por valores ecologistas y que además eso ocurrirá de forma masiva?
¿Y qué propondrías, entonces?
Para que haya un cambio como sociedad, no solo es necesario el cambio individual o de valores, sino que vayas al supermercado de tu barrio y encuentres fácilmente alimentos de proximidad, sanos y accesibles, y no solo hamburguesas procesadas baratas. Para que haya un cambio estructural, dejarás el coche en casa porque tienes un transporte público de calidad y barato, porque tienes autobuses eléctricos, porque el tren funciona de puta madre y porque incluso tienes coches y motos eléctricas compartidas, y una red de recarga suficiente. Eso se puede planificar. Si no se planifica, no ocurrirá.
“Hablar siempre de emisiones y de energías renovables solo atrae una élite ecologista muy concreta”
¿Has dicho “planificación”, la palabra de moda en la izquierda? Me suena a China esto, ¿no? Hay un gran debate ahora en la izquierda catalana, y europea, sobre el modelo de planificación china.
Sí, no hay duda, pero, ojo, planificar políticas públicas no es solo algo chino. Cuando pienso en una planificación ecosocialista, se parece más a la Suecia socialdemócrata de los años 60 o 70 que no a China. Hay una tradición europea que intentó democratizar no solo la política sino la economía. El plan Meidner de la Suecia socialdemócrata básicamente consistía en que los sindicatos de trabajadores pudieran adquirir acciones de las grandes empresas y poder decidir sobre el rumbo de la industria. Democratizar la economía puede ser un programa ecológico inigualable.
¿Hay más ejemplos de planificación de un cambio tan bestia como el que necesitamos ahora?
Tenemos un ejemplo perfecto en Barcelona: sobre cómo se pasa de una economía industrial a una economía de servicios en un tiempo récord. Eso fue planificación, y en poco tiempo se cambió el modelo económico, la geografía urbana, todo. Se pasa de ser un puerto productivo a un puerto turístico en 20 o 30 años. Eso no lo hizo el mercado. Se hizo a base de inversión pública, Juegos Olímpicos, Fòrums de les Cultures… Si se pudo hacer eso, ¿por qué no planificar ahora la economía para que esté integrada en circuitos cortos alimentarios, en autoconsumo de energía y en el acceso a bienes básicos como la vivienda? Claro que se puede hacer.
Pero falta voluntad o consenso ideológico para hacerlo.
Sí, es cierto que en la Barcelona de los años 80 hubo una especie de gran coalición social y política que, aunque tenía intereses enfrentados, veía un objetivo común. Es una de las cosas que hay que reconocer que Pasqual Maragall supo captar. Eso es lo que hay que construir hoy: un bloque histórico, una coalición de clase para planificar a largo plazo. ¿Se puede hacer eso en términos ecosocialistas? Yo creo que sí, pero no hablando solo de emisiones y de renovables, porque eso solo atrae a una élite ecológica muy concreta.
“China bate récords de renovables cada año. Pero lo hace porque el Partido Comunista lo está planificando desde hace décadas”
Hablemos de China. China es tan ambivalente y contradictoria como que hay quien asegura que se trata de un modelo capitalista con condiciones socialistas y hay quien dice que es un socialismo con condiciones capitalistas.
Hay un dato clave. En los años 90, mientras aquí nos abríamos a la globalización neoliberal, China estaba construyendo monopolios públicos. En los 90, el Partido Comunista chino hace un anuncio: que la cuestión estratégica del futuro será el dominio de las tierras raras. Y todo el mundo dice… “están pirados”, que no saben lo que hacen. Entonces comienzan a negociar y controlar tierras y minas en África o América Latina, pensando en dominar los minerales necesarios para liderar las nuevas tecnologías que vienen: teléfonos móviles, ordenadores, infraestructuras de transporte, placas solares, parques eólicos, etc. Mientras nosotros estábamos, por decirlo así, a por uvas, dejando perder la industria europea. A partir de 2010, China decide avanzar hacia una economía descarbonizada, invertir en renovables y fabricar placas y parques eólicos como no ha visto el planeta en siglos. Y desde entonces bate cada año un récord de producción de renovables. Es algo absolutamente disparado. China ha construido un capitalismo de Estado verde. China puede negociar con el capital extranjero porque dispone de un aparato estatal, financiero e industrial capaz de orientar la inversión y disciplinar al capital. Eso es algo que no pueden hacer ni Estados Unidos ni Europa.
Pero también habría que ser críticos con el modelo chino, no?
Claro, ¿cómo ha construido eso? Por un lado, con una revolución comunista y con planes quinquenales… pero, por otro lado, también con un partido único, sin democracia, laminando derechos civiles y sindicales, produciendo mano de obra barata y practicando neocolonialismo en África. Se dice mucho que China en medio siglo ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza. Pero no se dice tanto que ha obligado a más de 200 millones de personas que trabajaban en el campo, en zonas rurales donde tenían su propia tierra, a desplazarse a la ciudad para trabajar en la industria y, en muchos casos, casi sin derechos. Los migrantes rurales que trabajan en las zonas urbanas de China forman una población sometida a una ciudadanía de segunda, muy marcada por el sistema hukou.
“Hay que dejar de utilizar el lenguaje ecologista. Basta de decir cosas como ‘no cojas el coche’ o ‘nos estamos cargando el planeta’”
¿Qué podría hacer el movimiento ecologista para convencer de estos cambios a las clases trabajadoras, del campo y de la ciudad?
Hay que hacer muchas cosas. Pero sobre todo no puedes estar diciéndole a la gente que, si cambia sus hábitos de consumo, puede salvar el planeta. Lo puedo resumir, de forma muy sintética, en dos puntos. Punto uno: dejar de utilizar el lenguaje ecologista. Me refiero a lo de cambia tu dieta, no cojas el coche, nos estamos cargando el planeta entre todos, vivimos por encima de los límites planetarios, hay que hacer una transición ecológica… Ese lenguaje, como lenguaje de disputa política, yo creo que está completamente agotado. Se percibe que es para un sector social determinado de la clase media, progre, etc. Yo creo que ese lenguaje está muerto.
Y punto dos: ¿eso significa que la agenda ecologista queda fuera de la disputa política? Todo lo contrario. Creo que la disputa por el acceso a la alimentación es una disputa ecológica. El acceso a la vivienda es una disputa ecológica. El acceso a una energía controlada socialmente y asequible es una disputa ecológica. Y la cuestión del transporte y de los trenes es una disputa ecológica. Sin lugar a dudas.
Por ejemplo, si queremos juntar fin de mundo y fin de mes, hay una cuestión clave que tiene que ver con la inflación alimentaria. Tenemos un campo fértil y agricultores que no pueden negociar con el oligopolio y tienen que vender barato, y se cabrean. Un kilo de patatas por el que le pagan 20 céntimos al agricultor en el Mercadona vale 2 euros. Y eso fastidia también al trabajador que vive en las ciudades, que ve cómo cada día sube el precio de la cesta de la compra y le cuesta más llegar a fin de mes. Tenemos tres agendas de problemas que hay que coser. Agenda ecológica: juntar producción y consumo a través de infraestructuras públicas que lo permitan y reducir emisiones. Agenda social: garantizar una dieta saludable para la clase trabajadora ajustada al salario. Agenda económica: privilegiar la producción local con compra pública e incentivos fiscales. ¡El ecologismo es esto!